Cuándo y cómo supe de él, no
podría precisarlo. Cuándo y cómo crucé con él las primeras palabras, resultaría
difícil de recordar, sin embargo, estuvo presente en aquella historia
recientemente contada sobre Un encuentro con la política, como acompañante del
candidato a gobernador, el protagonista principal.
Se trata de Don Nicolás Canto
Carrillo, miembro sin lugar a dudas de esa estirpe de hombres buenos de los que
la sociedad en general necesita y más aún, está urgida. Don Nico pertenece a
esa clase de gente que a no dudarlo, dignifican la política y ennoblecen a la
sociedad, tan necesitada de volver a alcanzar la confianza extraviada, y
regresar al camino del bien.
Recuerdo las dos veces, únicas
tal vez en las que coincidimos:
La primera como compañeros de
asiento en el autobús oficial, en una gira previa al segundo informe del
gobernador en turno por los rumbos de Bonfil. Esa ocasión, entre molesto y
bromista, contó que en su rancho del rumbo, creo se llamaba Lubná, ganaba menos
en tres años de cría de una res de lo que obtenía un matarife que la
sacrificaba, en un sola noche y sin mayores riesgos.
La segunda fue una tarde bohemia
de viernes organizada por altos funcionarios agrarios; una casa de la calle
10-B fue la sede y en ella hubo de todo, desde carne tártara, mariscos y
bebidas, hasta una sesión de guitarra y canto a cargo del más bohemio de la
reunión, Don Nico, por supuesto.
Llamaba la atención que mientras
tocaba y cantaba, a ratos volteaba a ver una hoja simple de papel con algunos
apuntes hechos a mano. Después nos enteramos, o me enteré, que era una especie
de programa o menú del concierto que iba a ofrecer.
Funcionario probo, hombre
íntegro, ciudadano destacado, esposo y padre ejemplar, con excepción del cargo
de gobernador, ocupó casi la totalidad de los
altos y variados puestos de la administración pública en el estado, a
saber:
Oficial Mayor; Subsecretario y
Secretario de Gobierno; diputado local en dos ocasiones, la segunda Presidente
de la Gran Comisión; dos veces Presidente Municipal: de Calkiní un trienio
completo de mil novecientos cincuenta a mil novecientos cincuenta y dos, y
suplente en Campeche del veintiocho de abril de mil novecientos sesenta y seis
al treinta y uno de diciembre de mil novecientos sesenta y siete.
También fue Senador de la
República, Secretario General de la Liga de Comunidades Agrarias y Sindicatos
Campesinos, Director de Asuntos Campesinos, Delegado de la Secretaria de la
Reforma Agraria, Presidente de la Comisión Estatal de los Pueblos Indígenas,
Coordinador Estatal del Fondo Nacional de Solidaridad, y Coordinador de
Programas en el DIF Campeche.
Como político y dirigente
partidista, fue dos ocasiones Presidente del Comité Directivo Estatal del PRI,
la última de ellas la década de los ochenta, en la que tuvo que vivir una de
las etapas más difíciles de su larga carrera, cuando fue testigo actuante de la
defenestración de uno de los personajes más importantes del siglo pasado, a la
vez que su amigo y compañero de luchas políticas interminables.
Indirectamente ligado con el
autor por razones de afinidad; como esposo de la señora Amparo González, tía
política de un consanguíneo, procreó siete hijos: Nidia, Ligia, Carlos, Amparo,
Nicolás, Gilda y Sonia. Algunos ya no se encuentran entre nosotros, y de otros
se sabe poco. El más conocido de todos, Nicolás, Nico para sus amigos y me
precio de serlo; bohemio de corazón e inmerso de lleno en el mundo del
periodismo, su gran pasión, está acreditado por su ingenio y su original y
aguda habilidad para la crítica, sobre todo cuando de hablar de política se
trata.
Recordar al Profesor Nicolás
Canto Carrillo, Don Nico, es evocar a una especie de consejero y hermano mayor
de la gente del campo, en particular de
la de Los Chenes y el Camino Real, con los que se comunicaba en su propio
idioma. Los campesinos siempre lo buscaron para exponerle sus problemas y
pedirle su consejo, para recibir invariablemente el calor y el afecto de
alguien a quien sentían una especie de patriarca, al estilo del inolvidable
Tata, Don Lázaro Cárdenas.
Su divisa fue durante su larga
carrera la eficiencia, la probidad, la templanza, el honor y el decoro. Vivió
siempre una existencia modesta, sin lujos ni excesos, ubicada en la honrada
medianía que la ley señala, como contempla el principio juarista.
En estos tiempos tan difíciles,
en medio de un entorno económico complicado y una constante pérdida de valores,
evocar y destacar la figura de gente buena, dignifica la marcha de la sociedad
y renueva la confianza en un futuro mejor.

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