El hombre más que proponer, dispone. Si se equivoca
ordena, y de ser necesario corrige y otra vez ordena. A su alrededor, en su
círculo cercano, pero también en el más lejano, no hay un solo colaborador o
simpatizante que se atreva ni medianamente a contradecirlo. Descomunal, así es
la fuerza del presidente.
Nadie que se precie de conocer un poco de política
puede dejar de reconocer que la popularidad de López Obrador va en aumento. La
gente, sobre todo la más humilde, lo aplaude, le festeja cualquier cosa que
sale de sus labios y, en una actitud que asombra, le disculpa por anticipado
cualquier error o incumplimiento mediante el estribillo de que “los anteriores fueron
peores”.
Pero hay una cosa que se puede abonar a favor del
presidente y de su causa: esto es que, detrás de sus acciones hay aparente buena fe y la intención de acercar los beneficios del presupuesto a
los que menos tienen. Basta revisar sus discursos del pasado en los que criticaba
acremente los actos de gobierno de los que siempre llamó corruptos y
neoliberales.
No es, ni en apariencia quisiera parecerlo -como
dice-, un “sabelotodo”. No es experto en cuestiones presupuestarias; no es un
intelectual, ni alguien que pudiera presumir de economista y de hablar idiomas.
Tal vez parte de su popularidad la deba a una modesta carrera en una escuela
pública, y además, en un período largo y con bajas calificaciones.
Su actitud es la de un hombre modesto e indiferente a
los mandatos de la moda. No viste trajes finos ni usa zapatos de miles de
dólares. No viaja en vuelos privados; no se rodea de una legión de aduladores
ni muestra vanidad. Tampoco gusta de posar para revistas del
corazón.
La gente del pueblo, sus seguidores, a decir de los
especialistas en numerología, ya casi alcanzan el setenta por ciento en lo que
respecta a aprobación. Impensable desde tiempos del Tata Lázaro. “Su” base
popular lo arropa, lo consiente, le perdona el incumplimiento de sus promesas y
el no estar a la altura de las expectativas que despertó en su campaña.
Lo cierto es que, su culpa o no, la inseguridad aumenta
exponencialmente; el crecimiento económico se halla en ceros; suben las gasolinas; no hay obra
pública; hay agudo desempleo; faltan médicos y medicinas; desaparecieron Prospera y el
Seguro Popular; hay escasez de circulante.
Sin embargo, la gente le corea todo. Lo ensalzan si
asegura que pacificará al país en tres años; si minimiza las crisis y
afirma que se recuperará el crecimiento económico. Lo vitorean cuando le
apuesta a su refinería de Dos Bocas y al Tren Maya para volver a la senda del
empleo.
No hay en apariencia una política social congruente
ni un cálculo a fondo de lo que resultará de su programa “Jóvenes Construyendo
el Futuro”; si redundará en el abatimiento del desempleo y en la solución del
problema de la violencia, pero él reparte dinero para los casi un millón de jóvenes
que no estudian ni trabajan.
Se dice que en el desarrollo de sus programas emblemáticos
hay abundancia de malos manejos. Que existen fraudes, corrupción y extorsiones
en la política social de su gobierno. Que le fallan con los adultos mayores, con los jóvenes y
con la siembra de árboles. Pero el señor recibe aplausos cada vez que habla de
ellos como compromisos cumplidos.
Desde el ejecutivo, contrario a un estado de derecho y un verdadero equilibrio entre poderes, o que debiera serlo -aunque no sin cierta razón-, se acusa, señala y juzga a jueces y
magistrados de cosas que debieran ser parte de la labor del Consejo de la Judicatura.
Y la gente aplaude, y hace votos no por el saneamiento, sino por la
desaparición de un poder soberano. Y su popularidad sigue
creciendo.
Falta mucho, pero la gente lo sigue apoyando.
Gracias a sus dos horas diarias de conferencias mañaneras o tal vez a pesar de
ellas, el presidente asciende en el ánimo popular. La economía no es lo que se dice; el país adolece de falta de políticas de empleo;
no hay presupuesto para la investigación, la ciencia, la cultura o las artes en sus
diferentes vertientes. Y el presidente crece.
