sábado, 4 de septiembre de 2021

DE MUCHO, UN POCO/Impresiones de la "Gran Depresión”

Las cenas en la casa chenera solían ser amenas y con largas sobre mesas. Los tíos bohemios rasgueaban la "lira" y entonaban Arrullo tropical, Amorcito corazón, y las demás de Pedro Infante. Poesías y valses de los viejos, hazañas deportivas, anécdotas de vida y, los ¡Ay viejo! de la abuela cuando percibía alguna perdonable exageración del dicharachero abuelo.
Las pláticas eran deliciosas y llenas de tiernos relatos de familia, de viejos amigos, de las fiestas de agosto, de la calzada del pueblo poblada de almendros, y de las aventuras de los hijos. Había también historias de fantasmas y aparecidos que erizaban los cabellos y producían sentimientos mezcla de curiosidad y temor a lo desconocido.
No podía faltar la evocación de la crisis del veintinueve y sus secuelas de los treintas, y de la espantosa pobreza que se enseñoreó en las casas y en las calles de su añorado Dzitbalché, igual que en el resto del estado, del país y del planeta. Nunca se escuchó “Gran depresión”, o no lo recuerdo, pero sí, y en abundancia, de sus terribles estragos.
Cerraron negocios y bancos, quebraron empresas, millones de trabajadores a las calles y un desempleo jamás visto. La producción mundial cayó estrepitosamente. Ya no había nada que comprar, porque no había nada que vender. Las cortinas bajaron, las luces se apagaron y los comerciantes se marcharon a sus casas.
Gente andrajosa y de rostros tristes vagaban sin rumbo en busca de un empleo, de unos centavos de caridad, o de un mendrugo que les permitiera subsistir. Consecuencia lógica, el taller de carpintería de abuelo y bisabuelo ya no tuvo más clientela y también cerró.
La tiendita de abarrotes que funcionaba junto a la casa quebró, y con ello cesó la posibilidad de obtener pequeños créditos de mercancías. Las plagas y la falta de dinero para insumos agrícolas, propició que las cosechas se perdieran y que el maíz y el frijol, vitales para la sobrevivencia, comenzaran a escasear.
De todo eso nació una historia narrada por los abuelos: Vivían con sus cinco hijos y el papá-suegro viudo en una casa de mampostería cuya pared lateral colindaba con aquel pequeño comercio. La falta de ventas y acaso la muerte de uno o de los dos propietarios hizo que el negocio desapareciera, pero nunca retiraron el mobiliario.
Pasado un tiempo, los abuelos empezaron a notar que el muro divisorio iba destruyéndose, al grado de que ya sólo quedaban piedras flojas y agujeros por los que podía verse parte del oscuro interior. Una noche cualquiera, un gran estruendo sacudió la casa y despertó a la familia que acudió presurosa a la pequeña cocina a investigar de qué se trataba.
A consecuencia de la humedad y la falta de mantenimiento, la pared divisoria se desplomó, arrastrando consigo la estantería y con ella una buena cantidad de latas oxidadas. Esa noche no hicieron nada, pero al despuntar el día siguiente la familia completa se puso a recoger, sacudir y limpiar toda la estancia antes de preparar su desayuno.
Con sorpresa se encontraron abundante latería de todo tipo, formas y tamaños, cuyo contenido no pudieron determinar, porque la humedad había acabado con las etiquetas y el óxido las cubría casi por completo. Con agua, jabón, levisas y hojas de ciricote, lavaron las latas hasta sacarles brillo, separando cuidadosamente las infladas de las que no lucían mal.
No sabían que producto escondían los envases en su interior, se enteraban cuando los abrían auxiliados con alguna herramienta. Lo mismo había carne endiablada que sardinas en tomate o en aceite, atún, y de repente, aromáticas salchichas, chiles en conserva solos o rellenos de algo. Frutas en almíbar, café, chocolate y leche condensada o en polvo.
Cuando se agotaron las latas en buen estado, procedieron a atacar las infladas, seguros de que era peor morir de hambre que de una infección estomacal. Los huevos que regalaban las gallinas de su patio y las tortillas obtenidas de los frutos de los ramonales, les permitieron comer por algún tiempo, y a nosotros la dicha de tener y disfrutar a los amados ancestros que alegraron nuestras nocturnas tertulias.

