Concluía la década de los
setentas, tal vez iniciaba la de los ochentas cuando lo vi por primera vez,
seguro fue en el vetusto palacio federal donde laboraba. Coincidentemente, por
esos tiempos me tocaba desempeñar el puesto de encargado de la Procuraduría
Federal de la Defensa del Trabajo, cuyas oficinas se encontraban justo a la
entrada del inmueble.
Lo veía pasar por la puerta
situada en el lado sur del edificio, mañana y tarde. Normalmente llegaba solo,
no obstante, al poco rato descendía por las escaleras acompañado de una o
varias personas para tomar la calle a efectuar labores de su encargo; rato
después, retornaba de nuevo a su oficina.
Llamaba la atención por su
aspecto modesto y sencillo, junto con su manera de caminar tan peculiar, como
si tuviera alguna prisa por llegar a su destino.
Siempre con su trato respetuoso al mismo
tiempo que jovial, saludando a la gente que se encontraba a su paso. Por su
sonrisa, siempre sentí que era un hombre feliz, porque hacía lo que amaba y
especialmente, porque amaba lo que hacía.
Fue abuelo de una chica muy
apreciada de los tiempos de la normal con quien cultivé una relación de gran
afecto, la inolvidable amiga Julia Esther Hernández Pérez, en cuyas pláticas
estaba presente sin conocerlo físicamente.
Por sus biógrafos se sabe que
nació el cuatro de agosto de mil novecientos uno en esta misma Ciudad Capital,
del matrimonio de los señores Carlos Pérez Rico y Julia Palacios, por lo que
cumpliría ciento quince años de nacido, justo o casi justo a la aparición de
esta columna.
Como muchos niños de su época,
cursó estudios elementales en el Colegio Marista y los concluyó en la Escuela
Modelo, siempre en Campeche. Realizó estudios superiores en la Escuela de
Ingeniería del Colegio Militar de San Jacinto y en la Escuela Médico Militar.
Fue en aquellos tiempos que
abandonó los estudios destacados a consecuencia de un grave accidente que casi
le cuesta la vida, y que al fin de cuentas resultó la causa de ese modo
peculiar de caminar a que se ha hecho mención.
Decidido a olvidarse de sus
pretensiones de ser militar, optó por seguir el camino de la docencia,
abrazando esa carrera desde el Instituto Federal de Capacitación del
Magisterio, hasta graduarse en la Escuela Normal Superior con una especialidad
relacionada con las Misiones Culturales Rurales. Hizo estudios también en la
Universidad Nacional Autónoma de México.
Su carrera magisterial, a la
postre su gran pasión, la inició por los años veintes en una modesta escuela
primaria rural del poblado de Cumpich, municipio de Hecelchakán. Cuatro años
después, fue ascendido a inspector escolar. Por razones de su desempeño
posterior, tuvo que dejar el terruño para trabajar en varios estados del
sureste, del centro y del norte del país.
Director de Educación Federal en
los estados de Chiapas, Tamaulipas, Yucatán, Estado de México y, finalmente en
Campeche, fueron algunos de sus encargos más importantes. En el último de ellos
se desempeñó con gran acierto durante más de veinte años. En mil novecientos
sesenta y cuatro, fue designado Jefe de Zona e Inspector General de la
Secretaría de Educación Pública en el Sureste.
Fiel a su apostolado, promovió en
los estados de Campeche, Yucatán, Quintana Roo, Chiapas, Tabasco y Tamaulipas,
la implantación de cursos sabatinos, dominicales y durante el periodo
vocacional para la titulación de un gran número de maestros. Fue asesor y
Coordinador General de la Delegación de la SEP en su estado natal. En mil
novecientos ochenta y cuatro fue nombrado Supervisor General en el país.
Participó con acierto en la
formación de la Subcomisión de Escalafón, un eficaz instrumento para garantizar
los derechos de los maestros. En Chiapas participó en la apertura de ciento cuarenta escuelas, e impulsó la creación de ciento
cuarenta y seis escuelas primarias "Artículo 123", un enorme logro.
Logró la evaluación y aplicación
del Proyecto de Microplaneación Regional, promovió la creación de cooperativas
de cultivo en el campo, encauzando a los jóvenes al trabajo y al deporte, lo
que lo convirtió en líder de la comunidad.
Siempre apreciado, respetado y
reconocido, se hizo acreedor al premio estatal "Justo Sierra Méndez".
Fue reconocido también como "Maestro Distinguido" en mil novecientos
ochenta y dos, y recibió la medalla "Manuel Altamirano" que otorga la
SEP. En general en Campeche y en todo el sureste lo califican como Maestro
Emérito.
En su obra literaria, encontramos
un libro muy significativo: Métodos y Algunas consideraciones en torno a las
normas y técnicas de la reforma educativa.
Quienes fueron sus compañeros de
trabajo a través de una larga historia de más de tres cuartos de siglo,
coinciden en afirmar que Don Septimio Pérez Palacios fue una especie de símbolo
en el magisterio campechano, todo entrega y todo honestidad profesional.
De él dicen también que fue un
auténtico hombre de bien, destacado maestro, excelente director, magnífico
supervisor, y como esposo y padre, una persona ejemplar.
¡Un sencillo cuanto respetuoso y
sentido homenaje a su memoria!.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario