sábado, 4 de febrero de 2017

Hablemos bien siempre de México y de Campeche



 
Varios comentarios tengo esta ocasión para los que gustan de leer mis pergeños. Bueno, para los que no gustan de leerlos pero también los leen, les comento este medio día de sábado:
En primer lugar, una pequeña anécdota: de visita por la Madre Patria, para trasladarnos desde la famosa Gran Vía al aeropuerto de Barajas, hubimos de abordar un taxi, dado que mi musa-lazarillo estaba presa de la claustrofobia que produce la intrincada red de túneles del sistema colectivo de transporte subterráneo madrileño.
El amable taxista, como la mayoría de los de su gremio, nos resultó dicharachero y mal hablado. Inmersos en espontánea plática, le narraba de las bellezas de mi tierra y escuchaba su versión de la suya (su tierra, por supuesto). Nos habló de cosas de su linda ciudad, salpicando sus comentarios con expresiones típicas relacionadas con los lácteos, las hostias, y esas cosas, mientras culpaba a “los de provincia” de lo poco malo de Madrí. A mi comentario de que lo mismo habíamos escuchado de “los provincianos” con respecto a los capitalinos, socarronamente contestó que así son de cabrones los que cada día “defecan en el yogurt” (cita del autor: no entendí la alegoría).
Entrados en la plática, una cosa llevó a la otra y al rato abordamos el inevitable tema de la política, preguntándole como un señor de origen obrero con apellido de fabricante de zapatos la llevaba tan bien con la nobleza; su respuesta: “¡Coño, vosotros o soy periodistas o sois políticos!”. A mi pregunta respondió “es que si no lo fuerais ya habríais hablado mal de vuestro país, de vuestro presidente y del congreso de vuestros diputados como hacen casi todos los mexicanos que nos visitan.
“En cambio, nos dijo, los argentinos, los colombianos, los chilenos y otros americanos no la paran hablando bien de sus países. Decía mi abuelo que era de Murcia pero moro de  origen y zahorí de oficio, que si queréis vender bien vuestro camello, primero tenéis que hablar bien de vuestro camello. Nosotros vivimos de los turistas y no vamos a ahuyentarlos con mala información de nuestra patria; pendejos no somos”.  Fin de la historia.
Lo recuerdo ahora que escribo estas líneas y, por supuesto, que las relaciono con acontecimientos muy recientes: resulta que en pocos días he recibido muchas solicitudes de “amistad” en redes sociales, las que en un principio acepté sin suponer los motivos y después rechacé sin pensarlo. Resulta que esas nuevas amistades virtuales estaban escogiendo al escribidor para volcar críticas desmedidas y después, hasta ofensas a mi persona y a los que amo con frases insolentes e insultos por acudir a la marcha del pasado miércoles y gustosos participar en familia.
No somos, lo he dicho muchas veces y lo reitero, beneficiarios del sistema de otra manera que no sea el cobro de las pensiones que nos corresponden como ex trabajadores al servicio del gobierno federal durante tres o cuatro décadas. No recibimos dádiva alguna del gobierno, ni formamos parte del padrón de beneficiarios de algún programa de apoyo, como no sea la credencial de adulto mayor que nos da derecho los lunes a un descuento del veinticinco por ciento en las farmacias de un “galeno regordete”. 
A fuerza de ser sincero, también tengo  que decir que no me siento en absoluto orgulloso de lo que ha ocurrido los últimos cuatro años en mi país, cuando se han desatado desafortunadamente los más fieros demonios de la corrupción y la nefasta impunidad entre muchos de los más altos funcionarios de la administración federal y, peor tantito, en los gobiernos de los estados, en los que gobernadores rapaces han dilapidado el patrimonio de los conciudadanos que les otorgaron su confianza, e incluso han atentado contra sus propias vidas, y por ahí andan tan quitados de la pena.
Tampoco estoy de acuerdo con los que se empeñan en hablar mal de mi país y desprestigiar a toda costa a la actual administración federal. En estos momentos tan cruciales para nuestro futuro como nación, necesitamos de un gobierno fuerte que pueda encarar con éxito los fieros embates del nuevo gobierno vecino que son de a deveras. 
Es absurdo que más por circunstancias que por actitudes, en ese país estén considerando  a nuestro primer mandatario un estadista y casi sin quererlo, lo estén convirtiendo en una especie de modelo para que de acuerdo a los resultados que se obtengan, otras naciones sigan el ejemplo para confrontar al impredecible hombre de negocios convertido en presidente.
La descalificación a ultranza de los críticos de todo, está incluyendo al gobierno local por convocar a una marcha el pasado miércoles. En esa marcha estuvimos gustosos uniéndonos a miles de campechanos, entre los que vimos y saludamos a cientos de amigos y familiares. Con ellos caminamos, con ellos convivimos y con ellos cantamos emocionados el Himno Nacional, y también el himno que alguna vez fuera compuesto para los nacidos a orillas del mar y ahora nos incluye a todos. Como muchísimos campechanos, no fuimos borregos, ni acarreados, ni lame suelas, ni lambiscones, pueden jurarlo los anónimos ofensores. 
Ahí estuve con mi esposa y con mis hijos y nadie me presionó, porque soy absolutamente libre y jamás hubiera aceptado presiones de ningún tipo. Invito a quien quiera constatarlo a que se entere de que a pesar de ser mucho mayores de sesenta años, ni tramitamos ni recibimos siquiera el beneficio de los programas de sesenta y más, porque hay quienes lo necesitan más que nosotros a pesar de lo modesto de nuestras pensiones.
Asistimos porque quisimos y queremos decir con voz fuerte que amamos a Campeche y a su gente, que nos sentimos mexicanos hasta la última gota de sangre y en esta hora de México, estaremos en cuanta marcha se organice y a la que por cualquier medio seamos convocados. En pocas palabras ¡Hablaremos bien siempre de México y de Campeche!.






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