Hombre de físico peculiar, no era de estatura elevada, pero su cuerpo era de una gran corpulencia; vestido siempre de impecable blanco de pies a cabeza con pantalón y guayabera de lino. Su voz tenía un timbre muy fuerte, y por su apariencia y su manera de hablar, imponía respeto en sus interlocutores.
Si el tamaño del corazón de los
seres humanos guardara relación con su peso y su talla, el Licenciado Ermilo
Sandoval Campos debería haber medido tres o cuatro metros de estatura, y pesado
trescientos o cuatrocientos kilogramos.
Hombre bondadoso como pocos,
siempre tendió la mano generosa a quien se la solicitara. El autor pudo
constatarlo el mes de diciembre de mil novecientos sesenta y cuatro, cuando
extendió su brazo cálido y protector a un joven de dieciocho años que todavía
no iniciaba la secundaria; en esas condiciones, es difícil que alguien pueda
inspirar mucha confianza.
Una hora de inolvidable plática y
al ganar la calle, incrédulo aún, no podía asimilar que ya era alumno de la
Secundaria Nocturna del Instituto Campechano y uno de sus fundadores. Ya era
dueño de una beca que incluía inscripción y colegiaturas de todo el año,
también de un paquete de libros usados sacados de un cajón de su enorme
escritorio.
Por si el hecho de inscribirme
tres meses después de iniciado el curso y becado además no hubiera sido
suficiente, un lugar en la nómina del área de intendencia coronó el apoyo. Esta
beca, se prolongó durante toda la
secundaria y los estudios completos en la Normal de Profesores y
después, en el bachillerato nocturno de la escuela.
Mi gratitud eterna por su apoyo
en momentos muy difíciles; gracias por su paciencia y sus inolvidables consejos
que contribuyeron a nivelar la balanza emocional de un joven que a edad
temprana, súbitamente dejó de sentir la presencia de su padre. En buena medida
le debo mucho de lo poco que soy. Un filial abrazo a la distancia.

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