"Tú,
Juanito, el más pequeño de mis hijos".
Como cada
año, observo y me asombro con las muestras incontenibles de fe de mi
pueblo, de mi gente.
Peregrinos y romeros por todas partes, jóvenes hombres y mujeres de a pie, en vetustos camiones adornados de mil formas, en autobuses, en camionetas y, en especial, cientos de bicicletas con sus conductores portando una imagen en sus espaldas y surcando calles, avenidas, carreteras y caminos con riesgo de sus propias vidas.
Oleadas de seres humanos que llegan a postrarse ante la morena imagen a la que sienten suya, muy suya, como una madre que ofrece y da consuelo a sus pequeños hijos.
Cuenta la tradición que a la conquista hispana de las tierras del altiplano, la propia madre de Cristo quiso venir a evangelizar a los pueblos que no conocían a su hijo, y que se debatían en la esclavitud física y mental, en medio de la idolatría heredada de sus ancestros.
Según la historia que narra la religión católica, tanto como la tradición secular, un día como éste, doce de diciembre, llega al Cerro del Tepeyac a mostrarse en un milagro de amor a un humilde indígena, prototipo de la misma sociedad a la que urgía evangelizar y someter.
Un regalo para mi país, que se explica en la inscripción que ornamenta los altares de sus templos. Dicho en el idioma culto que manejaba la iglesia de su tiempo, la leyenda “No fecit taliter omni nationi”, significa algo así como que, "No hizo nada igual por ninguna otra Nación".
Son bellas la historia y la tradición que vive mi patria, y ni por asomo me atrevo a controvertir y mucho menos a oponerme de forma alguna a la alegría desbordante que inunda a mis connacionales.
Tengo que reconocer que, primero un ateísmo rabioso producto de la inmadura juventud, después un acendrado agnosticismo que fue mi compañero en la edad adulta, y ahora la más firme intención de creer para complacer a quienes amo, han ocasionado una evolución en mi pálido intelecto.
Cualquiera de las tres condiciones -cada una en su tiempo-, cuantas veces llega esta fecha, se cimbra en sus bases, no tanto por el deseo de creer y tener fe, como por la emoción que me causa ver a mi país casi por completo, devoto fiel a los pies de una de sus más preciadas tradiciones.
Me gustaría ver presente esa fe en cosas más materiales que a todos nos atañen, entre ellas un poco de fe en la política y sobre todo, en los políticos.
Verdad histórica, mito genial, qué más da y a quien importa si la fe, esa fe que mi pueblo profesa, es capaz de mover, cambiar y transformar su mundo. ¡Que así sea, y que sea pronto!.
Peregrinos y romeros por todas partes, jóvenes hombres y mujeres de a pie, en vetustos camiones adornados de mil formas, en autobuses, en camionetas y, en especial, cientos de bicicletas con sus conductores portando una imagen en sus espaldas y surcando calles, avenidas, carreteras y caminos con riesgo de sus propias vidas.
Oleadas de seres humanos que llegan a postrarse ante la morena imagen a la que sienten suya, muy suya, como una madre que ofrece y da consuelo a sus pequeños hijos.
Cuenta la tradición que a la conquista hispana de las tierras del altiplano, la propia madre de Cristo quiso venir a evangelizar a los pueblos que no conocían a su hijo, y que se debatían en la esclavitud física y mental, en medio de la idolatría heredada de sus ancestros.
Según la historia que narra la religión católica, tanto como la tradición secular, un día como éste, doce de diciembre, llega al Cerro del Tepeyac a mostrarse en un milagro de amor a un humilde indígena, prototipo de la misma sociedad a la que urgía evangelizar y someter.
Un regalo para mi país, que se explica en la inscripción que ornamenta los altares de sus templos. Dicho en el idioma culto que manejaba la iglesia de su tiempo, la leyenda “No fecit taliter omni nationi”, significa algo así como que, "No hizo nada igual por ninguna otra Nación".
Son bellas la historia y la tradición que vive mi patria, y ni por asomo me atrevo a controvertir y mucho menos a oponerme de forma alguna a la alegría desbordante que inunda a mis connacionales.
Tengo que reconocer que, primero un ateísmo rabioso producto de la inmadura juventud, después un acendrado agnosticismo que fue mi compañero en la edad adulta, y ahora la más firme intención de creer para complacer a quienes amo, han ocasionado una evolución en mi pálido intelecto.
Cualquiera de las tres condiciones -cada una en su tiempo-, cuantas veces llega esta fecha, se cimbra en sus bases, no tanto por el deseo de creer y tener fe, como por la emoción que me causa ver a mi país casi por completo, devoto fiel a los pies de una de sus más preciadas tradiciones.
Me gustaría ver presente esa fe en cosas más materiales que a todos nos atañen, entre ellas un poco de fe en la política y sobre todo, en los políticos.
Verdad histórica, mito genial, qué más da y a quien importa si la fe, esa fe que mi pueblo profesa, es capaz de mover, cambiar y transformar su mundo. ¡Que así sea, y que sea pronto!.

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