domingo, 30 de abril de 2017

DE MUCHO, UN POCO/Iturbide, el pueblo de mi niñez



Cumplidos apenas los diez años y a consecuencia de serias lesiones en músculos y tendones de la pierna derecha, provocadas por la agresión de un animal semisalvaje, mis padres hubieron de llevarme consigo al poblado en el que radicaban temporalmente por motivos de trabajo. Mi madre al frente de su tienda de abarrotes y del cuidado del modesto hogar y de la familia; mi padre en su pequeño aserradero y en un momento dado, en la atención de sus cada vez más numerosas consultas y curaciones como médico empírico; ambos compartieron su tiempo para atender mis dolencias.
Eran los años cincuenta y era Iturbide un pueblo de características muy particulares: calles anchas, derechas y bien trazadas; cuatro o cinco grandes casonas; y en el centro, dos profundos y antiguos pozos. Como casi las de todos los pueblos, “la plaza”, era una vasta superficie surcada por angostas veredas que la gente en su caminar de un rumbo a otro dibujaba sobre el pasto. Cerdos, caballos, vacas, cabras, patos, gansos, pollos y gallinas, pastaban o triscaban entre el pasto y la verde hierba.
Los profundos pozos, con seguridad construidos antes de la guerra de castas, evidenciaban su edad con sus andadores y brocales de roca sólida, y unos enormes y muy gruesos maderos en forma de cruz que mostraban profundos surcos producidos por el roce del deslizamiento de sogas izando voluminosas cubetas repletas de agua que iban a parar a rojos cántaros de barro de las mujeres del pueblo.
Mirando al poniente y enclavada en los alto de un cerro al que la gente nombraba simplemente “el cuyo”, una construcción de mampostería de muy reducidas dimensiones; tal vez un puesto de vigía en su tiempo. Mostraba el baluarte numerosos agujeros verticales, simétricos y de forma rectangular a modo de troneras, por donde los defensores sacarían los cañones de sus armas de fuego para defenderse de los ataques de los naturales que los acosaban. Cuatro reductos, uno en cada esquina de acceso a “la plaza”, tenían forma de un cuadrado achatado, también provistos de las troneras apuntando a los cuatro puntos cardinales.
De cara al oriente, el edificio principal de toda la infraestructura lo constituía lo que era llamado “el cuartel”; una muy amplia construcción rectangular bastante sólida que evidenciaba haber sido utilizado para albergar los mandos, las tropas, las cabalgaduras y los pertrechos de las defensas militarizadas. Todo el conjunto daba al entorno un aire singular, épico, ecuestre, como de película de acción.
Del otro lado de “la plaza”, a un lado de “el cuyo” y justo enfrente de “el cuartel”, se ubicaba la casa que por algunos años ocuparon mis padres, mis hermanos pequeños y, circunstancialmente, el escribidor por tres o cuatro meses; el tiempo justo que duró la herida y la convalecencia. La vivienda era de un frente de cal y canto; a los lados, dos bancas forradas de mosaico azul. Los costados y la parte posterior de la vivienda tenían un pretil de un metro de altura del mismo material pétreo. Lo restante de los muros era de una mezcla de madera, zacate seco y barro, “caleado” y de gran blancura. Un sonido hueco,  un seco toc, toc, se producía con el golpeteo de los dedos en las albas paredes.
Las casa era de forma rectangular; las puertas de madera sólida, el techo de láminas de zinc en las primeras dos piezas, y de láminas de cartón en las dos siguientes; las primeras correspondían a la tienda y consultorio y a la bodega de mercancías; la segunda y la tercera, al baño y al dormitorio infantil. Mis padres dormían en un rincón de la tienda, a un lado de la cocina, y adelante del enorme y sólido mostrador de madera de mis recuerdos, tras el cual vi pasar muchas historias.
Las frecuentes lluvias de la zona y el golpeteo incesante en los techos laminados producían un sonido rítmico, acompasado, con reminiscencias musicales que entonces con frecuencia y ahora muy esporádicamente, conducían y conducen a mi espíritu por senderos de paz, de quietud, y también de nostalgia por años felices, tan felices que en otro momento convertiré en historias para narrarlas en este mismo preciado espacio.

Urgen políticos buenos antes que buenos políticos
Tres sexenios atrás, con el nuevo siglo, nadie o casi nadie osaba vaticinar la tormenta política que se avecinaba. Una especie de vaquero semiurbano de altas botas y enormes y lustrosas hebillas, con un estilo original, obtuvo el triunfo en una histórica contienda sin parangón. Después de él, otro miembro de su partido se hizo con el poder de la república –con su ayudadita, por supuesto, como él mismo socarronamente confesara-, sin que entre ellos hubiera semejanzas en cuanto a talla, peso, estilo y locuacidad.
Como era de esperarse, al no darse el anhelado cambio ofrecido, sobrevino algo muy parecido al desencanto. En lógica consecuencia, en forma natural se dio el retorno del partido desplazado con el  nuevo siglo. Otra vez las esperanzas y el entusiasmo por el ímpetu del arranque sorpresivo en el alcázar del Castillo de Chapultepec, cuando a una sola, las fuerzas políticas reales se plantearon y aceptaron una reforma estructural de gran calado que sacaría a México de su postración; así se afirmó.
El gozo fue efímero por diversas causas, entre ellas las exigencias de las mismas fuerzas participantes de tener mayores cuotas de poder y más derechos y canonjías. Se antojaba entonces la presencia de una oposición dura, actuante, decidida, que peleara hasta el último soplo de su aliento en aras de cuidar el destino de este México de todos. Faltó un liderazgo real, auténtico; los existentes en cierta forma se diluían en ambiciones personales y de grupo, en reclamos y en actitudes incomprensibles.
La cuesta del desencanto popular llegó a lo más profundo con el arribo al poder en varios estados de una camarilla sui géneris. Habría material de sobra para calificar la acción desastrosa de ciertos parias de la política que abusando de la confianza depositada en ellos, dilapidaron los recursos de sus conciudadanos y con ellos, dilapidaron también la fe de una población cada vez más decepcionada de la política y de los políticos, que por más que busca no encuentra muchas opciones confiables.
Es necesario, urgente, el rescate de la confianza de los mexicanos. Es tiempo de que quienes aspiran al poder lleven a cabo un gran pacto de juego limpio en el que no hayan injurias ni basen sus propuestas exaltando los errores del contrario, porque seguramente vendría –como sucede-, una inmediata respuesta que evidencie los propios. Urge un pacto nacional para rescatar la confianza que aún queda, porque no interesan los defectos de los rivales, sino las virtudes, pocas o muchas de los aspirantes y su proyecto, un proyecto viable, en caso de lograr el poder.
Es tiempo de acreditar que no todos los partidos se encuentran en crisis y sus dirigentes actúan por intereses o ambiciones. Es ocasión de demostrar que existen millones de mexicanos honestos que quieren a su país y están dispuestos a hacer lo mejor por él. Sería el presente el momento ideal para el surgimiento de un nuevo liderazgo, el de un mexicano, hombre o mujer que quiera a su país y que esté dispuesto a trabajar por él con visión de estado y con voluntad absoluta de moverlo al cambio. Un ciudadano honesto, pero honesto en los hechos, no en la retórica del discurso fácil.
La política no es de santos, mucho menos de santones. La política es de hombres y mujeres de carne y hueso, con fortalezas y debilidades, con virtudes y defectos. Los políticos deben ser gente honesta, sincera, trabajadora, optimista; que se atrevan a ver de frente y sin temores; que estén dispuestos siempre a aceptar sus errores y no teman reconocerlos cuando han fallado.
No existe nadie, ni existirá jamás, quien con su sólo roce convierta a los “malos” en seres impolutos. Tampoco existe la perfección y quien se asuma como tal se encontraría a un paso de causar la más grande de las decepciones a quienes confíen otra vez.
Parafraseando al gobernador Alejandro Moreno Cárdenas, “Es hora de hacer valer las coincidencias, proponer, unir voluntades y actuar por el bien de México”.

… Y ALGO MÁS

La Décima Asamblea Plenaria de la COPECOL se  hizo, y se hizo bien
Muestra inobjetable de la posición del estado en el ánimo de las más altas autoridades del país; muestra también del poder de convocatoria del actual gobierno estatal; por supuesto; muestra también del clima de paz y la hospitalidad proverbiales de los campechanos, fue la decisión de escoger Campeche para la celebración de la Décima Asamblea Plenaria de la Conferencia Permanente de Congresos Locales (COPECOL).
“Los tiempos actuales requieren de la interlocución responsable y de creer que México es un país de leyes y de instituciones, para poder hacer frente a los retos que se tienen de generar un mayor desarrollo económico, bienestar social y entendimiento político”, diría Alejandro Moreno Cárdenas en el acto inaugural.
El Secretario de Gobernación, Licenciado Miguel Ángel Osorio Chong, afirmó por su parte que Campeche es “Ejemplo de unidad, ejemplo nacional de que cuando ponemos en el centro de la atención objetivos comunes, podemos ponernos de acuerdo y podemos servir de mejor manera a nuestro país”. El responsable de la seguridad interior también diría que, "El estado está en pleno desarrollo a partir de la voluntad de la sociedad y de su gobierno; queremos que se replique hacia otras entidades de la República".
Al participar el gobernador como un ponente más en el panel “Gobernabilidad ante la austeridad”, sostuvo que “el tema de la austeridad no es un pretexto para no hacer nada ni para dejar de trabajar por los estados, sino un reto para intensificar las tareas de gestión, ser más eficientes y eficaces en el ejercicio de los recursos públicos y dar mejor calidad de vida a las familias”.
Los resultados de esta Asamblea Plenaria habrán de reflejarse en el mediano plazo en la vida nacional, y con los puntos del Acuerdo Campeche, se intensificarán los trabajos de implementación de los sistemas anticorrupción tan anhelados, que se refieren ni más ni menos que a la aplicación transparente y eficiente de la inversión pública para beneficiar a las mayorías antes que a grupos o personas en particular. Ese es el propósito y así se espera.
Los Congresos de los Estados estarán obligados a trabajar para establecer las bases de los mecanismos de control más efectivos que regulen y orienten el quehacer gubernamental, y a que desde esos congresos locales, el de Campeche incluido, se trabaje para establecer esos límites.
El Congreso Estatal con Ramón Méndez Lanz al frente, puede asegurar que cumplieron con su parte y cumplieron bien, pero adquirieron un compromiso muy especial.

Los ambulantes; ahora va en serio
Al parecer el asunto de los vendedores ambulantes en la siempre polémica calle 59 y en otros puntos de la Ciudad Capital, ahora sí va en serio. La preocupación consiste en saber si los comerciantes trashumantes son  gente necesitada de ingresos que se gana la vida vendiendo en las calles, o bien se trata de grupos y personas en riesgo de ser víctimas de actos delincuenciales; así lo señalamos en una columna anterior.
En recientes declaraciones, el Fiscal Herrera Campos, serio y responsable como acostumbra ser en sus actos oficiales, adelantó que, por lo menos en el caso de las llamadas “chapitas”, podría tratarse de infelices mujeres, incluidas niñas, que viven en total hacinamiento y muy probablemente injustamente explotadas, lo que podría equipararse a privación ilegal de la libertad, tráfico de personas y otros delitos colaterales.
Al parecer ya se está pidiendo la colaboración de autoridades del ramo federal a fin de determinar si existen ilícitos punibles y aplicar la ley como corresponde. ¡Enhorabuena!.

Ana Rosa Cáceres de Baqueiro, Premio Campeche dos mil diecisiete
Como un acierto y un acto de auténtica justicia, así es considerada la decisión del Comité Evaluador del Certamen en la sesión de trabajo presidida por el gobernador Alejandro Moreno Cárdenas y el Secretario de Gobierno Carlos Miguel Aysa González, en la que fue unánimemente reconocida la maestra  Ana Rosa Cáceres de Baqueiro como ganadora del Premio Campeche de este año en reconocimiento a su amplia trayectoria en el mundo de la danza, y en impulsar el talento de jóvenes campechanos.
Cientos, tal vez miles de niñas, ahora respetables damas de nuestra sociedad campechana han pasado por las aulas de la ameritada academia de la maestra Ana Rosa a través de sesenta y siete años de fructífera actividad, y aún continúa incansable su labor. Una felicitación sincera a ella y a toda su estimable familia. ¡Honor a quien honor merece!.

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