Faltaría a la verdad si me atreviera a precisar el momento y la forma en que lo conocí, lo que resulta incuestionable es que fue en uno de los primeros pisos del Edificio de los Poderes, ahí por los años sesenta, cuando el inmueble era todavía una novedad para los campechanos y para no pocos visitantes. El huésped principal del edificio y gobernador del estado, era el profesor, abogado y coronel José Ortiz Ávila, alguna vez presente en una de nuestras colaboraciones.
Lo cierto es que al personaje,
Don Fernando Enrique Angli Lara, jamás me lo encontré o lo saludé en otro lugar
que no fuera su oficina, en la que despachaba asuntos laborales como
funcionario honesto al servicio de la clase trabajadora. Eran tiempos en los
que los servidores de los asalariados, eran tan sencillos y a veces tan pobres
y modestos como ellos mismos. Los tiempos han cambiado, y mucho, por supuesto.
Todas las veces, o la mayor parte
de ellas, se encontraban a su lado en amena charla dos personas especiales a
las que si las circunstancias lo permiten y sus familiares apoyan, me referiré
en otras colaboraciones: Don Miguel Pinto, de quien no recuerdo su segundo
apellido, aunque muy claramente su apodo: “El Carretero Filósofo” y, “tu
paisano chenero”, así me lo presentó Don Fernando. Otro presente, caballero por los cuatro costados, Don
Joaquín “Huachito” Cuevas, un personaje de siempre para el escribidor.
Don Fernando Enrique Angli Lara,
según sus biógrafos, que no lo soy, anticipando una disculpa por el uso tal vez
injustificado de la frase retórica, vio la luz primera y pagó el obligado
tributo a la naturaleza en su amada ciudad natal, Campeche, el quince de enero
de mil ochocientos noventa y siete el primero, y el veintiuno de junio de mil
novecientos setenta el segundo.
La educación elemental, la
secundaria y la normal las realizó en Campeche; la última etapa en el
Benemérito Instituto Campechano. En el mismo Instituto realizó su primer
trabajo docente. Un dato curioso es que el entonces Secretario de Educación
Pública, José Vasconcelos, alumno alguna vez del egregio colegio como cita en
su “Ulises Criollo”, reconoció la calidad docente de la Institución, a la que
comparó con los mejores colegios de Estados Unidos y Europa.
El asunto no podía quedar en
palabras y en reconocimientos, así, el también ex rector de la Universidad
Autónoma de México, otorgó al benemérito colegio un subsidio federal de
cincuenta mil pesos anuales, cifra enorme en esa época. Por sus elevados
méritos y su reconocida honradez acrisolada, el maestro Angli Lara formó parte
del consejo de educación que administrara tan importantes fondos.
La normal rural de Hecelchakán,
instalada por órdenes del Presidente Lázaro Cárdenas, tuvo al profesor Angli
como uno de sus más señalados fundadores y nobles defensores de las causas
sociales, al lado de Don Juan Pacheco Torres, primer director y líder más
fervoroso. Una cita histórica: el director de la escuela, Don Fernando y otros
dos alumnos, escribieron el bello himno normalista, aquel que dice:
“Normalistas trabajar es la misión, que redime, que salva y ennoblece; con la
labor el entusiasmo crece, de salvar a la patria y la nación…”.
Vigoroso orador en la campaña de
“El Tata”, la vida laboral de Don Fernando incluyó altos cargos en la
administración pública, tales como Secretario del Ayuntamiento de Campeche,
diputado federal, agente general de la Secretaría de Agricultura y Fomento en
Yucatán, Oficial Mayor de la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas (ahí
coincidió con “El Carretero Filósofo”).
También director del penal de las
Islas Marías, Presidente de la Junta Local de Conciliación y Arbitraje en
Yucatán, y también en Campeche, (ahí precisamente se dio mi inolvidable
encuentro con el personaje). Dos veces también se postuló sin éxito como
candidato a la gubernatura del Estado. Una verdadera lástima que no lo hubiera
sido.

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