Correría la segunda mitad de los
años cincuenta, la familia había liquidado los modestos negocios emprendidos en
Iturbide; la tienda fue cerrada y los mostradores y anaqueles transportados a
la cabecera municipal, donde se abrió una nueva tienda de abarrotes en una
habitación de la casa paterna.
El pequeño aserradero que una vez
constituyó un negocio redituable por haber encontrado mi padre un valor
agregado a la madera con la fabricación de equipo apícola, también fue cerrado
y vendida la maquinaria a una persona del rumbo.
Por falta de tiempo o por otras
razones, en un paraje cercano a Iturbide, habían quedado unos troncos de cedro
cortados que no fueron transportados en su oportunidad, y que eran propiedad de
mi progenitor.
La aguda crisis imperante y la
falta de oportunidades de trabajo, propició que papá llegara a un acuerdo con
un primo suyo para recuperar esa madera. El primo de nombre Manuel Jesús, era de carácter jovial; rollizo y bigotón, ante cualquier
provocación, reía a carcajadas con una espontaneidad que hacía pensar en él
como una persona muy feliz.
El acuerdo consistía en que
Manuel Jesús (Chú para sus amigos), aportaría su camión y entre ambos
conseguirían el dinero necesario para los gastos del viaje. El trato era muy
simple y al final, una vez transportada la madera al poblado de Dzibalchén y
vendida al aserradero y fábrica de triplay, las utilidades serían repartidas en
partes iguales.
Una mañana de fines de mayo o principios de junio, Manuel Jesús al
volante de su máquina y mi padre y yo como sus acompañantes en la cabina, y en
la plataforma un ayudante a quien recuerdo con el mote de Tun-Tun, partimos de
Hopelchén para recorrer primero los aproximadamente cuarenta kilómetros de
carretera blanca que nos separaban de Dzibalchén. Después de ello, unos veinte
kilómetros más de un camino polvoriento marcado por los cortes que las llantas de los vehículos iban dejando
en el camino en temporadas de lluvias. Manuel Jesús con gran destreza iba
sorteando los cortes para llegar a su destino al caer la tarde.
Esa noche descansamos en Iturbide
y a la mañana siguiente, con los primeros destellos del sol, partimos al tumbo
en el que se encontraba la madera; serían unos veinte kilómetros quizá de
camino pedregoso y firme. Llegados al terreno y utilizando la técnicas que
conocían para cargar los grandes trozas de madera de cedro, en unas cuantas
horas ya nos encontrábamos de vuelta en Iturbide. Después de comer, continuamos
el viaje ahora hacia Dzibalchén, donde los optimistas primos calculaban llegar
a las cuatro o cinco de la tarde para comercializar la madera y continuar la
ruta hacia Hopelchén.
No bien habíamos dejado atrás las
últimas casas del poblado cuando una fina lluvia comenzó a caer; rato después,
la llovizna se tornó en un fuerte aguacero que ya no permitió que Manuel Jesús
manejara entre los cortes, dado que lo lodoso y resbaladizo del terreno hacía
patinar las ruedas y caer al profundo surco, donde ya no se podía avanzar.
Piedras y palos para calzar las llantas, amarrado de cadenas en su superficie
de rodamiento, y muchas maniobras no fueron suficientes. En una de esas, el
camión quedó completamente calzado. Lo cerrado de la noche nos obligó a
pernoctar debajo de unos árboles como único abrigo.
Al amanecer siguiente, nuevo
intento infructuoso nos obligó a descargar el camión para que después,
maniobras de por medio, lográramos destrabarlo de su prisión de lodo, para
volver a cargarlo y enseguida seguir el camino.
La lluvia que por la noche había amainado para dejarnos dormir un poco, otra
vez volvió a caer, pero esta ocasión con mayor intensidad, lo que nos hacía
avanzar con gran lentitud, amén de muy frecuentes atascos que obligaron varias
veces a trabajar en la liberación del automotor.
A unos ocho o diez kilómetros de
la meta anhelada, en una caída brusca del camión a un corte del camino,
arrastrado por la voluminosa y pesada carga, experimentó una inclinación de
unos cuarenta y cinco grados, que para el caso, equivalía a una volcadura,
quedando la plataforma calzada en el terreno, la cabina levantada y las trozas
de madera regadas por todas partes. Inútil cualquier intento, a prepararse para
dormir en espera de la luz del sol para proseguir con la odisea.
Ahora sí que, sin cobijas, sin
alimentos y bajo una pertinaz llovizna, nos acomodamos como pudimos bajo la
parte emergente del camión, para dormir un poco y esperar el amanecer del
tercer día. Sin un cerillo para prender un fuego, con la ropa mojada y el
estómago vacío, escuché historias regocijantes; una no tanto fue la del origen
del nombre que el camión ostentaba en su defensa delantera: “El Toro”; y es
que, en una circunstancia semejante en lo desafortunado a la que estábamos
viviendo, Manuel Jesús con su camión carguero, embistió un toro suelto cuyo
pago, junto con el costo de la reparación del vehículo, lo estaban obligando a
hacer de todo para recuperarse.
Con la primera luz, nuevas
maniobras de por medio, logramos enderezar el camión y una vez puesto en lugar
firme, vuelta a cargar la madera y a asegurarla para continuar que la meta
estaba ya muy cerca. Así, entre bromas y risas, continuamos el viaje a
Dzibalchén, mientras mi padre y su primo, como la lechera del cuento mencionado, hacían cuentas de lo que iban a
hacer apenas vendida la madera. Una buena comida, un rato de descanso y a
repartirse el dinero que quedara. Esta supuesta última etapa del viaje, ya se
dio con un día soleado y luminoso.
Dicen que un mal nunca viene
solo, en efecto, ya nos encontrábamos alcanzando las primeras casas del poblado
cuando un ruido infernal, como de miles de metales sueltos se dejó sentir en la
parte baja del camión que detuvo su marcha de manera brusca. Una breve caminata
del Tun-tun y el retorno en el jeep del mecánico, el inolvidable tío Roberto
Campillo, confirmó lo que los primos ya temían: el sistema de transmisión del
vehículo que comprendía piezas con nombres raros como satélites y planetarios,
y algunos baleros, habían saltado en mil pedazos.
La madera cargada en un camión de
la empresa que la adquirió; “El Toro”, abatido y remolcado al pueblo. Lo
recibido por la madera, no alcanzó para cubrir la reparación. La aventura
brindó una de las experiencias más enriquecedoras de mi niñez.

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