Soy, no hace falta jurarlo, de la generación de los aviones de hélice, de los barcos de cabotaje, de los viajes en tren, del teléfono con operadora, y del cine en blanco y negro. De la que nació justo al final de la segunda gran guerra. De ese grupo social que ama y proclama la dignidad y la honestidad como principio fundamental.
Pertenezco
a ese cada vez menor conglomerado que estudió y practicó el civismo y votó cada
vez por el mismo partido, aún vigente. De la generación de los años cuarenta,
ya muy obsoleta, que respetó siempre su bandera, su escudo, su himno, y la
figura presidencial.
Soy
en fin, de esos románticos que todavía creen en la dignidad, en la
honorabilidad, en la lealtad y en la amistad; de los que gustan de los versos
de Neruda y de las serenatas a la luz de la luna; de los que disfrutan de las
canciones de “Los Panchos”; de los que obsequian flores, y de vez en cuando,
hilvanan versos y tejen rimas en honor de lo que aman.
El
comentario es sólo para acotar y ubicar el tiempo y el espacio, porque el tema
no será una moralina, por supuesto. Tácitamente ya he aceptado que estoy
chapado a la antigua, que sigo admirando el telégrafo de la clave morse de
rayas y puntitos; me asombré con el teletipo, el fax y el cine mudo, y no dejo de sorprenderme con los cambios que
experimentan las generaciones nuevas.
Me
llama profundamente la atención el comportamiento de los pequeños que operan
con total destreza lo mismo un smartphone que una tableta, una computadora,
igual que algún sofisticado aparato de última generación; Incluyo entre esos
menores a mis propios renuevos.
En
un viaje reciente a la costa oeste de la Unión Americana y ya casi por retornar
a casa, junto con mi compañera, me dispuse a realizar pequeñas compras de ropa,
zapatos y juguetes para la gente menuda de la familia, y también a adquirir
algún oportuno encargo de un ser querido, que consistió en un DRON.
Con
esa responsabilidad a cuestas, localizamos una tienda del ramo a la que
acudimos con las características y las especificaciones anotadas en un pedazo
de papel; en unos minutos, ya estábamos listos para pasar a la caja a cubrir el
importe del artefacto cuyo precio no excedió los cien dólares.
Picada
la curiosidad, decidí ahondar en el tema, comprobando que había cientos de
modelos y precios, del más sencillo al más sofisticado con valores de hasta
cuatro ceros, y que, detrás de los dispositivos más recientes, hay un joven
mexicano de nombre Jordi Muñoz, que ahora, como émulo de Steve Jobs o Bill
Gates, desarrolla una hazaña tecnológica que genera grandes expectativas.
Estudiante
de un centro de estudios tecnológicos de su tierra natal, Baja California
Norte, su pasión por los drones inició en foros de internet, en uno de los
cuales el norteamericano Chris Anderson, editor de la revista Wired, lo conoció
de manera casual y se asombró de como un muchacho mexicano ingenioso ayudado
por un control de juegos electrónicos, operaba un aparato construido casi con
material de desperdicio.
De
la creatividad de ese estudiante de preparatoria aparentemente rechazado por el
Tecnológico de su estado y de la visión de un hábil norteamericano, surgió una
empresa creciente con el nombre de 3D Robotics, que está generando ganancias de
más de diez millones de dólares anuales con sus vehículos no tripulados de bajo
costo y uso sencillo, que tiene entre sus clientes a empresas como Walt Disney,
Boeing, y la propia NASA.
Podría
creerse que el tema de los vuelos no tripulados es nuevo, no lo es, registra la
historia que el uso de estas plataformas se remonta a mil ochocientos cuarenta
y nueve, cuando el ejército austríaco, en una batalla épica contra la fiera
ciudad de Venecia, utilizó una especie de globos operados con rudimentarias
baterías que hacían detonar explosivos sobre la ciudad.
Los
proyectiles contra la perla del Adriático, eran lanzados desde un barco llamado
“Vulcano”; el problema para los avezados guerreros autrichien, fue no haber
considerado a las fuerzas de la naturaleza que en algunos casos, con vientos
desfavorables, les regresaban los globos causando daños colaterales a los
mismos ingeniosos creadores.
Durante
la segunda guerra mundial, es conocida la no tan nueva tecnología con los nombres de UAV, de Unmanned Aerial Vehicle. VANT, como
Vehículo Aéreo No Tripulado. Ahora DRON, adaptado del vocablo inglés “drone”,
algo así como zángano, en alusión a que operan sin piloto.
Lo
que es incuestionable, indistintamente del nombre, es el gran potencial que
tienen y los enormes daños que pueden ocasionar si se utilizan con fines bélicos
o terroristas, o simplemente por una falla en su operación. Lo primero ha sido
demostrado en diferentes escenarios como la guerra de los Balcanes, y más
recientemente, la del Golfo y el conflicto en Siria.
La
operación de los drones en la actualidad es algo más que indiscriminada y su
uso ha caído en el abuso; por su utilización en tareas de vigilancia aérea,
fotografía, cinematografía, estudios de la naturaleza en áreas difíciles de
alcanzar por los seres humanos, en actos políticos y eventos sociales, y hasta
en juegos infantiles, podría estar ubicándolos en los linderos del riesgo y del
peligro serio, suponiendo un impacto en el rostro o un desplome sobre la cabeza
de una persona desprevenida.
Los
graciosos aparatos están constituyéndose en real amenaza hasta para la aviación
civil. La Asociación de Transporte Aéreo
Internacional, está reclamando una regulación en su uso para evitar accidentes
aéreos. Los riesgos se multiplican en la misma proporción en que los
fabricantes los sofistican y los usuarios les encuentran más variadas
aplicaciones, desconocedores de que un juego puede derivar en una colisión con
un aparato comercial y por consecuencia, en una tragedia de proporciones
catastróficas.
Estados
Unidos y otros países ya están tomando medidas para su manejo y control, y
podemos asegurar que pronto tendremos información específica sobre estas
precauciones. En México, considerado, cierto o no, el mercado más importante de
la región y el primer comprador de América Latina, pronto se hará necesario
legislar en la materia, que no quede la menor duda. Preparados pues,
legisladores mexicanos.
Como
un eventual a la vez que caótico escenario, es cosa de suponer que ocurriría si
algún demente cargara el aparentemente inofensivo aparatito con algún explosivo
mortífero, o en el peor de los casos, con una carga nuclear, y lo depositara en
medio de una gran concentración humana; los daños serían incuantificables,
sobre todo en lo relativo a la pérdida de vidas humanas.
Bienvenida
la era del dron, pero bienvenida también la etapa de la prevención.

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