Lo he dicho alguna vez, lo reitero, la vida ha sido generosa conmigo, no en bienes materiales que nunca han sido meta ni propósito, pero sí en cuanto a haber enriquecido mis vivencias y experiencias con el trato de personas excepcionales. Una de esas personas fue quien titula este espacio.
Lo conocí en los tiempos de mis estudios en la Facultad de Derecho de la Universidad, donde el señor impartía algunas cátedras. Cito un detalle simpático de su personalidad: ignoro si no tenía vehículo o simplemente no manejaba, pero más de una vez me sorprendió preguntándome al salir de clases en las tarde-noches si me dirigía al centro, y por supuesto que mi respuesta era y tenía que ser afirmativa, seguida por un ¿le llevo Licenciado?. Con su sonrisa de siempre, a la voz de “Pedrito ya tenemos aventón”, subía al auto con su compañero para regalarme un rato de la charla más amena que puedan suponer.
Transcurridos los años, volví a encontrarlo para recordar
aquellos tiempos, fue en la Procuraduría Federal de la defensa del Trabajo
donde se desempeñaba como encargado del área de defensoría y conflictos,
mientras que yo, llegaba a laborar como encargado de la de conciliación y
quejas.
Iniciaba el mes de agosto del año 1979 y trabajé a su lado
hasta mediados de septiembre del mismo año. Una mañana de ese mes, se levantó
de su silla, recogió sus pertenencias y enseguida me entregó un listado de
gente que le debía diversas cantidades de dinero que les había facilitado como
préstamo mientras resolvían su situación legal.
Con mucha seriedad me dijo: Lic. Aranda (así me decía
siempre): “cobre a la gente este dinero y por favor me lo lleva a LA SECRETARÍA
GENERAL DE GOBIERNO”. Lo hice muchas veces, varias de ellas en una bolsa de
monedas con las que algunos ingratos le pagaron, nada más que por moler.
Me ofreció colaborar con él en su Secretaría a la que se le
había suprimido el General, para quedar simplemente como Secretaría de
Gobierno. Compromisos contraídos con quien fue después sucesor del Gobernador
Echeverría Castellot, no me permitieron atender tan generosa invitación, pero
no impidieron que aceptara otra más generosa que consistía en guardar su
teléfono 6-50-70 en el que siempre me contestaría, y así fue.
La misma vida me permitió reencuentros frecuentes con el
alto y sencillo funcionario por asuntos laborales derivados de mi actividad
como abogado cetemista. En otra ocasión trataré algunas anécdotas surgidas en
mi breve trato con ese hombre noble, culto, preparado, todo sencillez,
humildad, honestidad y respeto.

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