La
segunda mitad de los años cincuenta, mi padre liquidó los modestos negocios
emprendidos en Iturbide. Los anaqueles, el mostrador, la báscula y algunos
enseres fueron transportados a la cabecera, Hopelchén, para que mi madre
abriera su tercera tienda de abarrotes en “el cuarto de blanco y negro” de la
casa paterna.
El
pequeño aserradero con fabricación de equipo apícola, también fue cerrado y
vendida la maquinaria a una persona del rumbo. Por falta de tiempo o por otras
razones, en un paraje cercano quedaron abandonados unos troncos de madera roja
que no fueron transportados.
Mi
padre llegó a un acuerdo con un primo suyo para recuperar la madera. Manuel
Jesús Aranda Lara (Chú) aportaría su camión y ambos reunirían lo necesario para
los gastos del viaje. Simple, trasladada a Dzibalchén, la venderían a la
fábrica de triplay y repartirían lo obtenido.
Una
mañana de verano, el primo al volante y mi padre y yo como sus acompañantes en
la cabina, y en la plataforma el “secre”. Tun-Tun, recorrimos velozmente los
cuarenta kilómetros de camino vecinal que corre de Hopelchén a Dzibalchén, y veinte
más del segundo a Iturbide, sobre un terreno marcado por los surcos que dejaban
las llantas en temporada de lluvias.
Todavía
oscuro y después de dormir en el “cuartel”, partimos al tumbo en el que se
encontraba la madera; tal vez unos veinte kilómetros de camino pedregoso y
firme. Cargados los troncos con un aparejo, al medio día estábamos de regreso en
Iturbide. Después de comer, rumbo a Dzibalchén, donde calculaban llegar a las cinco
o seis de la tarde.
No
bien dejadas atrás las últimas casas, comenzó una fina lluvia que se tornó en
fuerte aguacero. Lo resbaladizo del terreno hacía patinar las ruedas y caer al
profundo surco. Cadenas enredadas a los neumáticos, piedras y palos y muchas
maniobras inútiles, ni un centímetro adelante. Lo cerrado de la noche nos
obligó a pernoctar debajo de unos árboles como único abrigo.
Al
amanecer, nuevo intento infructuoso obligó a descargar el camión para que,
maniobras de por medio, la máquina se destrabara de su prisión de lodo. Otra
vez a cargarlo y a seguir el camino. La lluvia que había amainado por la noche
dejándonos dormir un poco, regresó con mayor intensidad. Avance lento y
frecuentes atorones fue la constante.
A
unos ocho o diez kilómetros de la meta, en una caída brusca a un corte del
camino, arrastrado por la voluminosa y pesada carga, el camión experimentó una
inclinación de unos cuarenta y cinco grados, que para el caso equivalía a una
volcadura. La cabina levantada y las trozas de madera regadas. Inútil cualquier
intento, otra vez a dormir y a esperar la luz del sol.
Sin
cobijas, sin alimentos y bajo una pertinaz llovizna, nos acomodamos bajo la
parte emergente del camión. Con la ropa mojada y el estómago vacío, escuché
historias regocijantes. La mejor, la del nombre del camión, “El Toro”. En una
circunstancia semejante por lo desafortunado, Manuel Jesús embistió un toro
suelto. El pago de la bestia y la reparación del vehículo lo estaban obligando
a hacer de todo para recuperarse.
Con
la primera luz y nuevas maniobras, enderezamos el camión, y una vez puesto en
lugar firme, vuelta a cargar y asegurar la madera con cadenas de acero. El
final ya estaba muy cerca. Entre bromas y risas, ya en una tarde soleada y
luminosa, continuamos el viaje a Dzibalchén. Manuel y Beto, como la lechera del
cuento, hacían cuentas de lo que recibiría cada uno apenas vendida la madera.
Una buena comida y rumbo a Hopelchén.
Dicen
que un mal nunca viene solo, en efecto, ya alcanzábamos las primeras casas del
poblado cuando un ruido infernal, como de miles de metales sueltos se dejó
sentir en la parte baja del camión que detuvo bruscamente su marcha.
Una
breve caminata del Tun-tun y el retorno en el jeep del mecánico, el inolvidable
tío Roberto Campillo, confirmó lo que los primos ya temían: el sistema de
transmisión que comprendía piezas con nombres raros como satélites y
planetarios, y algunos baleros, habían saltado en pedazos.
La
madera cargada en un camión de la empresa que la adquirió; “El Toro”, abatido y
remolcado al pueblo. Lo recibido por la madera no alcanzó siquiera para cubrir
la reparación. La aventura, no obstante, me brindó una de las experiencias más
enriquecedoras de la niñez.
