miércoles, 10 de mayo de 2017

Diez de mayo














Hola señora linda; nos volvemos a encontrar...
Pensarás, y con razón, que es injusto este alejamiento; dirás que no puede estar sucediendo, y que tu tercer hijo, el del rostro casi siempre serio y la mirada triste –como la tuya-, poco a poco se ha ido desentendiendo de ti. Que desde que dejé de llevarte los alimentos y tu “Tribuna” dominical, te he olvidado un poco.
Tendrás también mucha razón si me reprochas que en estos dos últimos años, desde el momento de nuestra separación, no he visitado tu morada ni me he atrevido a voltear a ver la que fue tu última vivienda. Vaya, ni siquiera he tenido la valentía suficiente para dedicarte en tu cumpleaños y en navidad, dos lágrimas, acaso una oración.
Es cierto, el corazón es ingrato, a veces contra la propia intención, va dejando en el olvido o en el mejor de los casos, en el descuido, el diálogo con los seres que se ama. Mucha gente, yo mismo, pensamos, que el diez de mayo es un día más en el calendario y no es otra cosa que pretexto para gastar y divertirse. Me tiene sin cuidado esa opinión. Hoy, porque siento ganas, reanudo alguna de nuestras viejas pláticas para escuchar de nuevo tus consejos:

1.       No engordes tanto, el exceso en comer es malo y la gula es un pecado.
2.      No bebas demasiado, es una manera de matarse poco a poco.
3.      Sé siempre puntual, respeta el tiempo ajeno.
4.      Sé agradecido y nunca traiciones a quien te otorga su confianza.
5.      Paga tus deudas y no le debas a nadie, vivirás tranquilo y nadie podrá reclamarte.
6.      No te encariñes con lo ajeno, la honradez es una virtud que brilla en lo más oscuro.
7.      Cumple siempre tu palabra.
8.      Sé fuerte y nunca te doblegues ni te humilles.
9.      Ama y cuida a tu familia.
10.   Cree en Algo.

Como te comenté en otras ocasiones, tu hijo, tu nuera que tanto te quiso y te mimó, tus nietos y bisnietos, te siguen queriendo y extrañando, y como bien decía la abuelita Licha, seguimos “jalando y estirando”, pero con las cuentas claras ante la vida, y la enorme satisfacción de haberte dado siempre comida sabrosa a falta de platos colmados.
Esta madrugada como muchas otras, casi todas, antes de ponerme a escribir, ya tengo el café a punto como me gusta y a ti te gustaba: oscuro como la noche justo antes del amanecer, fuerte como debe ser el carácter, cálido como el aliento de nuestros grandes amores, dulce y amargo como la vida misma.
Que tengas un feliz día, y si existe otra vida después de la que dejaste y en ella hay oportunidad de festejar y alegrarse, hazlo por ti, por tu familia, por tus amistades, y por favor… ruega por nosotros.
Como cada final de nuestras charlas, te reescribo aquellos versos de Celada:
“Cayó como una rosa en mar revuelto/y desde entonces a llevar no he vuelto a su sepulcro lágrimas ni amores/es que el ingrato corazón olvida/cuando está en los deleites de la vida/que los sepulcros necesitan flores”.
¡Shhh!, me retiro en silencio viejita, sigue disfrutando en paz tu sueño de eternidad.

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