El informe del presidente
El primer mandatario de la Nación rindió el informe correspondiente a tres años de gobierno. Lo mandata la Constitución, aunque no contempla su división en parcialidades. Triunfalista, como han sido los anteriores, y los de sus antecesores, que han hecho de este ejercicio democrático la oportunidad de presumir “sus” logros.
López Obrador jugó con información y sus “otros datos”, para dar a conocer resultados económicos y, de paso, alardear el cumplimiento del noventa y ocho por ciento de sus compromisos, sin aclarar en qué consiste el dos por ciento pendiente.
Entraría Ayotzinapa, y la descentralización que llevaría Educación a Puebla, Turismo a Chetumal, Medio Ambiente a Mérida y Pemex a Ciudad del Carmen entre otras. Tal vez la violencia imparable con cifras récord en homicidios dolosos y la alta incidencia de feminicidios.
Cierto, el peso no ha sufrido las devaluaciones de antaño, y hay una estabilidad económica ausente en los últimos sexenios prianistas. Hay atención a adultos mayores, campesinos, estudiantes y otros grupos vulnerables y, un inusitado crecimiento en remesas de migrantes.
Dato curioso, según expertos, el incremento de las remesas responde al sacrificio de quienes no encontraron ocupación aquí, y desde lejos ven por sus familias. Añaden ciertos recursos no muy claros que se mezclan y legitiman con el producto del trabajo honrado de los nuestros.
No se dijo nada del Insabi y de la dramática escasez de medicamentos, principalmente contra el cáncer. Tampoco del aumento inexplicable de personas en situación de pobreza y de pobreza extrema, a pesar de que en el gobierno ya no hay lujos ni frivolidades, y la corrupción, como por encanto, es parte de una práctica deleznable que ha sido arrancada de raíz y para siempre.

... Y ALGO MÁS

El Tren Maya busca estación
No se había secado la tinta de la cotidiana publicación en la que nos referimos al tema, cuando ya la señora gobernadora electa emitía una muy respetable opinión respecto a la ruta del Tren Maya y el cambio de sitio de una de las cuatro estaciones y la principal del trayecto.
La señora Layda Elena Sansores San Román coincide con los afanes -o los adopta- de un grupo de empresarios que pugnan por el paso del tren por la ruta originalmente planeada. Tres mil millones dejarían de invertirse a cambio de paz. Sería el fin humanista de la cuestión.
Claro que también se evitaría un problema a la 4T. Piensen en el conflicto que se armaría si el Fonatur da marcha atrás al compromiso de respetar las casas y terrenos de los ocupantes originarios, en muchos casos, si no es que en todos, anteriores al tendido del enrielado.
Imaginemos que a quien se le ha ofrecido la certeza de su vivienda y su patrimonio de pronto se le retira y se replantea la posibilidad del largo conflicto legal. O en el peor de los casos, el garrote de la Guardia Nacional como a los pobres migrantes centroamericanos.
El horno en estos momentos no está para pan de caja. Además, se corre el riesgo de empantanar la obra y que esta se prolongue más allá de lo aconsejable. Uno de los tres emblemas amloistas y quizá el más trascendente para el olvidado Sureste podría extraviarse en el camino.
Si la idea de meter el ferrocarril a la ciudad cala en el presidente y éste decide dar marcha atrás y retoma la idea del desalojo, se apartaría del consejo y la experiencia del gobernador de nuestra colaboración anterior. Tal vez aparezcan líderes dispuestos a negociar.
En un caso semejante por lo espinoso, los que mandaban decidieron contactar a un especialista en resolver conflictos que él mismo creaba, para luego vender a buen precio la solución a la parte oficial. Claro está, mediante una insalvable inversión que solía ser de varios ceros.
Lo resuelvo rápido, pero les va a costar dos millones de pesos”, planteó el líder a sus interlocutores. “Aceptado” -dijo el preciso-; “infórmame de qué manera distribuimos el dinero”. “Los dos millones son para mí y ahora” -respondió el socarrón líder-, “luego les digo cuánto le repartiremos a “mi” gente”.

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