Los
japoneses, verdaderamente duchos en los negocios -qué país de la región no lo
es-, iniciaron con el siglo un show televisivo al que llamaron “Tigers Money”. De Asia el programa pasó
a Inglaterra como “Dragon’s Den”. Nueve
años después, se trasladó a los Estados Unidos de América con el nombre de “Shark
Tank”.
Traducido
al español, “Los tigres del dinero” nipón, “La guarida de los dragones” inglés,
o el “Tanque de los tiburones” norteamericano, llegó a América Latina y la
serie se estrenó en nuestro país con el nombre de Shark Tank México a mediados de dos mil dieciséis.
En
su desarrollo, un grupo de emprendedores exponen a un panel de cinco inversionistas
la viabilidad de sus negocios. Como resultado, éstos decidirán si la propuesta
resulta atractiva frente a su aguda
visión empresarial. Claro está, mediante un muy jugoso porcentaje de las
utilidades.
La
cuestión es que, en teoría, en el desarrollo del programa que incluye la
exposición de los panelistas, la aclaración de dudas y la propuesta económica,
no se da en ningún momento acercamiento anterior entre el emprendedor y la
gente del dinero. Las cosas se suceden en tiempo real y entre desconocidos.
Antes de iniciarse el show, ni siquiera ha habido un saludo entre las partes.
Trasladado
al momento actual y toda proporción guardada, quienes acudieron a una de las
entrevistas madrugadoras de esta semana, habrán sido testigos del modo entre serio
y preocupado con el que el presidente de la república se enfrentó a uno de los
problemas más sensibles de su administración. Se trata del suministro de gas
indispensable para la operación de las plantas de energía eléctrica propiedad
de la nación.
La
entrevista se dio entre el jefe del ejecutivo federal, parte de su gabinete,
reporteros de medios de comunicación, y dos enormes tiburones equivalentes a un
numeroso cardumen de escualos que nadaron en sus propias y acostumbradas aguas.
Coincidentemente, los dos de nombre Carlos y ambos dueños de grandes fortunas.
Por qué no decirlo, tan expertos en sus temas como ansiosos por acrecentar sus
capitales.
Ganar-ganar,
dos veces pronunció la palabra uno de los Carlos. Si se refería a él y a su
tocayo, totalmente de acuerdo. Si hablaba de la enorme paraestatal Comisión Federal
de Electricidad, todavía falta un buen trecho para saber si funcionará el
acuerdo establecido que al parecer se ajustó si no es que superó sus
expectativas. Cinco años más para surtir de gas a la CFE; los precios sujetos a
los inevitables vaivenes internos y externos, y otras cosas difíciles de
precisar para el ciudadano común y simple consumidor del producto final.
No
hay ninguna duda, los escualos ganarán, porque para eso invierten sus capitales;
sin embargo; lo deseable es que esas ganancias tengan alguna repercusión en la
economía de la paraestatal de clase mundial. Además, que estos beneficios se
traduzcan en el cumplimiento de una de las muchas promesas de campaña del
presidente que aún no llegan a los bolsillos de los ciudadanos.
El
ganar-ganar de los Carlos está asegurado y además ampliado su período de
vigencia. El enojo anterior del director de la enorme empresa del estado y la
deposición de su actitud de llevar al arbitraje internacional la cuestión indican
algo. Quisiéramos pensar -desear más bien- que la decisión final favorecerá a
los consumidores y abonará a la promesa presidencial.
Sin
embargo, preocupa imaginar aunque nadie lo aclare ni actúe en consecuencia, que
los ejecutivos de la administración pasada pusieron candados en las concesiones
para ceder beneficios al gran capital a costa de los bolsillos de los
mexicanos. Si hubo algo de eso, los consumidores merecen conocer los nombres y
cargos y saber si habrá justicia.
Sí,
estamos plenamente convencidos de que los tocayos y enormes tiburones, con sus
“tarifas planas” y demás acuerdos, ganarán y ganarán. Seguro harán efectivo el
propósito de ganar- ganar. No obstante, quisiéramos que así fuera, tal vez
faltó un ganar: el de usted y el mío
cuando recibo en mano hagamos filas para pagar “la luz” frente al cajero de la
temida empresa del estado mexicano. Cambios en el gabinete estatal
Totalmente
normales y a veces necesarios los movimientos entre los funcionarios de gobierno.
