El Charras
Eran
quince minutos para las ocho de la noche del pasado día quince cuando arribamos
al Teatro “Joaquín Lanz” para disfrutar por primera vez del documental que mi
amiga Rocío Bates tanto nos había anunciado: “El Charras 40 años después” es su
título, y representa un enorme esfuerzo, tanto de la señora Bates Morales como
de algunas autoridades, historiadores y otras personalidades campechanas y
yucatecas.
La
luna, aunque incompleta, lucía esplendorosa en el firmamento campechano.
Románticos y amantes de la poesía, disfrutamos a plenitud el recorrido desde el
rinconcito lejano disponible en el que tuvimos que dejar estacionada la
camioneta familiar, y cruzar la complicada avenida Agustín Melgar caminando, a
causa de la incomprensible nueva medida de abarcar con la irrefrenable ola
amarilla ahora el embanquetado del teatro y prohibir el estacionamiento. Autoridades
universitarias y público, entre disgustados y asombrados no aceptaban la nueva
realidad. Pleito con la cultura, error de cálculo… ¡chi lo sa!.
Muy
puntuales, en el vestíbulo menudearon los saludos de mano, los besos cariñosos,
los abrazos afectuosos, las palmadas en la espalda, las promesas de “un día de
estos tomamos un café”; en fin. Se estaba dando un agradable reencuentro con
gente nuestra, amigos de toda la vida, con una porción -lamentablemente
pequeña-, muy apreciada de la colonia chenera en la Ciudad Capital.
Podrían
decirse muchas cosas del documental, de su calidad, del esfuerzo intelectual y
material que representa, y del muy juicioso planteamiento de quienes lo
hicieron posible: “queda la conclusión al criterio de ustedes”. Algo parecido el
pensamiento del cuasi invidente escribidor y de su musa-lazarillo de que sean
otros los que juzguen, nos limitamos a observar y a comentar generalidades. Los
especialistas tienen la palabra; a nosotros la muestra nos gustó, y mucho.
Bueno,
pero mi comentario de esta ocasión no sería completo si guardara algunas
historias aun frescas del protagonista principal del evento, del invitado sin
voz, pero con la impronta de una huella que ha quedado grabada en la historia,
no de Hopelchén, ni de Campeche, ni de Yucatán, vaya, ni siquiera de México;
Charras, Efraín Calderón Lara, forma parte de una leyenda que, como casi todas,
no pertenece a su espacio vital y existencial, sino al de la historia, local,
nacional y universal.
Parte
ambos de la generación de los cuarentas, teníamos que haber
coincidido en muchas ocasiones y oportunidades. Nacidos en el mismo pueblo; Bety
su hermana, mi compañera durante los tres primeros años de la primaria y él,
unos años atrás en la misma escuela, pero siempre como compañeros de juegos en las calles
cheneras y después, socios en hazañas y
aventuras que comprendieron excursiones peligrosas a las grutas cercanas,
jornadas de cacería, campamentos en aguadas de la región, bailes y lunadas con
la participación de las lindas chicas de la generación y, por supuesto, miles de
historias juveniles narradas a la luz de la misma luna de la noche de la
presentación del documental.
La
última vez que lo vi fue en la Ciudad de México donde alguna vez radiqué; fue en
algún mes del año mil novecientos setenta y dos. Abundo: “Te anda buscando
Charras”, comentó el inolvidable tío Mario, propietario del taller de
mueblería, carpintería y pintura “Licha y Moncho”, ubicado en las calles de
Puebla entre Valladolid y Medellín de la Colonia Roma. Por cierto, ese taller
era parada obligada y estación de reposta de la juvenil colonia chenera
capitalina que acudía a comer ahí cuando el dinero escaseaba, o a “curársela“
por los excesos del día anterior. Que lo esperes, regresa por la tarde.
A
eso de las cuatro, bajó de un taxi a las puertas mismas del taller, sonriente
como siempre y acompañado de una persona con toda la apariencia de peninsular.
El acompañante era bajo de estatura, gordito y con una playera con el nombre de
una fábrica de cal yucateca. ¡Chulera! fue su grito a modo de saludo. Así acostumbraba
llamar a todos sus amigos. Su compañero, de marcado acento de la región, después
se presentó como dirigente del sindicato en formación de la empresa cuyo nombre
lucía en su pecho. Habían viajado a tramitar algo relacionado con ese sindicato
y con unas huelgas que estaban planeando realizar.
