Las cenas en la casa chenera solían ser amenas y con largas sobre mesas. Los tíos bohemios rasgueaban la "lira" y entonaban Arrullo tropical, Amorcito corazón, y las demás de Pedro Infante. Poesías y valses de los viejos, hazañas deportivas, anécdotas de vida y, los ¡Ay viejo! de la abuela cuando percibía alguna perdonable exageración del dicharachero abuelo.
Las
pláticas eran deliciosas y llenas de tiernos relatos de familia, de viejos
amigos, de las fiestas de agosto, de la calzada del pueblo poblada de almendros,
y de las aventuras de los hijos. Había también historias de fantasmas y
aparecidos que erizaban los cabellos y producían sentimientos mezcla de
curiosidad y temor a lo desconocido.
No
podía faltar la evocación de la crisis del veintinueve y sus secuelas de los treintas,
y de la espantosa pobreza que se enseñoreó en las casas y en las calles de su añorado
Dzitbalché, igual que en el resto del estado, del país y del planeta. Nunca se
escuchó “Gran depresión”, o no lo recuerdo, pero sí, y en abundancia, de sus terribles
estragos.
Cerraron
negocios y bancos, quebraron empresas, millones de trabajadores a las calles y
un desempleo jamás visto. La producción mundial cayó estrepitosamente. Ya no
había nada que comprar, porque no había nada que vender. Las cortinas bajaron,
las luces se apagaron y los comerciantes se marcharon a sus casas.
Gente
andrajosa y de rostros tristes vagaban sin rumbo en busca de un empleo, de unos
centavos de caridad, o de un mendrugo que les permitiera subsistir.
Consecuencia lógica, el taller de carpintería de abuelo y bisabuelo ya no tuvo
más clientela y también cerró.
La
tiendita de abarrotes que funcionaba junto a la casa quebró, y con ello cesó la
posibilidad de obtener pequeños créditos de mercancías. Las plagas y la falta
de dinero para insumos agrícolas, propició que las cosechas se perdieran y que
el maíz y el frijol, vitales para la sobrevivencia, comenzaran a escasear.
De
todo eso nació una historia narrada por los abuelos: Vivían con sus cinco hijos
y el papá-suegro viudo en una casa de mampostería cuya pared lateral colindaba
con aquel pequeño comercio. La falta de ventas y acaso la muerte de uno o de los
dos propietarios hizo que el negocio desapareciera, pero nunca retiraron el
mobiliario.
Pasado
un tiempo, los abuelos empezaron a notar que el muro divisorio iba
destruyéndose, al grado de que ya sólo quedaban piedras flojas y agujeros por
los que podía verse parte del oscuro interior. Una noche cualquiera, un gran
estruendo sacudió la casa y despertó a la familia que acudió presurosa a la
pequeña cocina a investigar de qué se trataba.
A
consecuencia de la humedad y la falta de mantenimiento, la pared divisoria se
desplomó, arrastrando consigo la estantería y con ella una buena cantidad de
latas oxidadas. Esa noche no hicieron nada, pero al despuntar el día siguiente
la familia completa se puso a recoger, sacudir y limpiar toda la estancia antes
de preparar su desayuno.
Con
sorpresa se encontraron abundante latería de todo tipo, formas y tamaños, cuyo
contenido no pudieron determinar, porque la humedad había acabado con las
etiquetas y el óxido las cubría casi por completo. Con agua, jabón, levisas y
hojas de ciricote, lavaron las latas hasta sacarles brillo, separando
cuidadosamente las infladas de las que no lucían mal.
No
sabían que producto escondían los envases en su interior, se enteraban cuando los
abrían auxiliados con alguna herramienta. Lo mismo había carne endiablada que sardinas
en tomate o en aceite, atún, y de repente, aromáticas salchichas, chiles en
conserva solos o rellenos de algo. Frutas en almíbar, café, chocolate y leche
condensada o en polvo.
Cuando
se agotaron las latas en buen estado, procedieron a atacar las infladas, seguros
de que era peor morir de hambre que de una infección estomacal. Los huevos que
regalaban las gallinas de su patio y las tortillas obtenidas de los frutos de
los ramonales, les permitieron comer por algún tiempo, y a nosotros la dicha de
tener y disfrutar a los amados ancestros que alegraron nuestras nocturnas tertulias.
