Nos
encontrábamos en Iturbide en compañía de Guillermo, un ayudante ducho para
cargar y para darle giro a la manivela que encendía el motor del camión. El
plan consistía en realizar tres viajes al día transportando bultos de mazorcas
de una milpa a una troje del pueblo. Dos recorridos míos y uno de mi padre. Los
primeros dos a cargo del más joven, por supuesto.
Al
amanecer, con la compañía del “secre”, enfilé rumbo al maizal distante unos doce
kilómetros. Cuentas alegres, papá calculó que estaríamos de regreso a eso de
las nueve o diez de la mañana para descargar y emprender el siguiente periplo.
Una bifurcación confusa nos sacó del rumbo planeado, para después de un largo
retraso reencontrarnos con la ruta, y luego con la milpa.
Cargado
el camión, ligero “cran” y de vuelta con la idea de arribar alrededor del medio
día para descargar y retornar al milperío. De pronto, el motor se detuvo con
brusquedad y un estertor a unos cuatro o cinco kilómetros de la meta. Mi padre
había surtido la “Mexolina” necesaria, pero ni una gota para algún imprevisto
como la gran vuelta consecuencia de la confusión.
Sin
otro remedio, emprendimos la marcha a pie, que calculábamos hacer en una hora o
un poco más. Por lo corto que parecía el viaje y esa clase de imprudencias
propias de la juventud, no llevábamos siquiera un poco de agua para mitigar la
sed. De comer, ni hablemos.
Fue
tanto el agotamiento por la caminata bajo un sol abrasador, que en un rato nos
vimos en la necesidad de buscar las llamadas “sartenejas” mayas. Se trata de horadaciones
en las rocas en las que se deposita algo de agua de la lluvia. Los depósitos
estaban secos o semi secos, además, sucios y contaminados y sin posibilidades
de ser aprovechados.
El
último tramo, al borde del desmayo por la sed y el hambre, lo realizamos en una
carrera desesperada hasta la fonda que funcionaba a la vez como tienda y
oficina de teléfonos. Ahí se hallaba mi papá frente a un plato de pollo adobado
con rebanadas de papas, otro de frijoles de la olla, un “lec” con tortillas, y
una jarra de limonada fría que casi le arrebato de las manos.
Saciada
la sed, mi padre ordenó otras dos raciones de comida, y con un “ahorita
regreso”, enseguida salió del sitio. Efectivamente, tiempo después retornó con
un recipiente de plástico con un líquido amarillento y un pedazo de manguera que puso en mis manos.
Con
parsimonia y una sonrisa picaresca indicó: “vayan
por el camión, dejen la carga y regresen a su segundo viaje. De prisa para que
no les “agarre” la noche. No olvides soplar
el tanque y ahogar el carburador con la mano para que abran las espreas”. “Guillermo, creo que mi viaje no lo vamos a
poder dar hoy”.
¡Una
gran lección existencial y una enseñanza vital en la ruta para ser hombre!
Señor Presidente, ya no se
exponga
Por
cuestiones de trabajo, a fines de los sesentas y principios de la siguiente década,
alternaba frecuentemente con gente de uniforme. Entonces, un presidente de los
Estados Unidos, de elevada estatura, seguido se golpeaba la cabeza con la
puerta del avión. Rodó por las escalinatas de la aeronave, y hasta sufrió
salpicaduras de pintura en la espalda del traje oscuro.
Uno
de esos uniformados que por cierto había servido algún tiempo en el ahora desaparecido
Estado Mayor Presidencial, totalmente convencido, afirmaba que aquello jamás
ocurriría al primer mandatario de nuestro país. La razón, la barrera y escudo
que ese cuerpo constituía para su seguridad, y también para su figura y
compostura.
Su
vida -decía-, debemos salvaguardarla aún a riesgo de la nuestra. Pero también,
estamos comprometidos a evitar eventos en los que además de su integridad
física se exponga su propia personalidad. En síntesis, preservarle de
participar en cualquier acontecimiento que mueva al ridículo, a la burla o al
escarnio.
Todavía
no se daba aquel vergonzoso a la vez que riesgoso momento en la Universidad
Autónoma de México que, además de hacer peligrar al presidente Echeverría, lo
exhibió con la frente sangrante a consecuencia de una pedrada, y con la figura
descompuesta en su loca carrera para ponerse a salvo saltando ventanas
prácticamente entre las piernas de sus custodios.