Pero vaya paradoja, sus cercanos juntos no alcanzan la
mitad de su popularidad. Qué decir de su partido convertido en un conglomerado en el
que impera la ley del más fuerte, lo que ha exacerbado tanto al presidente
que ha amenazado con separarse de su MORENA.
Mientras, la
oposición machaca a diario en sus yerros y fracasos. Hasta ahora se ha
limitado a eso, pero es de esperarse que muy pronto, cuando terminen de
organizarse, saldrán a las calles no tanto a criticar la administración federal
como a ofrecer políticas públicas adecuadas y congruentes donde son gobierno y el
federal esté fallando.
Campeche, sin perder el respeto por el primer
mandatario federal ni dejar de trabajar con él de manera conjunta, está
desarrollando un trabajo ejemplar que se espera sea replicado por los demás gobiernos priístas. Apostar por la seguridad, por la educación, por
la salud y el bienestar de la población, ha sido y será la meta del gobernador Carlos
Miguel Aysa González. Al parecer, ese es el mejor camino.
La
del trabajo responsable, la mejor política
Lo comentamos líneas arriba, el trabajo
responsable y con orientación social es la mejor manera de hacer política, y en
Campeche, en el gobierno del licenciado Carlos Miguel Aysa González, esta máxima
se está cumpliendo, y con ventaja.
La obra social y con
sentido humano se desarrolla en el tradicional clima de paz al que estamos
acostumbrados. No es ningún secreto que esta paz
social, ejemplo nacional, está fincada en el buen trabajo de coordinación de la
Secretaría General de Gobierno, primero a cargo del hoy gobernador y desde hace
unos meses del licenciado Pedro Armentía López.
El trabajo del joven Secretario, como lo escribimos
alguna vez del propio gobernador, se da en un contexto de absoluta
discreción y puntual actividad. No se ve, casi no se nota, pero se siente, así de discreto debe
ser y es el trabajo del segundo en la línea de mando del ejecutivo.
La política social, en las manos de Christian
Castro Bello desde la Secretaría de Desarrollo Social y Humano, desemboca en acciones
en favor de los adultos mayores, de las mujeres, de los discapacitados, de los
estudiantes, y de todos aquellos que no son favorecidos por la fortuna.
Dicho sea de paso, la labor de la Secretaría estatal, viene en
buena medida a atemperar los faltantes que desafortunadamente y esperamos que
por poco tiempo se presentan en la organización pendiente de la Secretaría de Bienestar, homologa de la Sdsyh en el gobierno federal.
... Y ALGO MÁS
Generoso
donativo
La asociación nacional sin fines de lucro conocida
como “Gilberto”, a finales de la década de los ochenta tuvo una muy importante
actividad en Campeche. Su nombre se debió a aquel casi mítico huracán que asoló
con letal fuerza y causó tales destrozos a la ciudad, al estado, a la región y al país, que se requirió de la ayuda federal. De
ahí el surgimiento de la Asociación Civil.
Como datos interesantes, por primera vez en la
historia reciente y no tanto, la tradicional ceremonia del “grito” de mil
novecientos ochenta y ocho, tuvo que realizarse en un evento privado y bajo
techo en el palacio de gobierno. El desfile, por supuesto que se suspendió.
Si la memoria no falla, la primera presidenta local
de la asociación fue la señora Rocío Arceo Corcuera. Alguna vez coincidimos con
ella y con la agrupación en programas de vivienda en el Invicam, hoy Codesvi. Ahora, Ana Martha Escalante Castillo sustituye a doña
Armida Castillo de Escalante.
La señora Victoria Damas de Aysa, presidenta del Patronato
Estatal del DIF, gestionó y obtuvo de "Gilberto" un importante apoyo
consistente en la donación de un número mayor de cuatro mil artículos que serán
destinados a la atención de grupos vulnerables.
¡Enhorabuena por acciones que corazón que
dignifican a quien gestiona, a quien da y a quien recibe!

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