El informe del presidente
El
primer mandatario de la Nación rindió el informe correspondiente a tres años de
gobierno. Lo mandata la Constitución, aunque no contempla su división en parcialidades.
Triunfalista, como han sido los anteriores, y los de sus antecesores, que han hecho
de este ejercicio democrático la oportunidad de presumir “sus” logros.
López
Obrador jugó con información y sus “otros datos”, para dar a conocer resultados
económicos y, de paso, alardear el cumplimiento del noventa y ocho por ciento
de sus compromisos, sin aclarar en qué consiste el dos por ciento pendiente.
Entraría Ayotzinapa, y la descentralización
que llevaría Educación a Puebla, Turismo a Chetumal, Medio Ambiente a Mérida y
Pemex a Ciudad del Carmen entre otras. Tal vez la violencia imparable con
cifras récord en homicidios dolosos y la alta incidencia de feminicidios.
Cierto,
el peso no ha sufrido las devaluaciones de antaño, y hay una estabilidad
económica ausente en los últimos sexenios prianistas. Hay atención a adultos
mayores, campesinos, estudiantes y otros grupos vulnerables y, un inusitado
crecimiento en remesas de migrantes.
Dato
curioso, según expertos, el incremento de las remesas responde al sacrificio de
quienes no encontraron ocupación aquí, y desde lejos ven por sus familias.
Añaden ciertos recursos no muy claros que se mezclan y legitiman con el producto
del trabajo honrado de los nuestros.
No
se dijo nada del Insabi y de la dramática escasez de medicamentos,
principalmente contra el cáncer. Tampoco del aumento inexplicable de personas
en situación de pobreza y de pobreza extrema, a pesar de que en el gobierno ya no hay lujos ni
frivolidades, y la corrupción, como por encanto, es parte de una práctica
deleznable que ha sido arrancada de raíz y para siempre.
... Y ALGO MÁS
El Tren Maya busca estación
No
se había secado la tinta de la cotidiana publicación en la que nos referimos al
tema, cuando ya la señora gobernadora electa emitía una muy respetable opinión respecto
a la ruta del Tren Maya y el cambio de sitio de una de las cuatro estaciones y
la principal del trayecto.
La
señora Layda Elena Sansores San Román coincide con los afanes -o los adopta- de
un grupo de empresarios que pugnan por el paso del tren por la ruta originalmente
planeada. Tres mil millones dejarían de invertirse a cambio de paz. Sería el
fin humanista de la cuestión.
Claro
que también se evitaría un problema a la 4T. Piensen en el conflicto que se
armaría si el Fonatur da marcha atrás al compromiso de respetar las casas y
terrenos de los ocupantes originarios, en muchos casos, si no es que en todos,
anteriores al tendido del enrielado.
Imaginemos
que a quien se le ha ofrecido la certeza de su vivienda y su patrimonio de
pronto se le retira y se replantea la posibilidad del largo conflicto legal. O
en el peor de los casos, el garrote de la Guardia Nacional como a los pobres migrantes
centroamericanos.
El
horno en estos momentos no está para pan de caja. Además, se corre el riesgo de
empantanar la obra y que esta se prolongue más allá de lo aconsejable. Uno de
los tres emblemas amloistas y quizá el más trascendente para el olvidado
Sureste podría extraviarse en el camino.
Si
la idea de meter el ferrocarril a la ciudad cala en el presidente y éste decide
dar marcha atrás y retoma la idea del desalojo, se apartaría del consejo y la
experiencia del gobernador de nuestra colaboración anterior. Tal vez aparezcan líderes
dispuestos a negociar.
En
un caso semejante por lo espinoso, los que mandaban decidieron contactar a un
especialista en resolver conflictos que él mismo creaba, para luego vender a
buen precio la solución a la parte oficial. Claro está, mediante una insalvable
inversión que solía ser de varios ceros.
“Lo resuelvo rápido, pero les va a costar dos
millones de pesos”, planteó el líder a sus interlocutores. “Aceptado” -dijo el preciso-; “infórmame de qué manera distribuimos el dinero”.
“Los dos millones son para mí y ahora”
-respondió el socarrón líder-, “luego les
digo cuánto le repartiremos a “mi” gente”.

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