En
una reflexión anterior, comentaba de un amable y dicharachero taxista madrileño,
quien con ese peculiar modo que tienen los “chóferes” “gatos” para decir
las cosas, casi me acusa de ser periodista, o por lo menos político, por lo bien
que hablaba de mi país de origen.
Recordarán
que les platicaba que el taxista, de origen musulmán como la tercera parte de
los peninsulares ibéricos, comentó que una de las frases preferidas de su
abuelo moro, consistía en recomendar que si alguien desea vender bien su
camello, primero tiene que hablar bien de su camello.
Sin
aparentemente nada que ver con aquella plática tan lejana, recientemente y en
compañía de mi musa-lazarillo, visitamos la amada ciudad vecina de Mérida, Yucatán.
Digo y recalco, amada, porque en ella habitan varios de nuestros familiares más
queridos, además de que la mitad de la genética de este escribidor y de su
compañera, tienen su origen en esa entrañable tierra del mítico mayab.
Mi
bisabuelo llegó a Campeche desde oriente, y no se trataba de ningún rey mago. Cansahcab, situado en la parte este de la
Entidad vecina, parece que fue su cuna primigenia, y de ahí emigró a Hopelchén,
donde se inició la vasta generación Aranda, después de casarse con Mamabel
(María Isabel Baeza Toraya). Mi compañera, tiene su porción de sangre Rincón en
la misma ciudad maya de T’Ho, antes conocida como la “Ciudad de las Veletas”.
Me
pierdo en divagaciones, por tanto, aterrizo en mi amada ciudad adoptiva desde
hace cincuenta y tres años, cuando arribé a ella con una bolsa deportiva con
dos o tres piezas de ropa sobre la espalda, y los bolsillos cargados de miles
de ilusiones. Venía precisamente de la vecina Mérida, donde simplemente, no la
hice.
Todas
las comparaciones, sin excepción, resultan odiosas, pero no me queda de otra. Es
el caso que el motivo de nuestro reciente viaje fue acompañar a la numerosa familia
Rincón en la celebración de las bodas de oro de uno de los dos sobrevivientes
de la antes numerosa familia Rincón Esperón, hermanos de mi difunta suegra.
Juan y Rosina, festejaron de la más hermosa manera los cincuenta felices años
de ejemplar unión matrimonial.
En
esa reunión familiar tan emotiva, encontramos además de gente buena, prósperos empresarios,
médicos, ingenieros, periodistas, maestros, hasta empleados en la iniciativa
privada. Observaba y escuchaba, al mismo tiempo que anotaba mentalmente, sin
dejar de sorprenderme, de cosas más que significativas. La primera es que no me
encontré ningún político, ningún empleado del gobierno estatal, si acaso uno o
dos de algún municipio y, principalmente, absolutamente ninguno que hablara
otra cosa que no fuera de su entrañable cariño por ese bello estado.
¡Caramba!,
exclamaría como es su costumbre mi pequeña nieta, como me gustaría alguna vez escuchar
tanta frase elogiosa de mi gente campechana que casi a tiro por viaje se queja
de todo, e incluso culpa a sus autoridades hasta de las pleamares, del mal
tiempo, y de todos los males que puedan existir, desde los reales hasta
aquellos producto de la fantasía y la imaginación.
Bueno,
pero esta historia me está pareciendo muy larga y mejor dejo para otra
reflexión más cosas que por ahora quedarán en el tintero.

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