Tiempos de austeridad plena, así
fueron aquellos; años en los que cada peso y cada centavo del presupuesto
contaban, y también pesaban, porque los dineros públicos eran de lo más escaso;
su responsable, un custodio celoso; su administrador, un furioso cancerbero
dispuesto a vigilar hasta el último céntimo a su cargo.
Fueron los años setenta, década
en la que se sucedieron los acontecimientos más agradables de mi existencia;
abundaron siempre experiencias gratas, como la postulación como candidato, la
campaña, la toma de posesión, y la administración completa de un gobernador de
escasos treinta y seis años; honesto, culto, carismático, destacado orador, y
de gran calidad humana.
Fue el sexenio de Don Rafael
Rodríguez Barrera, gobernador del Estado de mil novecientos setenta y tres a
mil novecientos setenta y nueve. Don Rafael apadrinó mi boda justamente a tres
meses de su toma de posesión. Esa fue la década de mi noviazgo, de mi
matrimonio, y del nacimiento de mis primeros hijos.
Iniciado el sexenio como
secretario auxiliar de gobierno y coordinador de audiencias del jefe del
ejecutivo, y transcurridos los primeros dos meses del año mil novecientos
setenta y cuatro, una noche de viernes de principios de marzo, fui llamado a su
despacho para ser informado que a partir del día siguiente, empezaría a ejercer
el cargo de director de acción social, cívica y cultural del gobierno del
Estado.
Un cierto temor a lo desconocido,
después, una historia bella, enriquecedora, que
escribiré por partes en estas páginas…

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