Eran los tiempos de un Campeche romántico y de una isla de ensueño; por ese entonces arribó al estado un joven apuesto de origen tapatío, nacido en la bella Guadalajara el dieciocho de junio de mil novecientos veintitrés. Veinticuatro años después y siendo todavía un muchacho, llegaba a hacerse cargo de la delegación de la Secretaria de Agricultura en la Entidad.
Transcurría el año mil novecientos cuarenta y siete; su nombramiento se debía a la influencia de un político de los de antes, familiar suyo de nombre Silvano Barba González; hombre fuerte nacido en Guadalupe, Jalisco; ex gobernador del estado, gran amigo del general Lázaro Cárdenas; y último presidente del PNR, primer antecedente del actual Partido Revolucionario Institucional.
Iniciaba por esos tiempos la bonanza de la industria del camarón, Guillermo Padilla González, nuestro personaje de hoy, recibía la orden de trasladarse a ese pedazo de paraíso terrenal conocido como Laguna del Carmen. El objetivo específico del cambio, respondía al propósito de controlar la explotación de la madera con la que eran fabricadas las embarcaciones desde las que se capturaba el preciado crustáceo, además de abundante, el mejor y más apetitoso del mundo.
En su primera juventud, Don Guillermo, Memo Padilla para sus numerosos amigos, incursionó en el mundo de los toros como aspirante de novillero, así lo hemos constatado en alguna foto en blanco y negro en la que porta galano el vistoso terno, bien llamado “traje de luces”.
Sabemos de cierto que, en su breve recorrido por el mundo de las verónicas, las reboleras, las portagayolas, las gaoneras, los trincherazos, los naturales y los molinetes, alternó con matadores que llegaron a ser grandes figuras, de la estatura de Luis Procuna, Antonio Velázquez y Pedro Luceiro. Tal vez su sino tenía marcada para él una vida plena, no como torero, sí como exitoso hombre de negocios y espléndido promotor del deporte en todas sus formas y manifestaciones.
Ya
establecido en la bella isla, con una clara visión de empresario, incursiona en
la industria pesquera, y en unión de los señores José Jáber, Leopoldo Hurtado e
Iván Escobedo, llegan a poseer una flota de diez barcos bautizados como
"Los Armadores", y una ferretería del ramo con el nombre de
Abastecedora Marítima, con la que además de surtir el amplio mercado
demandante, avituallaban su próspera y creciente flota.
La
sociedad formada por el señor Padilla, en un momento dado se disuelve y el
negocio queda de su exclusiva propiedad. Como hombre de empresa, su altruismo,
su don de gentes y su disposición a ayudar a quien lo mereciera, lo hicieron
integrarse a la sociedad carmelita y dejar huella en quienes lo conocieron.
Fomentó
como pocos el aun existente sentido de identidad en los laguneros; dueño de
un carácter fuerte, solía llamar al pan…
pan, y al vino… vino. Desde su llegada a la isla se ganó el respeto de la
gente, lo que lo llevó a la política empresarial y por consecuencia, a la
presidencia de las cámaras Pesquera y de Comercio; fueron varios los períodos y
duraron muchos años.
Con
esa su aguda visión empresarial, ante el absurdo de que una ciudad tan
importante no contara con señal de televisión, presto y en unión de Orlando
Badillo Lliteras, Francisco Guillén y Abelardo Dorantes, con el apoyo del
entonces gobernador Sansores Pérez, adquieren el equipo necesario para llevar a
Carmen la imagen de las pantallas chicas; aprovechan su impacto para promover y
difundir actividades locales de carácter cultural, social, deportivo y, por
supuesto, político.
Desde
su arribo, en unión del señorón que fue Don Mario Boeta Blanco, se dieron a la
tarea de organizar torneos de futbol, poco menos que inexistente en una región
en la que el beisbol era y sigue siendo el “rey de los deportes”. Al fin de
cuentas, por la segunda mitad del pasado siglo, integran una selección con la
que obtienen la copa "Balbino Mena" en la liga peninsular; el mérito
consistía en que para lograr tal galardón, era requisito indispensable obtener
el triunfo en tres torneos.
No
hubo actividad deportiva, social o artística que no emprendiera con entusiasmo
y energía, aportando no sólo su tiempo, sino también su dinero y su esfuerzo.
