Antes
de empezar a pergeñar estas líneas, debo precisar dos cosas:
En
primer lugar, la noche anterior y por un agradable compromiso familiar, no tuve
la oportunidad de escuchar en tiempo real el discurso del gobernador de
Campeche en el que dio a conocer su "Plan de Acción para Ajustar el Gasto
Público".
Cumplido
el compromiso, no podía acostarme a dormir sin conocer el contenido de las
declaraciones del jefe del ejecutivo estatal, las que atisbé de los ecos del
evento. Esta madrugada, la primera acción del día consistió en abrir el audio a
la vez que disponer un formato Word para expresar mis reflexiones.
La
segunda cuestión que espero crean, es una ratificación de mi conducta y de lo
que alguna vez he mencionado: no soy, lo he dicho antes, lo reitero ahora,
jilguerillo obsequioso, vocero oficialista, lisonjero de a tanto, y menos aún
pertenezco a algún grupo de los ahora llamados “textoservidores” que en aras de
agradar, caen, a veces innecesariamente, en lo grotesco. Nadie me paga por
defender, pero menos por atacar a nadie. Lo último no lo hago ni lo haría en
absoluto.
Iniciando
el tema, todavía hay muchos campechanos testigos del Alfa y en cierto modo del
Omega de la industria del petróleo en suelo campechano como principal productor
y en el país entero, desde la era de Don Rudesindo Cantarell y las manchas
aceitosas en las aguas carmelitas, su coetánea que nunca llegó, “la
administración de la abundancia”, hasta la actual cuan desafortunada expresión
de que “se secó la gallina de los huevos de oro”.
Del
inicio a la debacle, no median más que cuatro décadas. Impensable que una
actividad tan importante haya casi concluido por “errores” e “imprevisiones”
que no permitieron disponer ni antes ni ahora, de los recursos necesarios y la
tecnología de vanguardia para explotar los residuos del oro negro que yacen en
las profundidades del océano. Tampoco para dar el siguiente paso que
consistiría en dar valor agregado al producto natural con la refinación
suficiente para abastecer a los mexicanos de combustibles, o bien para la
elaboración de subproductos derivados que son miles. Así lo mencioné en una
reflexión anterior.
No
me queda la menor duda de que como habrán cientos de comentarios adversos,
muchas conjeturas endebles, habrá también reflexiones serias que lleven a
pensar que Campeche, a pesar de ser el asiento de los inmensos yacimientos, más
que beneficiario, fue víctima de las circunstancias. De que otro modo podría
explicarse el explosivo crecimiento de nuestra siempre querida Ciudad del
Carmen, súbitamente hundida en un torbellino de aumento demográfico
desproporcionado, a la vez que abandonaba sus actividades cotidianas;
principalmente la pesca; para dedicarse de lleno al petróleo. Hoy sufre
desafortunadamente las inmerecidas consecuencias que son muchas, entre ellas
una injusta ola de delincuencia que afecta a la gente buena que es mayoría.
No
quiero, no puedo, no debo referirme a los motivos que llevaron al presente
gobierno federal a asestar certero golpe a la economía de todos los mexicanos
con un aumento desproporcionado al precio de los combustibles, y los casi
inminentes que se encuentran a la vuelta de la esquina, pero sí a sus efectos,
que ya están resintiendo drásticamente quienes ninguna culpa tienen, con un
encarecimiento dramático de los productos necesarios. Además, los incrementos a
los impuestos y servicios con todo y su cauda de declaraciones torpes de
funcionarios mediocres que debieran ser más prudentes y considerados.
De
siempre y a pesar del justo y reiterado reclamo de los campechanos, las
autoridades centrales se negaron a retribuir económicamente a Campeche por los
daños directos y colaterales que la industria le infligía y le sigue
infligiendo. Argumentos hubo siempre y cientos de pretextos de que si el crudo
se explotaba en el mar, ningún motivo había para compensar a la Entidad y al
municipio sede. Peor aún, los constantes recortes presupuestales, han sido siempre
de mayor impacto a la nuestra como entidad de población escasa.
Hoy
día, el grueso de la responsabilidad ha sido trasladada a los gobernantes de
las treinta y dos entidades, a quienes se ha sugerido que adopten medidas
drásticas de austeridad y disciplina financiera que sirvan de algún modo para
paliar la crisis económica y política que se está viviendo, pero sobre todo,
para dar a la población afectada –que es toda-, la impresión de que existen gobiernos
sensibles que entienden el problema y se preocupan por su solución.
No
quiero ser reiterativo repitiendo una por una todas las medidas que en Campeche
se están tomando para este año que inició tan accidentado, pero sí quiero destacar
que algunas de estas medidas sí beneficiarán a la gente de menos ingresos, como
es el caso de conservar las tarifas del transporte público. Estoy seguro que
las autoridades locales y federales habrán de instrumentar en conjunto, nuevas
estrategias para favorecer a los más afectados.
Disciplina
financiera, reducción del gasto público, austeridad, son aspectos que si bien a
simple vista no aportan nada a los ciudadanos de a pie, por lo menos ayudan a
ofrecer la imagen de que la brecha entre mandatarios y mandantes será menos
ancha y menos injusta. Llama mi atención de manera positiva el ofrecimiento de
vender el avión privado del gobierno estatal; ciertamente que la aeronave en
ocasiones es utilizada para acudir a algún evento trascendente, pero en otras solamente
ha servido para asistir a algún acto protocolario sin sentido.
En
fin que, con las medidas anunciadas la víspera y con la próxima propuesta de
reducir drásticamente las cuantiosas sumas que se otorga a los partidos
políticos y como consecuencia a las autoridades electorales, el gobernador de
Campeche se ha colocado a la vanguardia entre los gobernadores del resto del
país, lo que, sin duda alguna, lo ubica como interlocutor necesario y confiable
en las grandes discusiones nacionales en el presente y en el futuro. Repito lo
de siempre: ¡Al tiempo!.

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