Cuenta una leyenda ancestral que al nacer, cada ser humano recibe en sus manos un libro; un hermoso tomo que cada quien llenará en un largo o corto tiempo con sus vivencias y sus experiencias, con sus éxitos y sus fracasos, con sus angustias y sus miedos, con sus victorias y sus derrotas, y con sus alegrías y sus tristezas. Se trata del libro de nuestra propia vida.
Este singular obsequio, puede ser voluminoso o ligero según las propias circunstancias -quien puede saberlo-, y el número de las páginas que contiene; muchas o pocas, estarán todas en blanco. Una vez llena cada hoja, irán disminuyendo en número hasta que un día, sin poder remediarlo, se escribirá la ineludible palabra fin.
Al concluir la obra, habrá páginas regocijantes, lo mismo que fojas tristes. Habrá alusiones tales como bebé, niño, joven, señor o señora, y un día y casi sin reparar en ello, surgirá la inevitable referencia a la condición de anciano, anciana, viejo o vieja.
Senectud, adultez mayor, tercera
edad, vejez, ancianidad, qué más da como se le quiera llamar, y
eufemísticamente utilizar para describir una etapa de la existencia del
individuo cuando indefectiblemente se aproxima al final del camino y por ende,
al fin de una existencia necesariamente larga, y preferentemente fructífera.
Lo verdaderamente significativo
es que, como precio por haberlos utilizado, los recursos físicos y mentales,
mostrarán ya los signos claros de deterioro de todo lo que antes fue, si no
orgullo, por lo menos fuente de satisfacciones personales y por qué no, hasta
de cierta vanidosa presunción.
No puede evitarse, no puede
soslayarse, el declive y la disminución estarán presentes, unas veces en forma
benigna, otras de manera dramática, pero estarán y nos acompañarán hasta el momento
final, la necesaria culminación de la vida, y la llegada de la temida palabra
muerte.
Los especializados en gerontología, tratan de fijar una edad
convencional para poder decir que el paciente es un anciano, un adulto mayor,
un viejo, y mejor han establecido la de sesenta y cinco años para considerar
que la persona que tienen enfrente profesionalmente, se encuentra en esa
situación.
Es verdad que no todos los seres
humanos que arriban a la edad mencionada se encuentran por la misma razón en
una especie de etapa terminal, considerando que no todos envejecen de la misma
manera y en iguales condiciones. Hay seres humanos extraordinariamente sanos a
los ochenta y cinco años, como los hay significativamente mal de salud a los
sesenta.
Un signo inequívoco de la vejez,
se presenta cuando el ser humano ha cesado ya en sus deseos de vivir la vida
con intensidad y alegría, de luchar y trabajar con el vigor de antes; acaso sus
afanes de superación y sus proyectos personales, han dejado de tener la
significación que tenían en la primera mitad de un siglo.
Lo más natural después de los
sesenta y cinco años es que el individuo ya ha dejado de trabajar. La
jubilación por edad y tiempo, en otros casos, la pensión por incapacidad física
o mental, estarán presentes, o lo peor, el desplazamiento por el vigor y la
mejor preparación de individuos más jóvenes, tal vez habrán marcado ya el
momento del retiro completo.
El problema no siempre es la
falta de alguna actividad en que ocuparse, la realidad dramática consiste en el
derrumbe del ingreso monetario, simultáneamente al aumento en los gastos, ya
sea por la necesidad de adquirir algún suplemento alimenticio, alguna vitamina,
un linimento, un analgésico, o un medicamento no registrado en el cuadro básico
de las instituciones de salud.
El asunto es delicado, menos para
los pensionados con buenos ingresos -que son la minoría-, de instituciones de
carácter social, de cualquier dependencia oficial o empresa particular. Más
grave para quienes después de trabajar
toda una vida y dar lo máximo de sí sin un patrón fijo o laborar por su propia
cuenta, al final, sufren por el olvido y el abandono, y a veces por el
desprecio y los malos tratos de quienes debieran protegerlos.
Es cierto que para atender ese
problema se han creado guarderías, posadas y asilos para ancianos, que van
desde un albergue modesto hasta las residencias más elegantes y sofisticadas
que se pueda concebir; no tienen nada que envidiarles a los hoteles de lujo.
Claro que existen, el problema es que pocos son los que pueden pagar por vivir
en ellas.
El veintiocho
de agosto, se celebró el Día Internacional de las Personas de Edad, de acuerdo
a una iniciativa promovida por la Asamblea General de las Naciones Unidas.
Personas de Edad, así tan poco clara la definición.
Campeche es el cuarto estado
mexicano con la menor población de personas de sesenta y cinco años y más, con
casi cincuenta y nueve mil, solamente arriba de Zacatecas que tiene treinta y
ocho mil quinientas, Baja California Sur con cuarenta y ocho mil setecientas, y
Colima que registra cincuenta y ocho mil ciento setenta.
Dura realidad la del trabajo de
ancianos en súper mercados, envolviendo y empacando mercancías o acomodando
vehículos, a cambio solamente de propinas y sin derecho a sueldo o a alguna
prestación; serio reto para los encargados de ver por quienes a falta de un
ingreso decoroso, tratan de completar de cualquier modo el gasto familiar.
Nada más justo que retribuir al
anciano en los últimos años de su existencia, el haber dejado en el camino su
fuerza y su vigor. Merecen una vida digna para lograr una existencia decorosa,
y terminar de llenar de mejor manera el resto del libro de su vida.
Faltaría tal vez destinar mayor
gasto público del que se está empleando, se necesitarían quizá mayores y
mejores propuestas de atención. Los países que integran la OCDE, destinan el
siete punto nueve por ciento del producto interno bruto a los ancianos, México
únicamente el dos por ciento. Faltaría como equilibrio buscar una pensión
digna, además de algún recurso extra a la hora del inevitable retiro o de la
imposibilidad de efectuar algún trabajo.
Es innegable que se están
haciendo esfuerzos para resolver el problema. Es cierto que los programas federales
y estatales aportan beneficios. Sesenta y cinco y más, y otras medidas están
contribuyendo. Plausible cualquier estrategia para llenar de cosas buenas la
existencia de la gente mayor.
Son significativas también, las
opciones de esparcimiento y programas para distraer y brindar espacios y
momentos gratos a la población anciana para hacer su vida más llevadera y
agradable.
La Presidenta del Patronato del
DIF Estatal, Christelle Castañón de Moreno y la Presidenta del Patronato
“Grande de Corazón”, Victoria Damas de Aysa, así lo entienden y así lo están
haciendo.
Desde sus responsabilidades,
junto con sus cercanas colaboradoras y las estimables damas de los patronatos
de los municipios, brindan cariño a los viejitos de todo el estado. Les enseñan un poco
de música, canto, baile, manualidades, a la vez, les ofrecen
activación física y lo necesario para una
mejor calidad de vida y una mayor salud.
Todo lo anterior es parte de los mucho que se puede hacer para mejorar la atención de quienes tal vez en poco tiempo estarán
llenando -que mejor que con bellos
recuerdos-, la última página del libro que les está tocando escribir.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario