martes, 17 de mayo de 2022

DE MUCHO, UN POCO/Las delicias de Playa Limón

Llegamos a la tienda a las nueve de la mañana. Estaba completamente cerrada. No sé, o no recuerdo, pero me parece que habrá sido domingo, su día de descanso. En ese momento se abrió la puerta de la casa, por la que salió la familia completa. Todos cargaban algo, desde canastas y manteles hasta una nevera.

Puesto todo a bordo, nos invitaron a subir a un automóvil de color oscuro, negro me parece, de líneas redondeadas y de una marca que jamás había escuchado: Volvo, con certeza. Elegante por dentro y con una marcha suave y silenciosa. Tomamos unas calles anchas y en un instante circulábamos por un camino angosto formado por arena y millones de conchuelas. A los costados, verdes y hermosas palmeras en dos filas.Tal vez en media hora o un poco más, surgió frente a nuestros asombrados ojos una de las playas más bellas que habíamos visto, sobre todo el que escribe, bucólico y poco acostumbrado a los paisajes marítimos. Playa Limón, dijo alguien y repitieron varias voces. Horas de fresca brisa y abundante comida y bebidas refrescantes bajo la sombra de los cocales. Un rato después, a las puertas del hotel, la despedida y un hasta luego que jamás se repitió.

Al día siguiente, usando su olfato de comerciante, mi papá me invitó a recorrer las calles del poblado, constatando la abundancia de árboles frutales y vendedores de todo tipo de mercancías en el mercado principal. Un par de sacos de granos de café, otros dos de cacao, y otras cosas. Alguien nos advirtió que tuviéramos cuidado con los costales del segundo grano, porque había cierta prohibición para su salida. Que evitáramos viajar en autobús por la revisión minuciosa de algunos inspectores que aplicaban fuertes multas por el tráfico no consentido del grano.
En una de esas, por cierto que, recibiendo saludos y buenos días de parte de la gente amable que nos encontrábamos en el camino, apreciamos en una casa una gran cantidad de plantas de limón. Entonces como ocurre con alguna frecuencia, el cítrico alcanzaba en Campeche, pero sobre todo en Mérida, precios estratosféricos.
Con una sonrisa codiciosa, mi papá tocó a la puerta de la casa que se encontraba anexa al plantío para pedir que le vendieran “un poco de limón”. Le regalo todo lo que quiera llevar, solamente paga a quien lo baje y lo embolse. No se limite, ya se están cayendo. No se lo hubieran dicho, al rato unos trabajadores bajaban el fruto y lo embolsaban en varios sacos. De paso consiguió cupo en un camioncito de carga que hacía viajes a Campeche y Yucatán llevando y trayendo diversas mercaderías.
Horas más tarde ya íbamos rumbo a casa, que digo a casa, a la “ciudad de las veletas” con la preciada carga revuelta con huacales de carne seca y salada de vacuno, esa que llaman tasajo, pieles, y hasta sus cornamentas, mismas que daban al ambiente un olor muy peculiar. Temprano nos encontrábamos en Mérida, justo a las puertas del hotel “Regis”, que el tío Hernando Alonzo Heredia, hermano de la abuela Gaudelia regenteaba en la calle 60, muy cerca del parque Hidalgo y casi frente a cine Cantarell.
A dormir unas horas, al rato, casi corriendo detrás de mi padre, recorríamos el centro pregonando su mercancía. En el portal de granos vendió el café y el cacao y en los restaurantes de los alrededores despachó en unos minutos hasta el último de los limones que para él representaron una gran ganancia y para los restauranteros una gran oferta.
Con las bolsas llenas de dinero, siempre enredado con unas ligas, porque jamás usó cartera o billetera, mi papá y yo tomamos rumbo a la casa chenera en un autobús de pasajeros abordado en la calle 62 entre 65 y 63, después de una larga, feliz y productiva aventura. 
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