sábado, 12 de noviembre de 2016

De mis agradables historias




La noche de viernes en la que fue anunciada la nueva comisión que habría de desempeñar a partir de esa fecha, sabiendo que ya no contaría con la seguridad de la gente “de palacio”, y que a partir de entonces tendría que enfrentar un ambiente nuevo, me hizo experimentar algo muy parecido a la inquietud, no obstante la fuerza de carácter y obstinación que acompañan a la juventud.
Sabedor entre otras cosas que la  Dirección de Acción Social, Cívica y Cultural del Gobierno del Estado era solamente un experimento en la estructura del gobierno, no tuve de otra que dirigirme a casa a jugar un rato con mis pequeños y después, tratar de dormir un poco para poner en orden los pensamientos y analizar las cosas a la luz de un nuevo amanecer.
Mi duda, o más bien, mis dudas del día anterior, solamente ocuparon esa noche; con las primeras luces del siguiente día, escuché el motor de un automóvil a las puertas de mi pequeña e inolvidable casa; por el sonido, reparé que se trataba de un  “volcho”. Casi de inmediato, un golpeteo a la madera de la puerta.
Era un calurosa mañana de sábado de marzo; ocupado en repasar alguna materia de la carrera de leyes que cursaba y todavía un poco somnoliento, acudí presuroso al llamado, para encontrarme cara a cara con un singular personaje que al paso del tiempo y pese a la gran diferencia de edades, llegaría a ser un gran amigo cuya vida se ligó a la mía de manera muy firme y, en circunstancias especiales, también su muerte.


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