sábado, 12 de noviembre de 2016

Historias de gatos



“Que te adopte un gato es señal de que eres un tonto amable, generoso y de buen corazón”. Encuentro en la web esta cita de un señor Giovanni Andretti.
La enciclopedia libre, Wikipedia, ese acervo virtual y fuente de consulta que me ha alejado un poco de las caras y desactualizadas enciclopedias escritas que lucen empolvadas en mi estante, me abre un poco el entendimiento acerca de la historia de los gatos, y me define a este pequeño felino.
Se cree que la domesticación de los gatos y su incorporación a la familia humana inició entre los años 7500 y 7000 antes de Cristo. Me informa que la visión que el hombre tiene de este animal, varía totalmente de una época a otra, yendo desde el Antiguo Egipto, donde los veneraban, hasta la Edad Media en que los quemaban en las hogueras.
Por alguna razón ligada a algún atavismo, a consecuencia de las películas de terror de mi niñez -o por ambas razones-, de siempre me han llamado la atención estos felinos; admiro su independencia y me arrobo con la contemplación de esos animales peludos de colores variados y de grandes ojos claros que miran fijamente y sin mostrar temor, casi en un reto que no deja de erizarme un poco los cabellos de la nuca.
De pronto, uno de esos curiosos animales llegó a mi casa sin avisar ni pedir permiso; de inmediato tomó posesión de un área del patio en la que se encuentra la pequeña bodega-taller en la que a menudo paso horas enteras realizando sencillas tareas de carpintería, pintura, electricidad, y hasta algo de mecánica, mientras medito acerca de la vida eterna de ciertos artrópodos.
Lo veo moverse sigilosamente, casi siempre pegado a un muro y con la cola levantada, posición que alterna con una reptante, mientras se tiende detrás de una maceta del jardín con los músculos tensos en espera de un roedor, de un pajarillo despistado, y más comúnmente de una lagartija inquieta, quienes con un impresionante salto y un manotazo, sucumben entre sus afiladas garras y sus agudos colmillos.
En ocasiones, cuando nota que lo observo o le saco fotos, se va acercando a mis pies, deslizándose por el piso en una acto que a veces me parece de sumisión, mientras que otras, las más, me recuerda a sus hermanos mayores, los tigres, cuando se acercan a sus presas en actitud de atacar. Casi siempre, él resulta victorioso de la muda contienda.
Dice Guillermo Cabrera Infante: “Para mí el mundo se ha dividido en dos clases de personas: las que aman a los gatos y las otras. Las otras personas no saben lo que se pierden con no tener relaciones con un gato”. Le hago caso e intento un acercamiento en el afán de un futuro round exitoso. ¡Ya veremos!.
Mientras la relación se consolida y uno de los dos es adoptado por el otro, leo con fruición una serie de diecisiete cuentos sobre gatos que encontré por ahí, en la que en algún párrafo se menciona que “…siempre nos han embrujado por su inteligencia, su misteriosa elegancia y su desdeñosa independencia. Se trata de gatos extraordinarios, dotados de nombre propio y también del don de la palabra, con sonrisa plácida y burlona, que se adueñan del hogar y riñen a los humanos de la casa, o que saben deleitarlos contando hazañas y cuentos fantásticos en las plácidas veladas de invierno”.
Me llaman la atención dos párrafos tomados al azar de los textos de sus autores:
Théophile Gautier: “Conquistar la amistad de un gato no es cosa fácil. (…) Sin menoscabo de la ternura que nos profesa, conserva su libre albedrío y sólo hará por nosotros lo que considere sensato; pero, una vez que se nos ha entregado, ¡qué absoluta confianza nos muestra, qué incondicional afecto!”.
Rudyard Kipling: “...el Gato también ha cumplido su parte del trato. Ha matado ratones y se ha portado bien con los bebés mientras estaba en casa, siempre que no le tirasen del rabo con demasiada fuerza. Pero una vez cumplidas sus obligaciones y en sus ratos libres, es el gato que camina solo y a quien no le importa estar aquí o allá, y si miras por la ventana de noche, lo verás meneando su salvaje rabo y andando sin más compañía que su salvaje ser… como siempre lo ha hecho”.
Totalmente de acuerdo con ustedes: Señor Gautier, Señor Kipling…

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