“Que
te adopte un gato es señal de que eres un tonto amable, generoso y de buen
corazón”. Encuentro en la web esta cita de un señor Giovanni Andretti.
La
enciclopedia libre, Wikipedia, ese acervo virtual y fuente de consulta que me
ha alejado un poco de las caras y desactualizadas enciclopedias escritas que
lucen empolvadas en mi estante, me abre un poco el entendimiento acerca de la
historia de los gatos, y me define a este pequeño felino.
Se
cree que la domesticación de los gatos y su incorporación a la familia humana
inició entre los años 7500 y 7000 antes de Cristo. Me informa que la visión que
el hombre tiene de este animal, varía totalmente de una época a otra, yendo
desde el Antiguo Egipto, donde los veneraban, hasta la Edad Media en que los
quemaban en las hogueras.
Por
alguna razón ligada a algún atavismo, a consecuencia de las películas de terror
de mi niñez -o por ambas razones-, de siempre me han llamado la atención estos
felinos; admiro su independencia y me arrobo con la contemplación de esos
animales peludos de colores variados y de grandes ojos claros que miran
fijamente y sin mostrar temor, casi en un reto que no deja de erizarme un poco
los cabellos de la nuca.
De
pronto, uno de esos curiosos animales llegó a mi casa sin avisar ni pedir
permiso; de inmediato tomó posesión de un área del patio en la que se encuentra
la pequeña bodega-taller en la que a menudo paso horas enteras realizando
sencillas tareas de carpintería, pintura, electricidad, y hasta algo de
mecánica, mientras medito acerca de la vida eterna de ciertos artrópodos.
Lo
veo moverse sigilosamente, casi siempre pegado a un muro y con la cola
levantada, posición que alterna con una reptante, mientras se tiende detrás de
una maceta del jardín con los músculos tensos en espera de un roedor, de un
pajarillo despistado, y más comúnmente de una lagartija inquieta, quienes con
un impresionante salto y un manotazo, sucumben entre sus afiladas garras y sus
agudos colmillos.
En
ocasiones, cuando nota que lo observo o le saco fotos, se va acercando a mis
pies, deslizándose por el piso en una acto que a veces me parece de sumisión,
mientras que otras, las más, me recuerda a sus hermanos mayores, los tigres,
cuando se acercan a sus presas en actitud de atacar. Casi siempre, él resulta
victorioso de la muda contienda.
Dice
Guillermo Cabrera Infante: “Para mí el mundo se ha dividido en dos clases de
personas: las que aman a los gatos y las otras. Las otras personas no saben lo
que se pierden con no tener relaciones con un gato”. Le hago caso e intento un
acercamiento en el afán de un futuro round exitoso. ¡Ya veremos!.
Mientras
la relación se consolida y uno de los dos es adoptado por el otro, leo con
fruición una serie de diecisiete cuentos sobre gatos que encontré por ahí, en
la que en algún párrafo se menciona que “…siempre nos han embrujado por su
inteligencia, su misteriosa elegancia y su desdeñosa independencia. Se trata de
gatos extraordinarios, dotados de nombre propio y también del don de la
palabra, con sonrisa plácida y burlona, que se adueñan del hogar y riñen a los
humanos de la casa, o que saben deleitarlos contando hazañas y cuentos
fantásticos en las plácidas veladas de invierno”.
Me
llaman la atención dos párrafos tomados al azar de los textos de sus autores:
Théophile
Gautier: “Conquistar la amistad de un gato no es cosa fácil. (…) Sin menoscabo
de la ternura que nos profesa, conserva su libre albedrío y sólo hará por
nosotros lo que considere sensato; pero, una vez que se nos ha entregado, ¡qué
absoluta confianza nos muestra, qué incondicional afecto!”.
Rudyard
Kipling: “...el Gato también ha cumplido su parte del trato. Ha matado ratones
y se ha portado bien con los bebés mientras estaba en casa, siempre que no le
tirasen del rabo con demasiada fuerza. Pero una vez cumplidas sus obligaciones
y en sus ratos libres, es el gato que camina solo y a quien no le importa estar
aquí o allá, y si miras por la ventana de noche, lo verás meneando su salvaje
rabo y andando sin más compañía que su salvaje ser… como siempre lo ha hecho”.
Totalmente
de acuerdo con ustedes: Señor Gautier, Señor Kipling…

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