El columnista, convertido en su entusiasta biógrafo, se entera de que en su
hospitalario hogar familiar, desfilaron los matadores Pedro Luceiro; Rafael
Gil, “Rafaelillo”; Raúl Contreras, “Finito”; Fabián Ruíz; su hermano, el
cantautor, José María Napoleón; Luis Procuna, y Pedro Luceiro, padre. Vaya,
hasta actores como el campeón del humorismo blanco, Gaspar Henaine, el popular
Capulina, y el actor, luchador y casi venerado Santo el Enmascarado de Plata,
disfrutaron de la hospitalidad y gran esplendidez de anfitrión de Don Memo y su
familia.
Enormemente entusiasta del fomento deportivo, hizo empresa taurina durante muchos años. En el boxeo, organizó toda clase de peleas sabatinas de las que surgieron gladiadores que con el tiempo se convirtieron en bravos exponentes del deporte de fistiana. Dueños de narices chatas y orejas floreadas como los chamacos Zetina y Ortiz, Freddy Castillo y Adolfo Sanjeado, sólo por citar algunos, se encerraron entre cuatro cuerdas y se rifaron el físico en los cuadriláteros auspiciados por el señor Padilla.
Enormemente entusiasta del fomento deportivo, hizo empresa taurina durante muchos años. En el boxeo, organizó toda clase de peleas sabatinas de las que surgieron gladiadores que con el tiempo se convirtieron en bravos exponentes del deporte de fistiana. Dueños de narices chatas y orejas floreadas como los chamacos Zetina y Ortiz, Freddy Castillo y Adolfo Sanjeado, sólo por citar algunos, se encerraron entre cuatro cuerdas y se rifaron el físico en los cuadriláteros auspiciados por el señor Padilla.
El
hombre trasciende hasta convertirse en leyenda cuando después de emprender
enormes cosas, se ausenta para siempre sin concluir su obra; gran tragedia
partir a los sesenta años y todavía en plenitud de facultades; así sucedió con
Don Memo, a quien un infarto agudo al
miocardio provocó que su apasionado corazón cesara sus latidos y con ello,
dejara a quienes lo amaron, además de tristes, incompletos ante la falta de un
sostén de tan elevada talla moral.
Cito unas palabras tomadas de algún comentario de su hijo Guillermo del Jesús, mi gran amigo de exquisita pluma, quien escribiera: “Después de la misa de cuerpo presente, tomamos la calle 47 y de igual manera, en hombros te llevamos y así te ingresamos a la puerta grande de lo que es tu última plaza, lugar en donde reposas y en donde quisiste quedarte. En esta tierra que tanto amaste”.
Cito unas palabras tomadas de algún comentario de su hijo Guillermo del Jesús, mi gran amigo de exquisita pluma, quien escribiera: “Después de la misa de cuerpo presente, tomamos la calle 47 y de igual manera, en hombros te llevamos y así te ingresamos a la puerta grande de lo que es tu última plaza, lugar en donde reposas y en donde quisiste quedarte. En esta tierra que tanto amaste”.
“Viviste
con una intensidad envidiable en todos los aspectos. Con aciertos y errores.
Con defectos y virtudes te forjaste un carácter que quienes te conocimos,
respetamos y, en algunos casos, el mío por ejemplo, admiramos. Tu don de
gentes, el entusiasmo que te caracterizó para fomentar el deporte o gestionar
obras y servicios a la isla, pero sobre todo, tu desinteresado afán de ayudar
con lo que fuera a quienes creías que lo necesitaban y lo merecían, hizo que tu
imagen creciera al grado de la idolatría”.
Nos
enteramos que alguna vez, pueblo y gobierno de Carmen, en una acertada decisión
que mucho se ponderara, acordaron la construcción de un polideportivo al que en
un justo reconocimiento deciden nombrarlo precisamente “Polideportivo Guillermo
Padilla González”.
La
inquina, la envidia, la estulticia, la mala fe -quien pude saberlo-,
propiciaron que el sano espacio empezara a deteriorarse por falta de un
mantenimiento adecuado, hasta llegar al torpe extremo de despojarlo de su
nombre original para designarlo “Chechén”, en alusión al suburbio así conocido.
Afortunadamente
y gracias a la presión social, el hecho infantil y escaso de lógica y materia
gris, fue corregido; otra vez se impuso la cordura, y en un acto de obligada
justicia, de nuevo el inmueble luce el honroso nombre originalmente impuesto.
Honor
y reconocimiento a Don Guillermo Padilla González, Memo Padilla para quienes le
quisieron y admiraron…que fueron miles. Una frase final de su hijo Guillermo
del Jesús, que ayer lo amó, y hoy lo venera: “Nadie muere mientras haya alguien
que lo recuerde".

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