sábado, 12 de noviembre de 2016

Don NIcolás Canto Carrillo, hombre cabal, ciudadano modelo



Cuándo y cómo supe de él, no podría precisarlo. Cuándo y cómo crucé con él las primeras palabras, resultaría difícil de recordar, sin embargo, estuvo presente en aquella historia recientemente contada sobre Un encuentro con la política, como acompañante del candidato a gobernador, el protagonista principal.
Se trata de Don Nicolás Canto Carrillo, miembro sin lugar a dudas de esa estirpe de hombres buenos de los que la sociedad en general necesita y más aún, está urgida. Don Nico pertenece a esa clase de gente que a no dudarlo, dignifican la política y ennoblecen a la sociedad, tan necesitada de volver a alcanzar la confianza extraviada, y regresar al camino del bien.
Recuerdo las dos veces, únicas tal vez en las que coincidimos:
La primera como compañeros de asiento en el autobús oficial, en una gira previa al segundo informe del gobernador en turno por los rumbos de Bonfil. Esa ocasión, entre molesto y bromista, contó que en su rancho del rumbo, creo se llamaba Lubná, ganaba menos en tres años de cría de una res de lo que obtenía un matarife que la sacrificaba, en un sola noche y sin mayores riesgos.
La segunda fue una tarde bohemia de viernes organizada por altos funcionarios agrarios; una casa de la calle 10-B fue la sede y en ella hubo de todo, desde carne tártara, mariscos y bebidas, hasta una sesión de guitarra y canto a cargo del más bohemio de la reunión, Don Nico, por supuesto.
Llamaba la atención que mientras tocaba y cantaba, a ratos volteaba a ver una hoja simple de papel con algunos apuntes hechos a mano. Después nos enteramos, o me enteré, que era una especie de programa o menú del concierto que iba a ofrecer.
Funcionario probo, hombre íntegro, ciudadano destacado, esposo y padre ejemplar, con excepción del cargo de gobernador, ocupó casi la totalidad de los  altos y variados puestos de la administración pública en el estado, a saber:
Oficial Mayor; Subsecretario y Secretario de Gobierno; diputado local en dos ocasiones, la segunda Presidente de la Gran Comisión; dos veces Presidente Municipal: de Calkiní un trienio completo de mil novecientos cincuenta a mil novecientos cincuenta y dos, y suplente en Campeche del veintiocho de abril de mil novecientos sesenta y seis al treinta y uno de diciembre de mil novecientos sesenta y siete.
También fue Senador de la República, Secretario General de la Liga de Comunidades Agrarias y Sindicatos Campesinos, Director de Asuntos Campesinos, Delegado de la Secretaria de la Reforma Agraria, Presidente de la Comisión Estatal de los Pueblos Indígenas, Coordinador Estatal del Fondo Nacional de Solidaridad, y Coordinador de Programas en el DIF Campeche.
Como político y dirigente partidista, fue dos ocasiones Presidente del Comité Directivo Estatal del PRI, la última de ellas la década de los ochenta, en la que tuvo que vivir una de las etapas más difíciles de su larga carrera, cuando fue testigo actuante de la defenestración de uno de los personajes más importantes del siglo pasado, a la vez que su amigo y compañero de luchas políticas interminables.
Indirectamente ligado con el autor por razones de afinidad; como esposo de la señora Amparo González, tía política de un consanguíneo, procreó siete hijos: Nidia, Ligia, Carlos, Amparo, Nicolás, Gilda y Sonia. Algunos ya no se encuentran entre nosotros, y de otros se sabe poco. El más conocido de todos, Nicolás, Nico para sus amigos y me precio de serlo; bohemio de corazón e inmerso de lleno en el mundo del periodismo, su gran pasión, está acreditado por su ingenio y su original y aguda habilidad para la crítica, sobre todo cuando de hablar de política se trata.
Recordar al Profesor Nicolás Canto Carrillo, Don Nico, es evocar a una especie de consejero y hermano mayor de la gente del  campo, en particular de la de Los Chenes y el Camino Real, con los que se comunicaba en su propio idioma. Los campesinos siempre lo buscaron para exponerle sus problemas y pedirle su consejo, para recibir invariablemente el calor y el afecto de alguien a quien sentían una especie de patriarca, al estilo del inolvidable Tata, Don Lázaro Cárdenas.
Su divisa fue durante su larga carrera la eficiencia, la probidad, la templanza, el honor y el decoro. Vivió siempre una existencia modesta, sin lujos ni excesos, ubicada en la honrada medianía que la ley señala, como contempla el principio juarista.
En estos tiempos tan difíciles, en medio de un entorno económico complicado y una constante pérdida de valores, evocar y destacar la figura de gente buena, dignifica la marcha de la sociedad y renueva la confianza en un futuro mejor.

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