Cosas hay que sorprenden
En el pensamiento y el sentimiento de los mexicanos
no debe, no puede haber resentimientos, mucho menos malos deseos en contra de
quien debiera ser guardián celoso de las instituciones nacionales. Claro está,
el jefe del ejecutivo, el presidente Andrés Manuel López Obrador.
Atrás quedaron los recuerdos de su toma de posesión.
Apartados aquellos m0ment0s en l0s que c0n la banda al pech0, se paseaba sin
temores mezclado con miles de mexicanos que lo aclamaban satisfech0s de ser parte
de l0s treinta millones que lo eligieron.
El mandatario que en el zócalo capitalino recibía los
aplausos y bendiciones de los pueblos autóctonos. Esa figura señera de cabellos
blancos que, despreciando al estado mayor, caminaba libre y sin temores entre
la gente, al parecer no existe ya.
Tampoco los aires de triunfo de sus primeras
conferencias mañaneras. Malhumorado con frecuencia, rostro crispado, boca en
rictus, y esa sonrisa burlona, entre mueca grotesca y señal de alegría, nos
indican que algo no anda bien. Está molesto, sus seguidores dieron paso de
costado, así se lo demostraron en la consulta. O sus encuestas internas no lo favorecen.
En su pleito contra los comunicadores, pese a
acusarlos de chayoteros, conservadores y fifís, no ha logrado vencerlos, mucho
menos convencerlos de sus buenas intenciones. No se explica cómo es que
oprimiendo a medios, columnistas y reporteros, no logra doblegarlos a pesar de
transitar por la mitad de su mandato. No hay manera de situarlos entre los
remedos que cada mañana lo ensalzan y magnifican su prédica.
Los periodistas, cada vez más agudos, son una
piedra en el zapato de su pie bueno, y al parecer los únicos que alzan la voz.
Los que debieran hacerlo, guardan silencio. A pesar de lo que ocurre, los
contrarios parecen no fijarse que en la conducta del presidente hay cosas raras
producto de un desarreglo que urge ser tratado, o bien, del excesivo e
irrefrenable uso del poder.
Sus adversarios tienen miedo de hablar, de decir lo
que saben. Ya casi llegamos al ecuador del sexenio, a la línea que lo parte en
dos mitades. Llegaremos con una nueva Cámara de Diputados en la que el
presidente y su partido contarán con la mayoría que les permitirá continuar con
sus programas, pero difícilmente con la decisiva que cambie la Constitución
como es su deseo.
De un frente común de opositores dependerá que el
gobierno en turno no haga lo que le dé la gana con la Norma que juró guardar y
hacer guardar. Ojalá lo logren sin que el temor a la implacable Unidad de
Inteligencia Financiera prevalezca sobre sus conciencias, sobre todo las de quienes
han manejado fondos públicos y lo que sobresale en sus espaldas son omóplatos,
no son alas.
… Y ALGO MÁS
Un nuevo plan de regreso a clases
Un nuevo plan de retorno, pero sin el enigmático
doctor de las extrañas declaraciones. En el pico histórico más alto de la
espantosa plaga mundial, la estrategia ha sido trazada directamente por el
presidente con la ayuda de la titular de la SEP.
No hay que temer, tenemos que enfrentarla. Ya no
domando curvas con cuidados extremos. A pelearle de frente, sin temores, "llueva, truene o relampaguee", y
siguiendo la instrucción presidencial de marchar acorde con, “Los caminos
de la vida no son los que imaginábamos”.
En la batalla irán al frente los niños y los
jóvenes, detrás los padres de familia, y a los flancos los maestros. Los
pequeños pondrán el pecho y los padres recursos escasos. Desde su desempleo o
sub empleo, sacarán de sus bolsillos rotos los recursos para rehabilitar y
sanear las escuelas.
Con un poco más de ahorro, vigilarán sus síntomas,
los llevarán al médico, y avisarán a las escuelas para apoyar la tarea de las
autoridades que tendrán cosas más importantes que hacer. Al menos eso dice la
carta compromiso de corresponsabilidad que firmarán.
La elección en Campeche, parte N
La tinta del documento que pondrá fin localmente a la cuestión técnico
jurídica ya se está secando para ser entregado en pocas horas. La acción terminaría
un largo período de indefinición semántica. Habrá -comprensiblemente- un
aspecto final, el resolutivo que emita el Tribunal Federal Electoral.
Lo deseable es que con este último también se ponga
fin a otro largo período en el que han abundado desafortunadas expresiones que
han dividido al gremio de los comunicadores. Se han distanciado colegas, amigos
y familiares que muchas veces compartieron espacios de trabajo, lo mismo que gratas
tertulias sociales y hogareñas ¡Que sea en buena hora!

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