Como
cada día y como siempre, este primero del nuevo año, desde el amanecer me hayo
frente a la computadora. Aprecio que algunos contactos igual de madrugadores se
incorporan a mis redes. Aprovecho un poco la mañana acopiando material para un
escrito.
Por una obligada razón, evoco las cenas familiares en el Hopelchén de mi niñez y de los primeros años de mi juventud. Recuerdo el numeroso núcleo familiar disfrutando el pavo de patio, embadurnado de achiote y asado al carbón. Lo mismo aquella exquisita sopa de macarrón con menudos que ahora justamente reclaman mis amados nietos.
Añoro esas iluminadas noches y madrugadas de música de guitarra, canciones y poemas interpretados por los abuelos y los tíos que dominaban esas artes. Añoro también las voces a la puerta de amigos de la familia que atraídos por el ambiente, acudían a unirse al bullicio que rompía la apacible quietud del pueblo.
Recuerdo las obligadas “desmañanadas” que gustaban a los abuelos Licha y Moncho. Las ruedas en la gran mesa de su cocina disfrutando los tazones de loza de espumoso y aromático chocolate con “pan bueno”, dulce y salado, elaborado con huevo y leche. Siempre en esos desayunos el par de “blanquillos” recogidos de los nidos de las gallinas de la abuela. Sus amarillas yemas tenían de color canario los fondos de los platos.
Hoy, en el otoño de mi larga vida, a la vuelta de mi ocaso y mucho más cerca que nunca de mi compañera, mientras escuchamos canciones de los años setentas, siento que llegar de golpe esos recuerdos. Aunque no quisiera, como humo se escapan de la mente, igual que escurre sutil el agua por las palmas de las manos.
Siento un gran amor por esos tiempos y me estremezco con la idea de que gracias a Dios, los ancianos de mi hogar sembraron en mi corazón semillas de amor que ojalá mis hijos y de ser posible, mis nietos, sientan por nosotros, sus mayores.
Si alguno de ellos -no somos exigentes-, sólo uno nos recuerda alguna vez como lo estamos haciendo con los viejos que nos antecedieron, podremos decir sin temores: ¡Gracias Dios, gracias vida por lo mucho que nos han dado!.
Por una obligada razón, evoco las cenas familiares en el Hopelchén de mi niñez y de los primeros años de mi juventud. Recuerdo el numeroso núcleo familiar disfrutando el pavo de patio, embadurnado de achiote y asado al carbón. Lo mismo aquella exquisita sopa de macarrón con menudos que ahora justamente reclaman mis amados nietos.
Añoro esas iluminadas noches y madrugadas de música de guitarra, canciones y poemas interpretados por los abuelos y los tíos que dominaban esas artes. Añoro también las voces a la puerta de amigos de la familia que atraídos por el ambiente, acudían a unirse al bullicio que rompía la apacible quietud del pueblo.
Recuerdo las obligadas “desmañanadas” que gustaban a los abuelos Licha y Moncho. Las ruedas en la gran mesa de su cocina disfrutando los tazones de loza de espumoso y aromático chocolate con “pan bueno”, dulce y salado, elaborado con huevo y leche. Siempre en esos desayunos el par de “blanquillos” recogidos de los nidos de las gallinas de la abuela. Sus amarillas yemas tenían de color canario los fondos de los platos.
Hoy, en el otoño de mi larga vida, a la vuelta de mi ocaso y mucho más cerca que nunca de mi compañera, mientras escuchamos canciones de los años setentas, siento que llegar de golpe esos recuerdos. Aunque no quisiera, como humo se escapan de la mente, igual que escurre sutil el agua por las palmas de las manos.
Siento un gran amor por esos tiempos y me estremezco con la idea de que gracias a Dios, los ancianos de mi hogar sembraron en mi corazón semillas de amor que ojalá mis hijos y de ser posible, mis nietos, sientan por nosotros, sus mayores.
Si alguno de ellos -no somos exigentes-, sólo uno nos recuerda alguna vez como lo estamos haciendo con los viejos que nos antecedieron, podremos decir sin temores: ¡Gracias Dios, gracias vida por lo mucho que nos han dado!.



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