El
consumo obligado de diversos medicamentos necesarios para su padecimiento
renal, hicieron a papá Beto ingeniárselas para adquirirlos a precios por debajo
de los vigentes en las farmacias; una cosa llevó a la otra, y al rato ya utilizaba
unos productos con un letrerito en rojo
con la leyenda “muestra médica, no negociable”, que adquiría de un comercio
floreciente cuyo nombre era algo así como “Droguería Nelson”, situado en el
centro de la vecina ciudad de Mérida.
Su
relación con este proveedor, lo fue acercando al conocimiento de la farmacopea
y por consecuencia, empezó a familiarizarlo con las fórmulas de los productos
medicinales y con su aplicación, de acuerdo a los diversos padecimientos.
Un buen día, el jefe del hogar retornó de un viaje cargado de medicinas en cajitas y a granel, así como de un voluminoso glosario en orden alfabético, de los conocidos como vademécum. A lo anterior adicionó una serie de libros de medicina de “medio pelo”, bastante gastados por el uso, ¡no faltaba más!.
Anatomía, farmacopea, fisiología, y uno con el ostentoso título de “El Arcángel (o Ángel, o lo que sea) de la Salud”. Un dibujo topográfico de la región glútea con trazos de cuadrantes que definían el área susceptible de recibir el embate de la aguja hipodérmica sin riesgos de causar estragos, coronaba el libro de marras. Llegó con el cargamento un sugestivo maletín con estetoscopio, abate lenguas, jeringas reutilizables, pebetero, y un sinfín de cosas más.
Confieso que con la inquisidora curiosidad de la niñez, una innata avidez por la lectura, además de cierta inclinación por la ciencia de Hipócrates, devoré cada uno de estos volúmenes, grabándome nombres de órganos, funciones, enfermedades, medicamentos, dosificaciones, y otros conceptos que todavía bullen en mi mente y hacen que sonría al recordarlos.
Eran comunes y las recuerdo con nitidez, las socorridas sulfas. Sus terminaciones permitían saber si servirían para las heridas e infecciones (sulfatiazol); para las vías respiratorias (sulfadiazina); o para males diarreicos (sulfaguanidina).
No faltaron penicilinas y otros antibióticos, algodón, alcohol, yodo, violeta de genciana, merthiolate rojo, cintas adhesivas, gasas y vendajes; sin faltar para los pacientes menores el aceite de ricino que, combinado con esencia de quenopodio (concentrado con olor y sabor a epazote), era el más efectivo lombricida de la época.
Mi señor padre y su valioso cargamento, se instalaron en un anexo de la vivienda de Iturbide, precisamente a un lado de su tienda, para que desde ahí, con "un ojo al gato y otro al garabato”, pudiera atender sus hipocráticas consultas, a la vez que despachar sus mercancías a la noble clientela.
El consultorio se fue diversificando hasta que, como en las antiguas boticas, se convirtió también en dispensario de “sacamuelas”; final irremediable ante la falta lógica de atención oportuna de las caries.
Una ampolleta de xilocaina aplicada a una encía y una hábil maniobra con un raro instrumento, o con sus dedos pulgar e índice juntos, alivió en más de una ocasión las dolencias de los sufridos pacientes, no sin antes sacudir los atribulados oídos de los involuntarios espectadores.
Ya entrado de lleno en sus nuevos menesteres, una madrugada se presentó a despertarlo un vecino de la comunidad, cuya esposa había dado a luz a un niño con una extraña malformación congénita que lo tenía casi agonizante.
Un buen día, el jefe del hogar retornó de un viaje cargado de medicinas en cajitas y a granel, así como de un voluminoso glosario en orden alfabético, de los conocidos como vademécum. A lo anterior adicionó una serie de libros de medicina de “medio pelo”, bastante gastados por el uso, ¡no faltaba más!.
Anatomía, farmacopea, fisiología, y uno con el ostentoso título de “El Arcángel (o Ángel, o lo que sea) de la Salud”. Un dibujo topográfico de la región glútea con trazos de cuadrantes que definían el área susceptible de recibir el embate de la aguja hipodérmica sin riesgos de causar estragos, coronaba el libro de marras. Llegó con el cargamento un sugestivo maletín con estetoscopio, abate lenguas, jeringas reutilizables, pebetero, y un sinfín de cosas más.
Confieso que con la inquisidora curiosidad de la niñez, una innata avidez por la lectura, además de cierta inclinación por la ciencia de Hipócrates, devoré cada uno de estos volúmenes, grabándome nombres de órganos, funciones, enfermedades, medicamentos, dosificaciones, y otros conceptos que todavía bullen en mi mente y hacen que sonría al recordarlos.
