Vino al mundo en el entonces poblado de Calkiní, un
diecinueve de octubre del año mil ochocientos noventa y nueve. Mi amigo y
estimado informante, parafrasea aquella inolvidable composición del argentino
Piero: “Viejo mi querido viejo…” “es que nació con el siglo, con tranvía y vino
tinto”.
Los seres humanos buenos no se dan en maceta, reza el dicho
popular. En esta ocasión, la vida mostró su generosidad al unir las vidas de
este hombre bueno y noble con una dama tan buena y tan noble como el personaje,
Doña Carmelita Alpuche, que unió la belleza de su rostro a la de su alma
generosa. Una vieja foto ilustra el comentario.
Don Mateo Reyes Ortega, mi personaje de hoy, fue contador de
profesión y siempre se desempeñó en sus empleos más que con honestidad, con una
acrisolada honradez, ya muy escasa, pero siempre digna de ser imitada. Fue de
aquellos seres luminosos que en otra vida y en otra época cabalgaron como
generosos hidalgos portando el escudo de su heráldica y la capa y la espada de
su virtuosa hombría de bien.
Dejó este mundo a veces tan ingrato y muchas más veces digno
de vivirse, un cuatro de julio de mil novecientos setenta y nueve, casi al
cumplir los ochenta años. Su compañera, Doña Carmelita, cuatro años después, el
veintitrés de febrero de mil novecientos ochenta y tres. En su matrimonio
tuvieron cinco hijos: Socorro, Concepción, Mateo, Ignacio y Carlos Joaquín.
Don Mateo Reyes en su larga y fructífera existencia, laboró
como contador gerente de una empresa cervecera en Ciudad del Carmen, no obstante,
no probó jamás el sabor de esa bebida; contador de la Cooperativa Teatro Toro;
gerente de la Harinera; contador de la Casa Maury; tesorero municipal, entre
otras cosas, sin dejar de vivir jamás en la justa medida de una clase de gente
bien nacida.
Interesado en la biografía de Don Mateo, encuentro en ella
anécdotas de gran relevancia, como aquella en la que a una sugerencia del
entonces presidente municipal, Don Francisco Álvarez de que se comprara una
casa, respondió que no quería despertar la mínima sospecha de que utilizaba
dinero público para su provecho. ¡Han cambiado mucho los tiempos!.
Su hijo Ignacio, en una ocasión quiso obsequiarle un
automóvil para que prescindiera de la riesgosa bicicleta con la que
acostumbraba desplazarse. Don Mateo aceptó el regalo, pero con la condición de
que fuera mejor otra bicicleta marca Phanter, alemana y algo cara por cierto.
Para sus viajes a Calkiní, a Mérida y a Matamoros no necesitaba auto, solía
decir.
Costumbre arraigada y siempre respetada en casa de Don Mateo
era que nadie se sentara a la mesa hasta su llegada para que comieran juntos.
Gustaba de la buena comida campechana. Antes de comer, una copita de habanero
Pavón, sin hielo y sin mezclas, era casi un ritual. Las ensaladas de camarón
que solía preparar, dice mi amigo, eran una delicia que satisfacía plenamente
el paladar.
En la casa de la familia Reyes Alpuche, no era cosa de
dispendios, pero se acostumbraba preparar comida en abundancia –algunas veces,
el hacedor de pergeños disfrutó de esas delicias-, para poder brindar un plato
a cuanto necesitado tocara a las puertas de ese hogar que siempre atendía sus
llamados. Un recipiente lleno de monedas y algunos billetes para apoyar en la
compra de algún medicamento, o simplemente atender una “caridad” solicitada,
complementaban la generosa acción.
Fumaba a escondidas, casi siempre en las noches durante su
trabajo contable en el Teatro Toro; su cigarro Del Prado, siempre lo escondía
si algún familiar se aproximaba. Por respeto a su familia, decía el señor Reyes
Ortega.
La debilidad de Don Mateo, y también de su esposa Doña
Carmelita fue siempre Lenín, el hijo mayor de su hijo menor, y su otra
debilidad. Carlos Joaquín Reyes Alpuche, “Chichán” para sus amigos que no sé
por qué ahora son miles cuando antes, sobre todo los que tenían cargos, huían
de su presencia. Tal vez tenían miedo de escuchar de él cosas olvidadas o que
trataban de olvidar por todos los medios.
Las leyes de la genética predicen que se pueden heredar de
los padres características funcionales y fisonómicas, además de algunos rasgos
de carácter y detalles fisiológicos, pero en ninguna parte dice que se pueden
heredar la bondad, el altruismo y el deseo permanente de hacer algo por los
demás. ¡Eso se aprende, y Carlos Joaquín lo aprendió, y lo aprendió muy bien!.
Convenios de hermandad, convenios de salud, obtención de
medicamentos de nueva generación creados por Cuba han podido llegar a las gente
necesitada de Campeche sin que tengan que erogar un solo peso.
Intervenciones quirúrgicas como las realizadas por el
ortopedista cubano, eminencia mundial Rodrigo Álvarez Cambras, recién
galardonado con el Premio Campeche 2016, hablan de la labor de gestoría
desinteresada de Reyes Alpuche, quien también se ha hecho merecedor a
reconocimientos como el “San Francisco de Campeche”, otorgado a su favor el año
anterior, a pocos días de la toma de posesión del gobernador Alejandro Moreno
Cárdenas.
Siempre festivo y alegre, a raíz de la desaparición física
de Don Mateo, “Chichán”, sin eufemismos, tuvo un largo período de indolente
abandono que afortunadamente para él y su familia ha sido superado. Don Mateo,
desde el lugar sagrado donde mora, seguramente se sentirá justamente orgulloso
de su amado hijo menor.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario