Cumplidos
apenas los diez años y a consecuencia de serias lesiones en músculos y tendones
de la pierna derecha, provocadas por la agresión de un animal semisalvaje, mis
padres hubieron de llevarme consigo al poblado en el que radicaban
temporalmente por motivos de trabajo. Mi madre al frente de su tienda de
abarrotes y del cuidado del modesto hogar y de la familia; mi padre en su
pequeño aserradero y en un momento dado, en la atención de sus cada vez más
numerosas consultas y curaciones como médico empírico; ambos compartieron su
tiempo para atender mis dolencias.
Eran
los años cincuenta y era Iturbide un pueblo de características muy particulares:
calles anchas, derechas y bien trazadas; cuatro o cinco grandes casonas; y en
el centro, dos profundos y antiguos pozos. Como casi las de todos los pueblos, “la
plaza”, era una vasta superficie surcada por angostas veredas que la gente en
su caminar de un rumbo a otro dibujaba sobre el pasto. Cerdos, caballos, vacas,
cabras, patos, gansos, pollos y gallinas, pastaban o triscaban entre el pasto y
la verde hierba.
Los
profundos pozos, con seguridad construidos antes de la guerra de castas, evidenciaban su edad con sus andadores y brocales
de roca sólida, y unos enormes y muy gruesos maderos en forma de cruz que
mostraban profundos surcos producidos por el roce del deslizamiento de sogas izando
voluminosas cubetas repletas de agua que iban a parar a rojos cántaros de barro
de las mujeres del pueblo.
Mirando
al poniente y enclavada en los alto de un cerro al que la gente nombraba
simplemente “el cuyo”, una construcción de mampostería de muy reducidas
dimensiones; tal vez un puesto de vigía en su tiempo. Mostraba el baluarte numerosos
agujeros verticales, simétricos y de forma rectangular a modo de troneras, por
donde los defensores sacarían los cañones de sus armas de fuego para defenderse
de los ataques de los naturales que los acosaban. Cuatro reductos, uno en cada
esquina de acceso a “la plaza”, tenían forma de un cuadrado achatado, también
provistos de las troneras apuntando a los cuatro puntos cardinales.
De
cara al oriente, el edificio principal de toda la infraestructura lo constituía
lo que era llamado “el cuartel”; una muy amplia construcción rectangular bastante
sólida que evidenciaba haber sido utilizado para albergar los mandos, las
tropas, las cabalgaduras y los pertrechos de las defensas militarizadas. Todo
el conjunto daba al entorno un aire singular, épico, ecuestre, como de película
de acción.
Del
otro lado de “la plaza”, a un lado de “el cuyo” y justo enfrente de “el cuartel”,
se ubicaba la casa que por algunos años ocuparon mis padres, mis hermanos
pequeños y, circunstancialmente, el escribidor por tres o cuatro meses; el
tiempo justo que duró la herida y la convalecencia. La vivienda era de un
frente de cal y canto; a los lados, dos bancas forradas de mosaico azul. Los
costados y la parte posterior de la vivienda tenían un pretil de un metro de
altura del mismo material pétreo. Lo restante de los muros era de una mezcla de
madera, zacate seco y barro, “caleado” y de gran blancura. Un sonido hueco, un seco toc, toc, se producía con el golpeteo de
los dedos en las albas paredes.
Las
casa era de forma rectangular; las puertas de madera sólida, el techo de láminas
de zinc en las primeras dos piezas, y de láminas de cartón en las dos siguientes;
las primeras correspondían a la tienda y consultorio y a la bodega de
mercancías; la segunda y la tercera, al baño y al dormitorio infantil. Mis padres
dormían en un rincón de la tienda, a un lado de la cocina, y adelante del
enorme y sólido mostrador de madera de mis recuerdos, tras el cual vi pasar
muchas historias.
Las
frecuentes lluvias de la zona y el golpeteo incesante en los techos laminados
producían un sonido rítmico, acompasado, con reminiscencias musicales que
entonces con frecuencia y ahora muy esporádicamente, conducían y conducen a mi
espíritu por senderos de paz, de quietud, y también de nostalgia por años
felices, tan felices que en otro momento convertiré en historias para narrarlas
en este mismo preciado espacio.
Urgen políticos buenos antes
que buenos políticos
Tres
sexenios atrás, con el nuevo siglo, nadie o casi nadie osaba vaticinar la
tormenta política que se avecinaba. Una especie de vaquero semiurbano de altas
botas y enormes y lustrosas hebillas, con un estilo original, obtuvo el triunfo
en una histórica contienda sin parangón. Después de él, otro miembro de su
partido se hizo con el poder de la república –con su ayudadita, por supuesto, como
él mismo socarronamente confesara-, sin que entre ellos hubiera semejanzas en
cuanto a talla, peso, estilo y locuacidad.
Como
era de esperarse, al no darse el anhelado cambio ofrecido, sobrevino algo muy
parecido al desencanto. En lógica consecuencia, en forma natural se dio el
retorno del partido desplazado con el
nuevo siglo. Otra vez las esperanzas y el entusiasmo por el ímpetu del arranque
sorpresivo en el alcázar del Castillo de Chapultepec, cuando a una sola, las
fuerzas políticas reales se plantearon y aceptaron una reforma estructural de
gran calado que sacaría a México de su postración; así se afirmó.
El
gozo fue efímero por diversas causas, entre ellas las exigencias de las mismas
fuerzas participantes de tener mayores cuotas de poder y más derechos y
canonjías. Se antojaba entonces la presencia de una oposición dura, actuante,
decidida, que peleara hasta el último soplo de su aliento en aras de cuidar el
destino de este México de todos. Faltó un liderazgo real, auténtico; los existentes
en cierta forma se diluían en ambiciones personales y de grupo, en reclamos y en
actitudes incomprensibles.
La
cuesta del desencanto popular llegó a lo más profundo con el arribo al poder en
varios estados de una camarilla sui géneris. Habría material de sobra para
calificar la acción desastrosa de ciertos parias de la política que abusando de
la confianza depositada en ellos, dilapidaron los recursos de sus conciudadanos
y con ellos, dilapidaron también la fe de una población cada vez más
decepcionada de la política y de los políticos, que por más que busca no
encuentra muchas opciones confiables.
Es
necesario, urgente, el rescate de la confianza de los mexicanos. Es tiempo de
que quienes aspiran al poder lleven a cabo un gran pacto de juego limpio en el
que no hayan injurias ni basen sus propuestas exaltando los errores del
contrario, porque seguramente vendría –como sucede-, una inmediata respuesta
que evidencie los propios. Urge un pacto nacional para rescatar la confianza
que aún queda, porque no interesan los defectos de los rivales, sino las
virtudes, pocas o muchas de los aspirantes y su proyecto, un proyecto viable,
en caso de lograr el poder.
Es
tiempo de acreditar que no todos los partidos se encuentran en crisis y sus
dirigentes actúan por intereses o ambiciones. Es ocasión de demostrar que
existen millones de mexicanos honestos que quieren a su país y están dispuestos
a hacer lo mejor por él. Sería el presente el momento ideal para el surgimiento
de un nuevo liderazgo, el de un mexicano, hombre o mujer que quiera a su país y
que esté dispuesto a trabajar por él con visión de estado y con voluntad
absoluta de moverlo al cambio. Un ciudadano honesto, pero honesto en los
hechos, no en la retórica del discurso fácil.
La
política no es de santos, mucho menos de santones. La política es de hombres y
mujeres de carne y hueso, con fortalezas y debilidades, con virtudes y defectos.
Los políticos deben ser gente honesta, sincera, trabajadora, optimista; que se
atrevan a ver de frente y sin temores; que estén dispuestos siempre a aceptar
sus errores y no teman reconocerlos cuando han fallado.
No
existe nadie, ni existirá jamás, quien con su sólo roce convierta a los “malos”
en seres impolutos. Tampoco existe la perfección y quien se asuma como tal se
encontraría a un paso de causar la más grande de las decepciones a quienes
confíen otra vez.
Parafraseando
al gobernador Alejandro Moreno Cárdenas, “Es
hora de hacer valer las coincidencias, proponer, unir voluntades y actuar por
el bien de México”.
… Y ALGO MÁS
La Décima Asamblea Plenaria
de la COPECOL se hizo, y se hizo bien
Muestra
inobjetable de la posición del estado en el ánimo de las más altas autoridades
del país; muestra también del poder de convocatoria del actual gobierno estatal;
por supuesto; muestra también del clima de paz y la hospitalidad proverbiales
de los campechanos, fue la decisión de escoger Campeche para la celebración de
la Décima Asamblea Plenaria de la
Conferencia Permanente de Congresos Locales (COPECOL).
“Los tiempos actuales
requieren de la interlocución responsable y de creer que México es un país de
leyes y de instituciones, para poder hacer frente a los retos que se tienen de
generar un mayor desarrollo económico, bienestar social y entendimiento
político”, diría Alejandro
Moreno Cárdenas en el acto inaugural.
El
Secretario de Gobernación, Licenciado Miguel Ángel Osorio Chong, afirmó por su
parte que Campeche es “Ejemplo de unidad,
ejemplo nacional de que cuando ponemos en el centro de la atención objetivos
comunes, podemos ponernos de acuerdo y podemos servir de mejor manera a nuestro
país”. El responsable de la seguridad interior
también diría que, "El estado está en pleno desarrollo
a partir de la voluntad de la sociedad y de su gobierno; queremos que se
replique hacia otras entidades de la República".
Al
participar el gobernador como un ponente más en el panel “Gobernabilidad ante
la austeridad”, sostuvo que “el tema de la austeridad no es un pretexto
para no hacer nada ni para dejar de trabajar por los estados, sino un reto para
intensificar las tareas de gestión, ser más eficientes y eficaces en el
ejercicio de los recursos públicos y dar mejor calidad de vida a las familias”.
Los
resultados de esta Asamblea Plenaria habrán de reflejarse en el mediano plazo
en la vida nacional, y con los puntos del Acuerdo Campeche, se intensificarán
los trabajos de implementación de los sistemas anticorrupción tan anhelados, que
se refieren ni más ni menos que a la aplicación transparente y eficiente de la
inversión pública para beneficiar a las mayorías antes que a grupos o personas
en particular. Ese es el propósito y así se espera.
Los
Congresos de los Estados estarán obligados a trabajar para establecer las bases
de los mecanismos de control más efectivos que regulen y orienten el quehacer
gubernamental, y a que desde esos congresos locales, el de Campeche incluido, se trabaje para establecer
esos límites.
El
Congreso Estatal con Ramón Méndez Lanz al frente, puede asegurar que cumplieron
con su parte y cumplieron bien, pero adquirieron un compromiso muy especial.
Los ambulantes; ahora va en
serio
Al
parecer el asunto de los vendedores ambulantes en la siempre polémica calle 59
y en otros puntos de la Ciudad Capital, ahora sí va en serio. La preocupación consiste
en saber si los comerciantes trashumantes son gente necesitada de ingresos que se gana la
vida vendiendo en las calles, o bien se trata de grupos y personas en riesgo de
ser víctimas de actos delincuenciales; así lo señalamos en una columna anterior.
En
recientes declaraciones, el Fiscal Herrera Campos, serio y responsable como
acostumbra ser en sus actos oficiales, adelantó que, por lo menos en el caso de
las llamadas “chapitas”, podría tratarse de infelices mujeres, incluidas niñas,
que viven en total hacinamiento y muy probablemente injustamente explotadas, lo
que podría equipararse a privación ilegal de la libertad, tráfico de personas y
otros delitos colaterales.
Al
parecer ya se está pidiendo la colaboración de autoridades del ramo federal a
fin de determinar si existen ilícitos punibles y aplicar la ley como
corresponde. ¡Enhorabuena!.
Ana Rosa Cáceres de
Baqueiro, Premio Campeche dos mil diecisiete
Como
un acierto y un acto de auténtica justicia, así es considerada la decisión del
Comité Evaluador del Certamen en la sesión de trabajo presidida por el
gobernador Alejandro Moreno Cárdenas y el Secretario de Gobierno Carlos Miguel
Aysa González, en la que fue unánimemente reconocida la maestra Ana Rosa Cáceres de Baqueiro como ganadora
del Premio Campeche de este año en reconocimiento a su amplia trayectoria en el
mundo de la danza, y en impulsar el talento de jóvenes campechanos.
Cientos,
tal vez miles de niñas, ahora respetables damas de nuestra sociedad campechana
han pasado por las aulas de la ameritada academia de la maestra Ana Rosa a
través de sesenta y siete años de fructífera actividad, y aún continúa
incansable su labor. Una felicitación sincera a ella y a toda su estimable
familia. ¡Honor a quien honor merece!.

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