Eran comunes y las recuerdo con nitidez, las socorridas sulfas. Sus terminaciones permitían saber si servirían para las heridas e infecciones (sulfatiazol); para las vías respiratorias (sulfadiazina); o para males diarreicos (sulfaguanidina).
No faltaron penicilinas y otros antibióticos, algodón, alcohol, yodo, violeta de genciana, merthiolate rojo, cintas adhesivas, gasas y vendajes; sin faltar para los pacientes menores el aceite de ricino que, combinado con esencia de quenopodio (concentrado con olor y sabor a epazote), era el más efectivo lombricida de la época.
Mi señor padre y su valioso cargamento, se instalaron en un anexo de la vivienda de Iturbide, precisamente a un lado de su tienda, para que desde ahí, con "un ojo al gato y otro al garabato”, pudiera atender sus hipocráticas consultas, a la vez que despachar sus mercancías a la noble clientela.
El consultorio se fue diversificando hasta que, como en las antiguas boticas, se convirtió también en dispensario de “sacamuelas”; final irremediable ante la falta lógica de atención oportuna de las caries.
Una ampolleta de xilocaina aplicada a una encía y una hábil maniobra con un raro instrumento, o con sus dedos pulgar e índice juntos, alivió en más de una ocasión las dolencias de los sufridos pacientes, no sin antes sacudir los atribulados oídos de los involuntarios espectadores.
Ya entrado de lleno en sus nuevos menesteres, una madrugada se presentó a despertarlo un vecino de la comunidad, cuya esposa había dado a luz a un niño con una extraña malformación congénita que lo tenía casi agonizante.
A
decir verdad y aunque suene algo procaz, el bebé vino al mundo con la parte del
cuerpo situada en la espalda baja, obstruida por una membrana que le impedía
eliminar lo que su organismo recibía. Esta malformación, después de varios días
de nacido, lo tenía ya al borde de la muerte.
Con
una audacia inconcebible, previo aviso de lo riesgoso del caso y sin otra
alternativa que ofrecer, papá dejó a los padres la decisión, que por supuesto
fue tomada de inmediato. Una hoja de rasurar esterilizada a modo de rústico
bisturí, unos nervios de acero y un corte preciso en la parte afectada,
lograron lo necesario y el pequeño sobrevivió, convenientemente “evacuado”.
La
posterior revisión médica en cuanto el lodoso camino se hizo transitable,
confirmó que ese golpe de audacia había salvado una vida, a la vez que
posibilitó que ahora exista una familia presidida por un padre y abuelo que no
es otro que aquel grave paciente. Agradecido y reconocido, el chamaco terminó
como ahijado de mis padres, y fiel tributante a su memoria.
La basura y el medio ambiente
No
sé con precisión si es alguna de las tres, o las tres: el aumento de la población, la situación económica que
no propicia mejores recipientes en bebidas para llevar, o la deplorable labor
de la empresa recolectora de basura que en mala hora ingresó a “prestar” sus deplorables
servicios a nuestra amada ciudad capital.
A
diferencia de aquellos tiempos de esforzados empleados municipales que barrían
a mano, obteniendo además de un ingreso honesto para sus familias unas calles bellamente
limpias, hogaño las colectas se hacen dos veces a la semana en un camión, propiciando
montones de desechos sólidos.
Mi
calle, antes impecable con todo y albergar escuelas y oficinas, ahora después
del medio día luce un auténtico muladar. A pesar de nuestra preocupación por
mantener limpio el frente de la casa, más tardamos en hacerlo que en volver a sufrir el
amontonamiento de basura, sobre todo de las bolsitas de material sintético con
un popote en su interior y anudadas en un
extremo, arrastradas por el viento y forradas de mugre adherida a su humedad.
Agreguen las
bolsas tipo costal repletas, insoportable mal, si alguien lo duda, dese una vuelta
por las calles del centro las primeras horas de la noche, tiradas por doquier a falta de una
alternativa mejor para la colecta.
Por
estas razones, me produce un enorme satisfacción enterarme que el gobernador
Alejandro Moreno Cárdenas esté convocando a sumar esfuerzos para preservar el
medio ambiente. Aquí estuvo Esteban Moctezuma de Fundación Azteca impulsando la
campaña “Limpiemos Nuestro México”, y reconociendo a Campeche como una entidad
modelo a seguir a nivel nacional por las acciones de cuidado y protección del
medio ambiente que el gobierno y la sociedad llevan a cabo de manera conjunta.
¡Enhorabuena
y que la acción rinda pronto sus frutos!.
.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario