Mario,
segundo hermano de mi madre Isela, siempre fue feliz y despreocupado; ferviente
asiduo de casi todos los ambientes imaginables, en los que era considerado gran
amigo, carpintero fino, extraordinario contertulio, platicador, dicharachero,
bohemio, trovador, narrador de historias y, principalmente, bebedor de
antología; a la vez, informal, y desparpajadamente alegre.
También
conocido por los alias de “Abdo”, “Turco”, “Jefe Cejas”, “Maestro Pelos”, “Tío Huayo”
y “Chavalín”, era por muchas cosas popular. Corrió de la seca a la meca, y más
allá. Inquieto, llegó a la gigantesca ciudad de México terminando una larga
temporada de trabajo en la ciudad de Chetumal, y en su vecina Belice,
reconstruyendo edificios y casas de madera destruidas por el embate furioso de
aquel huracán Janet que azotó con fuerza descomunal la península yucateca, en
especial la porción oriental, iniciando la segunda mitad del siglo anterior.
En
el lugar en el que se asentaba, solía destacar por su trabajo especializado y
por la finura en el detalle de su alta carpintería, que lo llevaba a ser
reconocido como un excelente artesano y a ocupar un sitio especial con algo muy
parecido al éxito. Su gran facilidad para hacer amigos, también le servía para ganar
dinero a manos llenas; la misma facilidad que tenía para derrocharlo.
Eran
los tiempos de un Distrito Federal romántico, nostálgico, tradicionalista,
relativamente tranquilo y disfrutable, que ofrecía todos los atractivos de las
grandes ciudades, incluida la oportunidad de encontrar empleo y lograr una
mejor existencia para los provincianos que por miles dejaban su tierra natal, atraídos
y atrapados por las luces de la gran urbe. Estudiantes de todo tipo, campechanos
incluidos, acudían en buen número a prepararse a sus universidades y escuelas
superiores.
Un
día de la década de los años sesenta, Mario arribó a la enorme ciudad; su
equipaje consistía en un maletín cargado de herramientas de mano, algunas ropas,
y en los bolsillos unos cuantos pesos. Su intención, establecerse y montar un
taller de carpintería, pero principalmente, seguir los pasos de Mirna, su novia
de entonces y después su esposa fiel durante muchos años. Su dama había sido cambiada
al altiplano, por los rumbos de Zumpango, para seguir desempeñándose como
maestra de primaria.
Hay
una parte de su historia que tal vez nadie conozca, esta es la que transcurrió
desde el momento de su arribo hasta la instalación de su primer taller de
ebanistería -al final fueron dos-, “Hopelchén”; “Licha y Moncho” fue el otro. Ambos
funcionaron en la misma calle; el primigenio miraba al sur y el segundo tenía
su frente al norte, en el tramo de sus amores de las preciosas calles de
Puebla, entre las de Valladolid y Medellín, en el corazón de la hermosa colonia
Roma.
No
puede negarse que gustaba de la buena vida, de disfrutar las comodidades que
ofrece radicar en una gran ciudad y sobre todo, tener buenos ingresos. Su casa,
situada a escasas calles de su negocio, era un departamento del segundo piso de
un edificio bajo rodeado de comercios, nada menos que en las calles de Lieja,
entre la bella avenida Chapultepec y la espléndida Hamburgo, donde comenzaba la
elegante Zona Rosa; dos cuadras lo separaban de la fuente de la Diana Cazadora
y el frente del bosque de Chapultepec, en el inicio del extraordinariamente
bello Paseo de la Reforma.
Su
taller, sus talleres, fueron siempre refugio de la numerosa colonia chenera que
radicaba por diferentes rumbos; algunos de sus integrantes de escasos recursos,
a su arribo y en tanto se colocaban, se instalaban primero en alguno de los
locales en donde nunca les faltó un rincón para dormir, un plato de comida, unas
monedas para los camiones, y algún otro detalle. La generosidad de Mario no
tenía límites.
Su
extraordinaria habilidad para relacionarse lo llevó a conocer gente importante;
le tenían tal confianza que dejaban en sus manos las llaves de sus departamentos
para efectuarles arreglos. A una pareja formada por una actriz, preciosa mujer de
ojos verdes almendrados y un popular y apuesto galán de películas de cine de acción,
pude verlos platicando con Mario junto al elevador un medio día de sábado,
mientras los carpinteros y el escribidor como apoyo, bajábamos montones de
tablas de fina madera que desprendían de un enorme mueble de la sala.
Hubo
otras historias relacionadas con el trabajo; otras variadas como aquella de la
cena de bacalao a la vizcaína preparado por los abuelos Eloísa y Ramón en una
de sus visitas. El convivio, de una gran sencillez pero muy espléndido, fue
ofrecido entre bancos de trabajo, viruta y aserrín, a los hermanos Mendoza, Amalia,
Juan y Eligio, integrantes del trío “Tariácuri”, y a Don Chava Flores; sí, el
famoso compositor costumbrista.
Los
dos primeros, Amalia y Juan, después de cenar frugalmente, tuvieron que retirarse
relativamente temprano por compromisos de trabajo; el más joven, Eligio –se
autonombraba “El Feo”, y así consta en una foto autografiada que debe andar por
ahí entre mis recuerdos gratos-, decidió,
y así dijo a sus hermanos, convertir al trío en dueto, para quedarse a participar
de la velada junto con el grandioso compositor Don Salvador, ambos tentados por
el bacalao de los abuelos.
Esa
noche alegre y bohemia, disfrutamos y aplaudimos la interpretación de canciones
como La Malagueña, Dos Palomas al Volar,
El Gato Viudo, Sábado Distrito Federal, y
otras que no logro fijar en la cada vez más frágil memoria. Ya casi de madrugada, fuertes golpes
en la cortina metálica medio cerrada, interrumpieron la fiesta y obligaron a
enfrentar un par de situaciones, difíciles al principio y después, para sumarlas
al anecdotario.
Fue
aquella una reunión inolvidable -ya se dijo-, sólo interrumpida por los
causantes del escándalo: una “pareja” de celosos agentes de policía a bordo de
una patrulla; demasiado estrictos al principio y después, enterados de quienes
eran los comensales, sumados al alegre “huateque” como guardias de seguridad voluntarios
y hasta como simpático coro de los artistas.
La
historia completa la abordaremos en otra columna junto con otras aventuras de
El Chavalín.
Karla y Ramón, nada de qué preocuparse
Los
veía preocupados, ahora ya un poco más relajados; la verdad, no se entiende el
motivo de su preocupación, mucho menos si esta fuera angustia. Dos temas,
original uno por lo poco usual, y común y corriente el otro, tan normal como la
vida misma en los partidos políticos.
Inquietante el primero, por
supuesto que sí, pero no precisamente por el daño que pudiera
haber causado, sino por lo burdo de la acción y la intención, pero más que
todo, por la perversidad de alguna o algunas mentes que con el ánimo de hacer
daño a una persona en particular, han faltado al respeto a otros, quienes tal
vez no lo merezcan.
No
conozco personalmente a la presidenta del Comité Directivo Municipal del PRI en
Campeche, y por el momento, no tengo la intención y tal vez ni la inquietud de
hacerlo, pero hasta donde sé, se trata de una profesional destacada de la odontología,
respetable esposa y madre de familia, que por ese solo hecho ya merece la
consideración y el respeto de la sociedad en la que se desenvuelve.
Sé
de ella que es de reciente ingreso a la actividad política y que por ende,
tiene poca experiencia en el terreno; sin embargo, sé también que tiene gran
habilidad para organizar eventos sociales y para acercarse a la gente, lo que
algunos lo han relacionado con sensibilidad y capacidad política y por
consecuencia, le ven posibilidades de hacer una sólida carrera político-partidista.
De
ahí tal vez el afán de derribarla, o bien de hacerle daño para descarrilarla.
Quizá haya de por medio la intención de dañar a ella y a su partido para
reforzar al candidato o candidata de otro. “Fuego amigo” o “andanada externa”,
todavía no ha quedado claro. La
solución quizá se encuentre en una investigación; para esa labor existen
métodos científicos probados.
Tal
vez el otro camino sea apostar al olvido; al fin y al cabo unos apapachos, muchos
triunfos de los Piratas, una turbonada, otra pleamar, un nuevo frente frío, y
ya en Campeche se estará hablando de otra cosa.
El otro caso es la renuncia-expulsión
de su antiguo partido de un ciudadano originario de otra entidad y avecindado
en Campeche. El señor
tuvo su tiempo, y muy bueno, como secretario de gabinete, diputado local, y
hasta líder del Congreso.
Por
estos días, el ex secretario y ex diputado concretó un aviso previo y anunció su
salida, para ingresar a otro partido que lo definió como una “nueva adquisición”.
Sobrevinieron descalificaciones de parte de ex correligionarios que lo tildaron
de desleal y, por otra parte, inconformidades de sus nuevos compañeros que se
sienten desplazados por quien entró sin apuros por la puerta grande, mientras a
ellos les costó años de lucha y de trabajo ingresar y sostenerse.
Hasta
ahora el político ha guardado cierta discreción y su nuevo partido prudente
silencio; hay que recordar que en el pasado reciente, el personaje se
desgarraba las vestiduras por una causa que quizá pronto empezará a descalificar.
Su nuevo partido, el que ahora se felicita por la adquisición de ese “rostro
nuevo”, antes lo criticó por su trabajo legislativo y lo atacó lo mismo que a
otros que ha reciclado en los últimos tiempos.
Como
gente de experiencia que ha estado cerca del poder y de las grandes decisiones,
el nuevo oposicionista sabe que en
Campeche todos se conocen aunque a veces no se saluden. Le queda claro que se
vive en casa de cristal en la que se sabe todo de todos. Está enterado también
que en tierra de dinosaurios, quien
aspire a tener la boca grande, debe cuidarse de poseer un apéndice posterior de
escasas dimensiones; difícil pero no imposible.
En
este caso, a todos conviene dejar hacer y dejar pasar y no excederse en
preocupaciones. El partido que lo adquiere, calladito se verá más tranquilito;
el que lo “pierde”, debe recordar aquella frase que hizo famosa un célebre
actor del cine norteamericano de origen austriaco: “¡hasta la vista baby!”.
… Y ALGO MÁS
Juan Ramón de la Fuente
Estuvo
en Campeche por un acto importante. La verdad que la entrega de un Doctorado
Honoris Causa es un acto significativo; pero entregar tal honor a un mexicano
distinguido y prestigiado como el político
y académico doctor Juan Ramón de la fuente, y además por el mismo gobernador
del Estado, es un acontecimiento sumamente importante.
Escuchar
a Alejandro Moreno Cárdenas decir en ese acto: “Creemos en la educación como la
gran llave maestra que abre las puertas a la democracia, al crecimiento y al
desarrollo, y no en el pretendido nacionalismo que representa retroceso y
estatismo para México”, tan relevante por sí mismo, como honrar al ex
secretario de Salud federal y ex rector de la Universidad Nacional Autónoma de
México.
Fue
el Consejo Superior del IC el que aprobó y otorgó el grado de Doctor Honoris
Causa a Juan Ramón de la Fuente Ramírez por sus altos méritos, y qué decir de su
enorme contribución a la difusión de la ciencia y la cultura, su intensa
promoción del humanismo, del pensamiento constructivo y del debate enriquecedor
de la sociedad, se diría en ese acto.
Sus
antecedentes como Secretario de Salud, rector de la UNAM y haber presidido la
junta directiva del programa de la ONU contra el Sida en París, la Asociación
Internacional de Universidades en la Unesco y el Consejo de la Universidad de
Naciones Unidas en Tokio, hablan del gran prestigio nacional e internacional
del galardonado.
El
homenajeado diría que, “Educar es forjar seres humanos libres, autónomos,
sensibles, críticos y creativos, comprometidos con la comunidad a la que
pertenecen, aptos para el ejercicio responsable de la democracia, así como para
enriquecer y renovar la tradición cultural”; “la política debe centrar su
mirada y recursos en la educación, pues juntamente con la cultura constituyen
las grandes alternativas que la sociedad tiene para transformar la realidad”.
No
se trató de un evento casual para exaltar personalidades y realizar elogios
mutuos, sino de un acto de lo más trascendente y lo será más a futuro. Baste pensar
que en política no existen las casualidades; se sabe, se afirma, y la reciente
es una muestra de ello. En los últimos tiempos, el nombre del doctor De la
Fuente Ramírez ha sido manejado como prospecto para ocupar el lugar de honor en
las boletas electorales por algún partido que si lo lograra, se anotaría un
verdadero éxito por el prestigio de este académico limpio y de trayectoria y
honestidad probadas.
Predios abandonados
Escenografías
“hollywoodenses” para filmar películas, así parecen ciertas casonas del Centro
Histórico y de algunos de los barrios tradicionales capitalinos, que se han
convertido en sólo fachadas que esconden terrenos baldíos y construcciones
ruinosas por falta de interés o de capital de sus propietarios. Recientemente, el
director general del Centro INAH-Campeche, reconoció que no se cuenta con un inventario
de su número y condiciones.
Los
recursos que se han invertido los últimos años solamente en el arreglo
superficial –reparaciones de maquillaje, podría decirse-, tal vez serían también
de difícil cuantificación, sin que el problema haya podido resolverse y al contrario,
cada vez luzca más complicado. Tal vez sería el momento de emprender acciones más
drásticas.
Una
opción válida podría ser la venta ordenada y supervisada a inversionistas que
se comprometan a repararlas y a ponerlas en uso, antes que a acapararlas para
especular a futuro como se ha sabido recientemente.
Podrían
ser también materia de un programa de acondicionamiento de espacios para
estacionamiento, negocios atractivos y, de darse el caso y como asunto extremo,
efectuar un programa de expropiación por causa de utilidad pública, para
concesionarlas a empresas o particulares que les den mantenimiento adecuado y
las destinen a algún tipo de actividad probadamente redituable.
Acaso
podría resolverse como el de aquel enorme lote que funcionara como vecindad por
muchos años y ahora es asiento de un lujoso hotel de clase mundial o gran
turismo. Lo que haya que hacer, ya debe hacerse.
Galardón para EL SUR
Congratulaciones para esta
hospitalaria casa editorial que hace favor de publicar mis pergeños, por el
Galardón Mundial a la Calidad “Siglo XXI” que le otorgara la empresa Worldwide
Marketing Corporation como reconocimiento a la mejora en sus aspectos
administrativos. Del
casi punto de quiebra al de finanzas sanas hay de por medio un gran trabajo.
Bien por la empresa, bien por René San Martín Pérez, su director
administrativo, y bien por todos los colaboradores que con su trabajo lo
hicieron posible. ¡Más reconocimientos en el futuro!.

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