Esa
tarde comimos en un restaurante supuestamente yucateco de nombre “El Gran
Tomás”, invitación a mi cargo, porque iban con gastos muy limitados y el vuelo
en Mexicana de Aviación los había dejado casi secos. Después de la comida y de
consumir algunas bebidas de moderación, recogió su pequeño maletín y nos
dirigimos a un hotel situado a espaldas del negocio del tío, en las calles de
Durango, modesto por cierto, pero con el ostentoso nombre de “La Mansión”; ¡muy
contrastante con la realidad!.
¡Quédate
con nosotros chulera, no seas gacho!, total, mañana es sábado. Una botella de
ron Potosí, unas “cocas” y algo de hielo, y de dormir, nada. A la mañana siguiente, a las puertas del hotel
y antes de subir al taxi que los llevaría al aeropuerto, nos despedimos con un
apretado abrazo y un… ¡hasta siempre!. Si pudiera hablar, Charras diría en este
momento de la madrugada solitaria: ¡Mare chulera, me emocioné tanto que casi se
me salen las lágrimas!.
Dos
años después de aquella historia, una mañana del mes de febrero de mil
novecientos setenta y cuatro, una llamada de larga distancia a mi oficina me
hizo recordar al viejo amigo. José, Hue, Pichi, su hermano menor, me pidió
informar al gobernador que su hermano estaba en calidad de desaparecido y
temían un secuestro. El informe al amable gobernador fue inmediato, y días
después, muy pocos, la estremecedora noticia de que chulera había sido
asesinado en montes del estado de Quintana Roo.
Hay
muchas historias, muchas que contar acerca de Efraín Calderón Lara, El Charras,
segundo hijo del matrimonio de los padrinos de bautizo del autor de estas
líneas, Efraín y Adda. Hace cuarenta y tres años se fue el hombre y hoy a la
luz de la historia que es sabia y nunca falla, toma su lugar la leyenda, y como
todas las leyendas, es inmortal. La de Charras queda para la eternidad.
… Y ALGO MÁS
Redes sociales, cuantas
infamias se cometen en su nombre
Lo
mencioné en un comentario anterior apoyado en los versos de Juana de Asbaje y
Ramírez (Sor Juana Inés de la Cruz): “¿O
cuál es más de culpar, aunque cualquiera mal haga: la que peca por la paga o el
que paga por pecar?”.
Claro
está que la referencia directa por supuesto, es al uso y abuso de las redes
sociales, y en particular el Facebook para ofender, lastimar, degradar y hasta
amenazar a gente de nuestra sociedad y paisanos nuestros que desde cualquier
punto de vista son merecedores del mayor respeto.
Gatilleros
de a tanto la línea, oportunistas que tiran la piedra y esconden la mano y que
desde un real o pretendido anonimato pretenden ganar los afectos o conquistar
las recompensas que creen merecer por su actitud deleznable.
Ofender
desde las sombras es aberrante, cualquiera que sea su origen, pero no deben
olvidar los malos campechanos que utilizan esos recursos, reales o simulados,
que hay métodos probados para dar con el origen y poner las cosas y a cada
quien en su lugar.
Mientras
eso sucede, es de tomar en cuenta que a
una acción siempre o casi siempre sobreviene una reacción y que las
acusaciones sin sustento y las denuncias sin sentido, del bando del que
provengan, no abonan nada a la buena marcha de Campeche. Tolerancia y respeto
son la fórmula para una correcta y ordenada convivencia, y el diálogo y la
conciliación son la mejor receta para vivir en paz.
Las últimas páginas del
libro de sus vidas
Así
he llamado en alguna colaboración anterior a la etapa que están viviendo
aquellos que en el pasado, lejano, o no, pusieron su cuota de trabajo, de
esfuerzo y de amor al servicio de Campeche.
Por
ello, cada vez que alguien hace algo en favor de los ancianos desde cualquier cargo
o representación, siento que nada está perdido y que quienes nos encontramos de
algún modo cerca de esa etapa, tenemos esperanza.
Felicito
y aplaudo la labor de las damas voluntarias encabezadas por la señora
Christelle Castañón de Moreno desde el Patronato Estatal del DIF, de la señora
Victoria Cámara de Aysa, presidenta del Patronato “Grande de Corazón”, y de las
damas voluntarias estatales y municipales, cuya labor más importante la
desempeñan cerca, muy cerca de nuestros viejitos.
La
vida les habrá de recompensar por su altruismo.

Excelente blog. Gracias Hernán por sumarte también a la difusión sobre la figura de un gran ícono campechano: Efraín Calderón Lara "Charras".
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