Es el gobernador y en el caso Carlos Miguel Aysa González con la facultad que
la ley le confiere y, especialmente desde su visión, quien acomoda las piezas
para lo que será el último tercio, el tramo más importante del sexenio.
América
Azar Pérez, Gabriel Escalante Castillo, José Domingo Berzunza Espínola y Ramón
Arredondo Anguiano serán encargados de nuevas responsabilidades a partir de la
última semana de agosto. Mientras, rostros nuevos como Tirso García Sandoval, estarán
en el organigrama y serán puestos a prueba exactamente a dos semanas de que se
cumpla el cuarto año de la administración y que el gobernador Aysa dé el primer
“grito” con motivo de las Fiestas
Patrias. Algunos de esta lista y otros más estarán en las boletas ¡Ya lo verán!
“Sigan trabajando en el fortalecimiento de
las políticas económicas que incentiven una mayor inversión y la generación de
nuevos empleos en el estado; reforzar los procesos de organización,
programación y evaluación de las acciones de gobierno; impulsar los programas
de instrucción del instituto para seguir formando mano de obra calificada y
fomentar el emprendedurismo y seguir trabajando de forma coordinada con el
gobierno federal para concretar los tramos que corresponden a la entidad dentro
del proyecto ferroviario que plantea detonar el desarrollo integral del sureste”.
Más
que exhorto del jefe del ejecutivo, sus palabras tienen visos de manifestación
premonitoria para el tercer tramo de la administración que inició el dieciséis de
septiembre de dos mil quince. De acuerdo a su manera decidida, firme, pero
sobre todo conciliadora y sin rencores de conducir el gobierno, transitará con
éxito y sorteará todos los escollos de hoy y los que vendrán los próximos meses
¡Porque los habrá, que no haya duda!
… Y ALGO MÁS
Las cosas del Tren Maya
Tal
vez sólo sea un pequeño obstáculo en la ruta de la construcción del anhelado
medio de transporte ferroviario transpeninsular, pero de alguna manera se suma a
los ahora calmados reclamos de grupos ecologistas y ambientalistas que han
alzado sus voces y suponemos que lo volverán a hacer cuando la obra arranque
desde tres frentes.
Primero
se trató de lo concerniente al paso de la vía por zonas de las llamadas
protegidas; corte de árboles; división de territorios de la fauna silvestre con
afectación de sus hábitos de alimentación y reproducción, incluido el riesgo
para sus vidas al paso del veloz ferrocarril; modificación de hábitos y
costumbres de los pobladores, y otras cosas.
Ahora
y sin que sea nada nuevo, se asoma la inconformidad de algunas de las familias
que habitan la llamada Colonia Camino Real. Como se sabe, han proliferado
por todos los rumbos, en especial a la vera de la reducida calle, limitando en
muchos de los casos las dimensiones específicas del llamado “derecho de vía”. Claro está que el proyecto del tren no es de la competencia del gobierno del estado; no obstante; si las inconformidades crecen azuzadas por gente que no falta, repercutirían sin remedio en ese ámbito como problemas políticos y, lo peor, incidirían sin remedio en el avance de la obra.
Atento a lo que pudiera suceder cuando se dé la voz de arranque, el gobernador Carlos Miguel Aysa González ya instruyó a sus colaboradores estar prevenidos y con probables alternativas a la mano, anticiparse a la problemática y aportar ideas y acciones para la solución.
Cambiar la ruta resultaría costoso y no parece haber más alternativa que la reubicación de quienes se encuentren dentro de los polígonos por determinarse. En el pasado reciente, el deterioro de rieles y durmientes y otras causas, produjeron descarrilamientos pese a la lentitud de las pequeñas locomotoras y sus remolques de carga. Un incidente de la mole de acero del Tren Maya sería catastrófico para los vecinos, para los tripulantes, y sobre todo para los pasajeros

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