Varios comentarios tengo esta ocasión para los que gustan de leer mis pergeños. Bueno,
para los que no gustan de leerlos pero también los leen, les comento este medio
día de sábado:
En
primer lugar, una pequeña anécdota: de visita por la Madre Patria, para trasladarnos
desde la famosa Gran Vía al aeropuerto de Barajas, hubimos de abordar un taxi,
dado que mi musa-lazarillo estaba presa de la claustrofobia que produce la intrincada
red de túneles del sistema colectivo de transporte subterráneo madrileño.
El
amable taxista, como la mayoría de los de su gremio, nos resultó dicharachero y
mal hablado. Inmersos en espontánea plática, le narraba de las bellezas de mi tierra
y escuchaba su versión de la suya (su tierra, por supuesto). Nos habló de cosas
de su linda ciudad, salpicando sus comentarios con expresiones típicas
relacionadas con los lácteos, las hostias, y esas cosas, mientras culpaba a
“los de provincia” de lo poco malo de Madrí. A mi comentario de que lo mismo
habíamos escuchado de “los provincianos” con respecto a los capitalinos, socarronamente contestó
que así son de cabrones los que cada día “defecan en el yogurt” (cita del
autor: no entendí la alegoría).
Entrados
en la plática, una cosa llevó a la otra y al rato abordamos el inevitable tema
de la política, preguntándole como un señor de origen obrero con apellido de
fabricante de zapatos la llevaba tan bien con la nobleza; su respuesta: “¡Coño,
vosotros o soy periodistas o sois políticos!”. A mi pregunta respondió “es que
si no lo fuerais ya habríais hablado mal de vuestro país, de vuestro presidente y del
congreso de vuestros diputados como hacen casi todos los mexicanos que nos visitan.
“En
cambio, nos dijo, los argentinos, los colombianos, los chilenos y otros
americanos no la paran hablando bien de sus países. Decía mi abuelo que era de
Murcia pero moro de origen y zahorí de
oficio, que si queréis vender bien vuestro camello, primero tenéis que hablar
bien de vuestro camello. Nosotros vivimos de los turistas y no vamos a
ahuyentarlos con mala información de nuestra patria; pendejos no somos”. Fin de la historia.
Lo
recuerdo ahora que escribo estas líneas y, por supuesto, que las relaciono con
acontecimientos muy recientes: resulta que en pocos días he recibido muchas
solicitudes de “amistad” en redes sociales, las que en un principio acepté sin
suponer los motivos y después rechacé sin pensarlo. Resulta que esas nuevas amistades
virtuales estaban escogiendo al escribidor para volcar críticas desmedidas y
después, hasta ofensas a mi persona y a los que amo con frases insolentes e
insultos por acudir a la marcha del pasado miércoles y gustosos
participar en familia.
No
somos, lo he dicho muchas veces y lo reitero, beneficiarios del sistema de otra
manera que no sea el cobro de las pensiones que nos corresponden como ex
trabajadores al servicio del gobierno federal durante tres o cuatro décadas. No
recibimos dádiva alguna del gobierno, ni formamos parte del padrón de
beneficiarios de algún programa de apoyo, como no sea la credencial de adulto
mayor que nos da derecho los lunes a un descuento del veinticinco por ciento en
las farmacias de un “galeno regordete”.
A
fuerza de ser sincero, también tengo que
decir que no me siento en absoluto orgulloso de lo que ha ocurrido los últimos
cuatro años en mi país, cuando se han desatado desafortunadamente los más
fieros demonios de la corrupción y la nefasta impunidad entre muchos de los más
altos funcionarios de la administración federal y, peor tantito, en los gobiernos
de los estados, en los que gobernadores rapaces han dilapidado el patrimonio de
los conciudadanos que les otorgaron su confianza, e incluso han atentado contra
sus propias vidas, y por ahí andan tan quitados de la pena.
Tampoco
estoy de acuerdo con los que se empeñan en hablar mal de mi país y desprestigiar
a toda costa a la actual administración federal. En estos momentos tan
cruciales para nuestro futuro como nación, necesitamos de un gobierno fuerte
que pueda encarar con éxito los fieros embates del nuevo gobierno vecino que son de a deveras.
Es absurdo
que más por circunstancias que por actitudes, en ese país estén
considerando a nuestro primer mandatario
un estadista y casi sin quererlo, lo estén convirtiendo en una especie de
modelo para que de acuerdo a los resultados que se obtengan, otras naciones sigan
el ejemplo para confrontar al impredecible hombre de negocios convertido en presidente.
La
descalificación a ultranza de los críticos de todo, está incluyendo al gobierno
local por convocar a una marcha el pasado miércoles. En esa marcha estuvimos gustosos uniéndonos a miles
de campechanos, entre los que vimos y saludamos a cientos de amigos y
familiares. Con ellos caminamos, con ellos convivimos y con ellos cantamos emocionados
el Himno Nacional, y también el himno que alguna vez fuera compuesto para los nacidos
a orillas del mar y ahora nos incluye a todos. Como muchísimos campechanos, no fuimos
borregos, ni acarreados, ni lame suelas, ni lambiscones, pueden jurarlo los
anónimos ofensores.
Ahí
estuve con mi esposa y con mis hijos y nadie me presionó, porque soy absolutamente libre y jamás hubiera
aceptado presiones de ningún tipo. Invito a quien quiera constatarlo a que se
entere de que a pesar de ser mucho mayores de sesenta años, ni tramitamos ni
recibimos siquiera el beneficio de los programas de sesenta y más, porque hay
quienes lo necesitan más que nosotros a pesar de lo modesto de nuestras
pensiones.
Asistimos
porque quisimos y queremos decir con voz fuerte que amamos a Campeche y a su gente, que
nos sentimos mexicanos hasta la última gota de sangre y en esta hora de México,
estaremos en cuanta marcha se organice y a la que por cualquier medio seamos
convocados. En pocas palabras ¡Hablaremos bien siempre de México y de
Campeche!.

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