viernes, 18 de noviembre de 2016

Estudiante, chofer y enfermero




Cursaba estudios en la Escuela Normal de Profesores del inolvidable Instituto Campechano, alma máter de mis recuerdos donde estudié también la secundaria y dos años de bachillerato en cursos nocturnos. En lo laboral, complementaba mi actividad estudiantil como Secretario de la Comisión Agraria Mixta del Estado.
Acostumbraba viajar cada dos o tres semanas a Hopelchén para visitar a la familia y llevarles algunos recursos económicos ahorrados del salario. Estos viajes siempre coincidían con el cobro de la quincena y los hacía en el tradicional autobús de pasajeros de segunda clase.
Cuando tocaba viajar, siempre lo hacía los viernes por la tarde para regresar los domingos por la mañana, para estar en posibilidades de ir a la playa o a otro sitio e invariablemente a la función de las cinco de la tarde a cualquiera de los cines de la Ciudad, que no eran más de tres.
En uno de esos viajes y después de una estancia de dos días, antes de las nueve de una mañana de domingo, me aposté frente al parque principal del poblado, justamente a las puertas de la afamada tienda de abarrotes de la familia Alpuche, para esperar la llegada del autobús que pronto arribaría procedente de la ciudad de Mérida.
Casi al llegar el camión de pasajeros, una persona que me observaba desde el interior de la tienda se aproximó en forma amable para hacerme una pregunta obvia: “¿te estás yendo a Campeche?”. “¿No quieres ahorrarte el pasaje?. En tiempos de lucha para superarse, una oferta de esas no está para ser desaprovechada, así que, la respuesta, obvia también, tenía que ser un ¡claro que sí!.
Entonces ponte de acuerdo con tu hermano que está en el centro de salud esperándote. Un poco extrañado pero con el pensamiento de que el  viaje no sólo sería gratuito sino además en compañía de mi consanguíneo, puso alas en mis pies, así que, mochila al hombro me dirigí a la mencionada casa de salud situada a dos calles del paradero de autobuses.
A las puertas del nosocomio se encontraban algunas personas platicando con el médico responsable del hospital, por supuesto que ninguno de ellos era el secretario del Ayuntamiento, mi hermano. Acomodaban en la cabina del camioncito de redilas de tres toneladas a una señora embarazada de no más de veinte años de edad, mientras una persona mucho mayor que luego me enteré era su padre, subía usando las redilas como escaleras hasta la plataforma del vehículo.
Alguien puso en mis manos un juego de llaves, a la vez que recitaba unas indicaciones; mientras, el doctor daba otras instrucciones apresuradas:
Cito primero las del señor de las llaves: 1. No marca, pero el tanque está lleno de gasolina”. 2. “No puedes ir a más de sesenta kilómetros por hora, porque están malas las rótulas y a partir de esa velocidad el camión se sacude como si estuviera bailando”. 3. “Una persona te estará esperando en el hospital Manuel Campos para traer el camión de regreso”.
Trataré de describir las indicaciones del amable doctor, bastante apaciguadoras a pesar de los dramático del momento: 1. “Esta señora tiene un ataque de eclampsia; anoche llegó con uno de preclampsia que mal evolucionó”. 2. “Está corriendo un serio peligro de perder la vida”. 3. “Cuando le venga un ataque, limítate a apretarle ambos carrillos para evitar que se destroce la lengua”. 4. “No me preguntes qué más puedes hacer tú, porque yo con más de treinta y cinco años de médico ya no sé qué más hacer”.
Antes de echar a andar el camión, solicité al padre que bajara de la plataforma y se ubicara en el centro del asiento mientras la jovencita parturienta lo hacía junto a la puerta para que pudiera respirar aire fresco. Finalmente tuve que comunicarme a señas, porque el buen señor no hablaba otra lengua que el maya, y la pobre joven señora de lo menos que tenía ganas era de platicar, aunque a duras penas iba traduciendo mis indicaciones a su señor padre.
Ya en carretera, no tardé en comprobar lo de la advertida falla de la suspensión del vehículo que, a pesar de que lucía en buenas condiciones, apenas se le imprimía una velocidad superior a la indicada, iniciaba un “bailoteo” que no cesaba hasta que la velocidad era disminuida casi hasta llegar a cero.
No habíamos recorrido más de veinte kilómetros cuando por el rabillo del ojo derecho alcancé a notar que la señora se arqueaba de la espalda mientras su cuerpo se sacudía violentamente. A toda prisa detuve el vehículo y en plena carretera estiré el brazo para alcanzarle el rostro y le oprimí ambas mejillas para evitarle el riesgo advertido por el doctor. Después de unos minutos la jovencita se relajó y se quedó dormida.
La historia sería demasiado larga si contara uno por uno los detalles de aquella dinámica: convulsión-aceleración-zangoloteo-convulsión, solamente traigo a la memoria que en mi desesperación por llegar, fiel a la costumbre de buscar el control con la música o la poesía, fijé en la mente aquellos versos de “La Nacencia” de Luis Chamizo Trigueros, cuando recitaba a través del inmortal Manuel Bernal: “Bruñó los densos nubarrones pardos la luz del sol que se agachó en un cerro, y las hartas cogollas de los árboles de un color de naranjas se tiñeron”. “¿Por qué, Señor, se va a morir mi Juana, con lo que yo la quiero, siendo yo tan honrado y siendo tú tan bueno?.
Varios años después, solo en la antesala de una maternidad, tras más de doce horas de lucha intensa de parte de mis amigos doctores Gantús Castro y Sosa Roche para sacar adelante de un gravísimo cuadro a mi compañera y a mi primogénito, cuadro en el que uno de los dos podría no quedarse a mi lado, evoqué junto con el recuerdo de aquella dura mañana dominical, los versos no mencionados de ese poema: “Dos salimos de la choza, tres volvimos al pueblo...”. “Hizo Dios con mi Juana, en persona, de comadre y de médico”.


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