sábado, 12 de noviembre de 2016

Los inolvidables abuelos maternos




El abuelo. Figura menuda, gran conversador, y hábil artesano; tenía un corazón que no cabía en su pequeño cuerpo. Ramón González Silva siempre estuvo presente con su cariño, con sus consejos, con sus regaños, pero sobre todo, con su generosa ternura y su honestidad a toda prueba.
Su ejemplo ha sido faro, guía y orientación hacia un norte franco. Cuando en los días difíciles de la lucha como esposo y padre llegaba alguna señal de debilidad o de flaqueza, evocaba al abuelo Moncho y el camino se aclaraba y se hacía llano.
Fue un hombre ingenioso que desempeñaba las actividades más variadas que pueda alguien imaginar; todas sus manualidades se ejercían con la más absoluta eficiencia y delicadeza que bien aplicadas, hacían transformar cada trabajo artesanal en una auténtica obra de arte.
Era ambidiestro, y un ebanista de excelencia que con paciencia transformaba piezas de madera en toda clase de muebles y enseres; no obstante, en tiempos en que las carretas de tracción  equina eran mayoría, el abuelo las construía desde las mazas que albergaban los ejes, hasta las plataformas que soportaban la carga.
Con hachas y hachuelas, con sierras manuales, formones y martillos, cada pieza era elaborada a mano por la carencia de maquinaria para efectuar cortes, tornear o hacer labranzas. Los insumos: madera de mora para las mazas; bojón para los ejes; chacté para los rayos; jabín para las gambas; cedro y caoba para las plataformas, y sólidas platinas de hierro en forma de cinchos aplicados a rojo vivo en las ruedas y en las mazas para asegurar su firmeza, su fortaleza y su durabilidad.
Su curiosidad, ingenio y paciencia, de repente lo convirtieron en el relojero oficial del pueblo, y lo llevaron a ser el mantenedor del antiguo reloj público que desde el año mil novecientos once, por el altruismo de Don Pedro Advíncula Lara, -un prohombre chenero-, con su hora exacta, marca el ritmo de los pobladores de la cabecera del municipio.
Gracias al ingenio de Don Moncho, una nueva actividad se sumó a la larga lista de sus oficios. En una región de numerosa población campesina, los agricultores dedicaban buena cantidad de su tiempo a la cacería de animales pequeños que aprovechaban por su sabrosa carne y la finura y delicadeza de sus pieles.
Para la caza, los hombres de campo utilizaban rifles y escopetas de diversas marcas, modelos y calibres, que casi invariablemente eran muy antiguas y las refacciones y accesorios casi imposibles de conseguir. El abuelo, con ese ingenio y esa paciencia que lo caracterizaron, de buenas a primeras, empezó a elaborar las cajas y empuñaduras de las armas largas a base de madera de caoba. Una cosa llevó a la otra y poco tiempo después, la actividad se diversificó a los mecanismos.
De ese tiempo y con el tiro al blanco de las pruebas posteriores a las reparaciones, el escribidor adquirió una suerte de gusto por las armas, que afortunadamente se perdió después de un gran susto, y algo más.
Con paciencia e ingenio, el viejo fabricaba gatillos, martillos, agujas, guardamontes y un sinfín de piezas metálicas, valiéndose únicamente de finas seguetas, limas, brocas milimétricas y taladros. Como insumo principal, tenía a la mano pedazos de hierro que recogía por doquier y que después de limpios y desherrumbrados, eran clasificados y guardados cuidadosamente en su estante de herramientas.
La mayoría de las veces, a cambio de su delicado trabajo, el abuelo recibía magros pagos de los pobres, pero en su mesa nunca faltaron piernas, brazuelos y otras piezas de animales de monte que sucumbían bajo los certeros disparos de los campesinos beneficiados.
Un mes de marzo de mil novecientos ochenta, la pródiga y noble tierra de Hopelchén, con la mayor ternura abrió sus brazos en cruz para recibir en su seno a su amado hijo adoptivo, quien víctima de un fatal accidente, partió de nuestro lado al infinito dejando en los corazones un enorme vacío imposible de llenar.
La abuela. Menuda y frágil, pero dueña de una enorme fortaleza física y espiritual, Eloísa Vargas de González, Doña Licha para todos los que la conocieron y la trataron, además de platicadora amena y mujer de clara inteligencia, era de una ternura y generosidad incomparables.
No había dolor físico o sufrimiento moral que no aliviara. Un tierno beso, unas palabras dulces, un vaso de infusión de manzanilla, un trocito de clavo de especie, unas gotas extraídas de las hojas del orégano grueso, una cataplasma de quién sabe qué, calmaban de inmediato un cólico, un dolor de muelas, de cabeza, de oídos o de espalda, lo mismo que la más intensa pena de un corazón juvenil atribulado.
En las mañanas frescas, su enorme batidor de madera y su desgastado molinillo, mezclaban el agua hirviente con un poco de azúcar y las aromáticas tablillas de chocolate oscuro, para disfrutar en familia la espumosa y dulce bebida con el pan todavía caliente que elaboraba el noble y caballeroso “Don Pil” Caamal, el mejor y más longevo panadero y tendero del pueblo.
Rítmicos sones al despertar, sacudían el alma con su armonía: eran los sonidos que producían los anillos que abuela Licha portaba en cada mano; dos aros que al batir, emanaban agradables sonoridades y alegres armonías con reminiscencias de maracas, de claves, de bongós, que invitaban a la vida y al disfrute pleno.
Casi ciega, sorda y con una avanzada demencia senil, un día del año mil novecientos noventa y cuatro, partió para siempre al reencuentro con su viejo; pero antes, nos hizo vivir el más extraño fenómeno extra sensorial que se pueda imaginar; bueno, pero eso es parte de otra historia…

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