La
lección parece no haberse aprendido del todo, y para muestra fehaciente, el
bloque0 que el último viernes del mes hicieran al paso del presidente López
Obrador en Chiapas. Su mañanera se realizó sin él físicamente y de manera
remota, encerrado en su lujosa camioneta. Lo peor, la intención de
ridiculizarlo por parte de uno de los activistas
que lo acusó de ser su maestro en el arte del bloqueo a cambio de quinientos
pesos para cada manifestante.
“El presidente de México no puede ser rehén
de nadie y hemos atendido a los maestros, vamos a seguir atendiendo y he
hablado y reunido en diez ocasiones con la CNTE”, dijo López Obrador. Afirmó
que muchos simpatizantes de su 4T se acercaron a saludarlo. Impensable la
tragedia que se hubiera producido si éstos se enfrentaban a los organizadores
del bloqueo.
Peor
aún, lo que hubiera ocurrido si los encendidos manifestantes en lugar de los
quinientos pesos acostumbrados hubiesen recibido mil veces esa cantidad, que
para cualquier extremista resultaría una bicoca. Si esto se daba con el
presidente viajando en su viejo Tsuru con Nico al volante en lugar de su
camioneta blindada, en este momento los “adversarios” estuvieran siendo
crucificados y el país sumergido en una enorme crisis constitucional.
¡Señor
presidente, por usted, por nosotros, por México, por favor, ya no se exponga!
… Y ALGO MÁS
Los cambios en el Tren Maya
Llámenle nostalgia por los tiempos idos, o un
enorme interés por ser testigo de la carrera de un moderno ferrocarril encima
de acerados rieles. El transporte que cambió la historia del vecino país del
norte, de costa a costa y de frontera a frontera, regresaría a nuestro estado.
Romanticismo, deseo de progreso o nostalgia,
siempre me ha animado la idea de que el territorio campechano vuelva a ser
atravesado en un nuevo derrotero por una máquina veloz arrastrando vagones cono
veía en la juventud con el Rápido, con el Autovía o con el Mixto.
Un gobernador del siglo pasado, refiriéndose a alguna
construcción que afectara viviendas de campechanos y con ellas su patrimonio,
afirmó que “si una obra amenaza una sola
vivienda, la obra se cambia, se modifica o se pospone”. Entonces como
ahora, a cada quehacer oficial se oponen a veces la política, el humanismo, o
la razón, o los tres.
Así sucede con la ruta inicial trazada para el Tren
Maya, y en particular en el conflicto con el colectivo “Los tres barrios” que,
junto con los existentes con agrupaciones campesinas, amenaza retrasar
indefinidamente y hasta impedir la consecución de la obra.
¡Expropiación por causa de utilidad pública!,
claman algunos dando a la complicada figura jurídica el nombre que les viene en
gana. Así fue con los imaginativos “nuevos urbanistas” que propusieron picota y
marro contra el edificio de un partido político y su filial. Ni se imaginan lo
largo y complicado que resultan estos pleitos que con frecuencia no tienen un
final feliz. Hay evidencias de pequeñas
casas en medio de enormes construcciones.
Nada sucederá si se desvía la ruta y se dejan en
paz los rieles y el derecho de vía que son históricos y parte del cotidiano
panorama. La gente seguirá habitando sus casas y ya no se apostará a un litigio
largo que retrase y tal vez impida concluir la obra en este gobierno.
Como sucede en cada crisis, habría oportunidad de
desarrollar una parte de la ciudad de siempre descuidada. Alrededor de la
estación podrían establecerse edificios, viviendas, centros de abasto, albergues,
restaurantes y otros espacios atractivos para visitantes y locales.
Además, tomando la idea expuesta por aquel
presidente municipal que fuera calificado hace tres años como “la gota que
derramó el vaso”, las vías antiguas podrían tener otro fin. Edgar Hernández
Hernández habló de un tren suburbano, o algo por el estilo, aprovechando el tendido
del viejo Ferrocarril del Sureste.
Ahora que se ha tomado una decisión acertada en el
derrotero citadino del "Tren Maya", cobra nueva vigencia la idea. Con
vagones adaptados al ancho y tipo de vías y tal vez al concepto de los tranvías
turísticos, podría desarrollarse un nuevo proyecto que comunique, a la vez que
aporte algo novedoso a los turistas y a los campechanos en general.

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