Apenas amanecía cuando un grupo pequeño pero muy efectivo de “estibadores” cheneros comandados por un buen amigo de mi padre y vecino de nuestro domicilio, cargó el camión hasta lo más alto de las rejas. Después, cubrieron los bultos de maíz con un brillante enlonado que ataron fuertemente a los costados con sogas de "sosquil".
Ya lo he comentado, el camión de diez toneladas era un Chevrolet azul marino. Por cierto que, por las inquietudes de un chamaco curioso, conocía de algunas marcas de vehículos de carga. El camión de la casa era un Ford 47 ("El Lobo"); el del tío Russell ("La cotorra"), de esa misma marca pero 52; el del tío Rolando, un Chevrolet ("El bracero"), ignoro el modelo.
Siempre me había llamado la atención que los vehículos de esta última marca tuvieran una suspensión muy suave y equilibrada, ideal para la carretera. Los rudos y pesados “Fordcitos”, en cambio, eran por decirlo de alguna manera, mucho más duros y de uso rudo. El “sopandeo” de los Chevrolet hacía sentir que se avanzaba entre nubes, a diferencia de los aporreones de los de la competencia.
Después de desayunar, tomamos la carretera, antigua, angosta y serpenteante rumbo a la capital del estado, que alcanzamos un par de horas después, para luego seguir en paralelo al mar y recorrer la ruta de las pangas (cuatro o cinco) y tomar las vías de los verdes prados tabasqueños. “Don Heberto, écheme una manito”, pidió a mi padre el ya muy cansado operador de la “máquina”.
Orondo y feliz, mi padre se puso al volante mientras el amable señor se relajaba y se entregaba al sueño que por cierto era muy ligero. De rato en rato abría un ojo y le indicaba a mi papá algo que casi siempre consistía en una instrucción tal como, “cuando vea tal señal se da vuelta hacia tal lado”.
Después de una o dos horas, como por encanto el camionero se despertó y regresó al volante. En ese momento pensé que, o bien le estaba haciendo una prueba de manejo a don Heberto, o era real su cansancio. La cuestión es que ya teníamos enfrente el letrero de “Bienvenidos a Paraíso”.
Y sí que lo era, el pueblo, mucho más grande que el nuestro, con sus calles limpias y ordenadas y todo el aspecto de ser un centro poblacional muy próspero.
El camión se detuvo en la calle principal, junto a un enorme edificio que tenía de todo: vivienda, bodega, y una típica tienda de pueblo, enorme, de paredes gruesas, techos altos, y llena de mercancía de todo tipo, asentada, colgada y estibada en grandes armazones. Un gigantesco mostrador de madera con vitrinas y básculas cubría parcialmente el escenario.
El propietario, un joven de tez blanca y cabello casi rubio y ensortijado, salió de inmediato a saludarnos y darnos la bienvenida. Por cierto, me sorprendió sobre manera la juventud de esta persona que no obstante ser solamente unos cuantos años mayor que el joven viajero, era una empresario notablemente próspero.
Mientras bajan y embodegan la carga, vayan a cenar y a descansar, su reservación está lista en el hotel, nos señaló el casi muchacho. Alguien les acompañará. Mañana les espero a desayunar. Las sorpresas iban a seguir, e igual que la narración, continuarán en otro momento.
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