sábado, 12 de noviembre de 2016

Don Septimio Pérez Palacios, Maestro Emérito


Concluía la década de los setentas, tal vez iniciaba la de los ochentas cuando lo vi por primera vez, seguro fue en el vetusto palacio federal donde laboraba. Coincidentemente, por esos tiempos me tocaba desempeñar el puesto de encargado de la Procuraduría Federal de la Defensa del Trabajo, cuyas oficinas se encontraban justo a la entrada del inmueble.
Lo veía pasar por la puerta situada en el lado sur del edificio, mañana y tarde. Normalmente llegaba solo, no obstante, al poco rato descendía por las escaleras acompañado de una o varias personas para tomar la calle a efectuar labores de su encargo; rato después, retornaba de nuevo a su oficina.
Llamaba la atención por su aspecto modesto y sencillo, junto con su manera de caminar tan peculiar, como si tuviera alguna prisa por llegar a su destino.
 Siempre con su trato respetuoso al mismo tiempo que jovial, saludando a la gente que se encontraba a su paso. Por su sonrisa, siempre sentí que era un hombre feliz, porque hacía lo que amaba y especialmente, porque amaba lo que hacía.
Fue abuelo de una chica muy apreciada de los tiempos de la normal con quien cultivé una relación de gran afecto, la inolvidable amiga Julia Esther Hernández Pérez, en cuyas pláticas estaba presente sin conocerlo físicamente.
Por sus biógrafos se sabe que nació el cuatro de agosto de mil novecientos uno en esta misma Ciudad Capital, del matrimonio de los señores Carlos Pérez Rico y Julia Palacios, por lo que cumpliría ciento quince años de nacido, justo o casi justo a la aparición de esta columna.
Como muchos niños de su época, cursó estudios elementales en el Colegio Marista y los concluyó en la Escuela Modelo, siempre en Campeche. Realizó estudios superiores en la Escuela de Ingeniería del Colegio Militar de San Jacinto y en la Escuela Médico Militar.
Fue en aquellos tiempos que abandonó los estudios destacados a consecuencia de un grave accidente que casi le cuesta la vida, y que al fin de cuentas resultó la causa de ese modo peculiar de caminar a que se ha hecho mención.
Decidido a olvidarse de sus pretensiones de ser militar, optó por seguir el camino de la docencia, abrazando esa carrera desde el Instituto Federal de Capacitación del Magisterio, hasta graduarse en la Escuela Normal Superior con una especialidad relacionada con las Misiones Culturales Rurales. Hizo estudios también en la Universidad Nacional Autónoma de México.
Su carrera magisterial, a la postre su gran pasión, la inició por los años veintes en una modesta escuela primaria rural del poblado de Cumpich, municipio de Hecelchakán. Cuatro años después, fue ascendido a inspector escolar. Por razones de su desempeño posterior, tuvo que dejar el terruño para trabajar en varios estados del sureste, del centro y del norte del país.
Director de Educación Federal en los estados de Chiapas, Tamaulipas, Yucatán, Estado de México y, finalmente en Campeche, fueron algunos de sus encargos más importantes. En el último de ellos se desempeñó con gran acierto durante más de veinte años. En mil novecientos sesenta y cuatro, fue designado Jefe de Zona e Inspector General de la Secretaría de Educación Pública en el Sureste.
Fiel a su apostolado, promovió en los estados de Campeche, Yucatán, Quintana Roo, Chiapas, Tabasco y Tamaulipas, la implantación de cursos sabatinos, dominicales y durante el periodo vocacional para la titulación de un gran número de maestros. Fue asesor y Coordinador General de la Delegación de la SEP en su estado natal. En mil novecientos ochenta y cuatro fue nombrado Supervisor General en el país.
Participó con acierto en la formación de la Subcomisión de Escalafón, un eficaz instrumento para garantizar los derechos de los maestros. En Chiapas participó en  la apertura de ciento cuarenta  escuelas, e impulsó la creación de ciento cuarenta y seis escuelas primarias "Artículo 123", un enorme logro.
Logró la evaluación y aplicación del Proyecto de Microplaneación Regional, promovió la creación de cooperativas de cultivo en el campo, encauzando a los jóvenes al trabajo y al deporte, lo que lo convirtió en líder de la comunidad.
Siempre apreciado, respetado y reconocido, se hizo acreedor al premio estatal "Justo Sierra Méndez". Fue reconocido también como "Maestro Distinguido" en mil novecientos ochenta y dos, y recibió la medalla "Manuel Altamirano" que otorga la SEP. En general en Campeche y en todo el sureste lo califican como Maestro Emérito.
En su obra literaria, encontramos un libro muy significativo: Métodos y Algunas consideraciones en torno a las normas y técnicas de la reforma educativa.
Quienes fueron sus compañeros de trabajo a través de una larga historia de más de tres cuartos de siglo, coinciden en afirmar que Don Septimio Pérez Palacios fue una especie de símbolo en el magisterio campechano, todo entrega y todo honestidad profesional.
De él dicen también que fue un auténtico hombre de bien, destacado maestro, excelente director, magnífico supervisor, y como esposo y padre, una persona ejemplar.
¡Un sencillo cuanto respetuoso y sentido homenaje a su memoria!.

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