Tengo muchas cosas que decir,
pero no quiero decirlas. Me pesa lo que está sucediendo y me preocupa lo que va
a suceder los próximos meses.
Este
año, a diferencia de los anteriores, veo viviendas oscuras -muchas
desafortunadamente-, cuyos dueños no se han atrevido a encender, vaya, ni
siquiera a instalar sus acostumbradas luces navideñas, tal vez preocupados por
el alza en las tarifas y lo que traerá el nuevo año.
El
anuncio de la liberación del precio de las gasolinas y de nuevas caídas del
peso, pone el "Jesús" en muchas bocas.
El
mísero incremento a los salarios mínimos, los altos emolumentos a los
políticos, las partidas secretas de sus gratificaciones de fin de año y algunos
"reconocimientos" en forma de "doctorados honorarios",
colocan la cereza en el pastel.
La
paupérrima y deprimente iluminación del Centro Histórico contribuye en mucho a
este ambiente triste y de desasosiego, sólo de pensar el destino que habrán
tenido los bellos arreglos de otros años.
Me
he hecho el propósito que estoy cumpliendo de escribir cada vez menos en redes
sociales, porque hay cosas que no debo decir, mejor callarlas.
Por
ahora, sigo fielmente la receta de este frasco de medicamentos para el alma.

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