miércoles, 15 de febrero de 2017

Hablemos siempre bien de Campeche



En una reflexión anterior, comentaba de un amable y dicharachero taxista madrileño, quien con ese peculiar modo que tienen los “chóferes” “gatos” para decir las cosas, casi me acusa de ser periodista, o por lo menos político, por lo bien que hablaba de mi país de origen.
Recordarán que les platicaba que el taxista, de origen musulmán como la tercera parte de los peninsulares ibéricos, comentó que una de las frases preferidas de su abuelo moro, consistía en recomendar que si alguien desea vender bien su camello, primero tiene que hablar bien de su camello.
Sin aparentemente nada que ver con aquella plática tan lejana, recientemente y en compañía de mi musa-lazarillo, visitamos la amada ciudad vecina de Mérida, Yucatán. Digo y recalco, amada, porque en ella habitan varios de nuestros familiares más queridos, además de que la mitad de la genética de este escribidor y de su compañera, tienen su origen en esa entrañable tierra del mítico mayab.
Mi bisabuelo llegó a Campeche desde oriente, y no se trataba de ningún rey mago. Cansahcab, situado en la parte este de la Entidad vecina, parece que fue su cuna primigenia, y de ahí emigró a Hopelchén, donde se inició la vasta generación Aranda, después de casarse con Mamabel (María Isabel Baeza Toraya). Mi compañera, tiene su porción de sangre Rincón en la misma ciudad maya de T’Ho, antes conocida como la “Ciudad de las Veletas”.
Me pierdo en divagaciones, por tanto, aterrizo en mi amada ciudad adoptiva desde hace cincuenta y tres años, cuando arribé a ella con una bolsa deportiva con dos o tres piezas de ropa sobre la espalda, y los bolsillos cargados de miles de ilusiones. Venía precisamente de la vecina Mérida, donde simplemente, no la hice.
Todas las comparaciones, sin excepción, resultan odiosas, pero no me queda de otra. Es el caso que el motivo de nuestro reciente viaje fue acompañar a la numerosa familia Rincón en la celebración de las bodas de oro de uno de los dos sobrevivientes de la antes numerosa familia Rincón Esperón, hermanos de mi difunta suegra. Juan y Rosina, festejaron de la más hermosa manera los cincuenta felices años de ejemplar unión matrimonial.
En esa reunión familiar tan emotiva, encontramos además de gente buena, prósperos empresarios, médicos, ingenieros, periodistas, maestros, hasta empleados en la iniciativa privada. Observaba y escuchaba, al mismo tiempo que anotaba mentalmente, sin dejar de sorprenderme, de cosas más que significativas. La primera es que no me encontré ningún político, ningún empleado del gobierno estatal, si acaso uno o dos de algún municipio y, principalmente, absolutamente ninguno que hablara otra cosa que no fuera de su entrañable cariño por ese bello estado.
¡Caramba!, exclamaría como es su costumbre mi pequeña nieta, como me gustaría alguna vez escuchar tanta frase elogiosa de mi gente campechana que casi a tiro por viaje se queja de todo, e incluso culpa a sus autoridades hasta de las pleamares, del mal tiempo, y de todos los males que puedan existir, desde los reales hasta aquellos producto de la fantasía y la imaginación.
Bueno, pero esta historia me está pareciendo muy larga y mejor dejo para otra reflexión más cosas que por ahora quedarán en el tintero.

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