En primer lugar, un mea culpa por el uso y tal vez abuso de la
primera persona de singular, por lo menos en los primeros párrafos; no
encuentro mejor manera para reconocer que quien pretende comunicar, tiene
forzosamente que ser objetivo, y para serlo, debe ser honesto; para ser honesto,
tiene por obligación que ser sincero.
Aplicado el precepto, debo reconocer aunque
no parezca inteligente, que no voté por el candidato presidencial que obtuvo el
triunfo. Mi voto no fue para Andrés Manuel López Obrador; mi sufragio fue a favor de José
Antonio Meade, a pesar de que tenía razones personales para
pensarlo.
A fuerza de ser honesto, he de aceptar que
soy de toda la vida parte de la infantería del Partido Revolucionario
Institucional, organización política a la que pertenezco desde muy joven;
porque creí -sigo creyendo-, que el PRI tiene las más firmes bases. Porque creo
que su Programa de Acción, sus Estatutos y su Declaración de Principios son de lo
mejor. También, que el candidato externo que postuló es un hombre limpio y
honesto que buscaba el cambio.
Y el cambio se dio, pero no fue a través
del Revolucionario Institucional; el pueblo mexicano escogió al que consideró
que merecía la oportunidad de gobernarnos después de dos intentos fallidos de
alcanzar el triunfo y varios lustros de recorrer el territorio nacional con su
propuesta de gobierno.
El PRI se encuentra ahora como tercera
fuerza política, a seis años de haber recuperado el poder tras dos sexenios de obligado
ayuno. Hay que recordar que desde inicios del siglo en una circunstancia
parecida, dejó la presidencia en manos de un candidato sui géneris, cuando el
Movimiento que postuló al ahora ganador todavía no existía.
Una derrota es común en una democracia y
México puede presumir que ya cuenta con ella. Una derrota estrepitosa del
partido en el gobierno se da aún en las democracias más maduras y avanzadas; para
ejemplo, Francia, que otorgó el poder al joven centrista Emmanuel Macron, quien
llegó al cargo con el sesenta y seis por ciento de los votos.
La nueva experiencia ha de servir para que
el partido en el gobierno por cinco meses más se recomponga desde adentro y trate
de recobrar sus liderazgos, reagrupe a los distantes y a los por mala fortuna apartados.
En fin, que aproveche su posición en el legislativo y todavía en el ejecutivo
para ejercer con dignidad su papel de oposición. Ya lo
ha hecho, y podrá volver a hacerlo.
Será necesario un reagrupamiento de sus filas.
Campeche lo está haciendo a instancias de Alejandro Moreno Cárdenas, atrayendo
a la que él mismo desde su posición de primer priista calificó como “la vieja
guardia”. Se necesita una recomposición de sus principios y sus bases y, sobre
todo, un ejercicio pleno de autocrítica en el que se acepte y se reconozca que
no hay más culpables que los propios priistas por haber dado la oportunidad de
representarlos a un puñado de traidores y deshonestos que no supieron entender
su momento histórico y saquearon sin misericordia las arcas públicas.
Se acabó todo, todo está cumplido por lo
que se refiere al peculiar proceso en el que el insulto, la ofensa y la
división entre familias y amistades fue el pan de cada día. Ahora se espera el
retorno a la cordura y a la recuperación de la paz, una vez convencidos todos
de que fue una jornada limpia organizada
y dirigida por una institución seria con la ayuda de millón y medio de
ciudadanos que merecen un reconocimiento
y la oportunidad de vivir en paz.
Se espera que los vencedores sean
ecuánimes, que no desdeñen la voz del pueblo y sepan ponerse de su lado para
que la paz y la seguridad se prolonguen muchos años y nada la perturbe. Que se
recupere el camino de la justicia social y se disminuya la brecha entre ricos y
pobres, entre débiles y poderosos, entre políticos y pueblo.
Para terminar, una cita cultural: en lo que
fue la antigua estación de ferrocarril de la ciudad de París, situado en la
margen izquierda del río Sena, funciona un pequeño pero conocido museo de
nombre D’Orsay, muy céntrico, muy bello, entre el icónico Louvre y la Torre
Eiffel.
En ese museo se exhibe desde su apertura
una obra del artista Jean-Léon Gérôme, dedicado a la pintura y la escultura de
temas históricos, fundamentalmente. Un óleo sobre tela realizado el año mil
ochocientos sesenta y siete cuando el pintor galo contaba con cuarenta y tres años
y no era famoso.
Extraña pintura es aquella, abundante en claro
oscuros y con manifestaciones de la naturaleza desatada en una furiosa
tormenta. Las tres figuras que se alcanzan a ver se muestran difusas y en el
fondo se aprecia un cielo tormentoso y el perfil de una ciudad hebrea.
Cabe decir que la extraña obra le mereció
al artista las críticas más duras de su tiempo. El título, “Consummatum Est”. La
frase es una locución latina que significa literalmente "se acabó
todo", "todo está cumplido".
Y así ha sido en México: ¡Consumátum Est!.
¡Todo está cumplido!... y a seguir con nuestras vidas.
… Y
ALGO MÁS
La
historia se seguirá escribiendo
Bien por Claudio Cetina y su actitud responsable de
apresurarse a aceptar el resultado de las elecciones municipales por lo que se
refiere a Campeche, y reconocer que no le favorecieron por más que presentó el
mejor proyecto, altamente viable dada la cercanía con el ejecutivo estatal.
En el caso del gobernador, muy sereno se le
observó durante el mensaje dirigido a la población campechana y a los
candidatos locales que se alzaron con la victoria, lo mismo que al candidato
triunfador de la elección presidencial, para reconocer los resultados y
comprometerse a apoyar su trabajo futuro.
Lo importante de todo es que como había
venido sucediendo antes de que la elección cambiara drásticamente el mapa
político de la nación, Alejandro seguirá siendo un interlocutor válido entre
los estados y el gobierno federal a través de la Conferencia Nacional de Gobernadores, en donde se le tiene como uno de los mandatarios estatales más
experimentados y con una voz fuerte digna de ser escuchada.

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