La dirección y los maestros de la
Escuela “18 de Marzo” de Hopelchén, concibieron la idea de realizar una
excursión a la Capital del Estado y al poblado de Lerma, ahora conurbados. En
ese poblado se visitaría la escuela primaria “María del Carmen Poblaciones”,
situada entonces frente a las tranquilas aguas del mar, que besa las arenas.
El recorrido en el que
participarían los alumnos de los grados quinto y sexto, los maestros titulares
y dos o tres en calidad de auxiliares, comprendería además un encuentro
cultural y deportivo entre maestros y alumnos de ambos planteles, una visita a
la playa y, antes de retornar al punto de salida, un recorrido por los museos y
sitios históricos de la Ciudad de Campeche.
Para mantener a la preciada carga
humana ocupada y bajo control, la dirección y los maestros responsables
desplegaron una amplia estrategia para la que repartieron comisiones de todo
tipo, formando una especie de pequeño ejército con generales, capitanes y otras
autoridades infantiles; los roles fueron asumidos con extrema seriedad por la
chiquillería.
No obstante, llegada la fecha, el
esperado viaje repentinamente se suspendió por razones que no vienen a la
memoria. Postergada por dos o tres días la salida, al fin se dio entre abrazos
y besos de despedida, y una y mil
recomendaciones sobre portarse bien, cuidarse, y esas cosas.
Un festival en la escuela
anfitriona, seguido de una opípara comida a base de “panes de cazón” y aguas frescas, junto con un refrescante baño
de mar, constituyeron la primera
jornada. Al retorno a la Ciudad de Campeche, visita a los Museos de Armas y de
Antropología e Historia, iglesias, baluartes y murallas, para después emprender
el éxodo.
Ya en carretera, se desconoce si
a consecuencia de una falta de refrigeración adecuada que cambió la frescura de
la delicada carne del escualo por algo menos digerible, por el calor o por
alguna otra causa, con el primer aviso de uno de los pequeños que viajaba a
bordo del autobús, se inició una muy seria emergencia en la que algunos
empezaron a padecer fuertes arcadas estomacales, amén de otros síntomas de
intoxicación; el caso es que en unos minutos la situación se salió totalmente
de control, mientras se escuchaban ayes lastimeros, llantos y lamentos que
pusieron en jaque a los maestros acompañantes que, en algunos casos, tampoco
escaparon de la refriega.
El viaje se prolongó más de lo
esperado, y al llegar al pueblo, de algún modo enterados, padres de familia,
médicos y enfermeras, ya se encontraban en la terminal de autobuses esperando a
los alicaídos pasajeros, de los cuales, algunos pudieron regresar a sus hogares
para ser tratados con infusiones y remedios caseros, mientras que otros, junto
con algunos maestros, requirieron unas horas de hospitalización y tratamiento
intensivo. Algunos, los menos, entre los que se incluye el autor, salvo algún
molesto retortijón y uno que otro pequeño síntoma, no sufrieron los estragos de
la infección y al rato ya nos encontrábamos en casa platicando la odisea.
Como habrá de suponerse, en su
oportunidad, la narración del viaje y las aventuras vividas, pero en general la
sin par experiencia, provocaron en la población infantil sonoras risotadas y en
algunas maestras y alumnas el mayor rubor que en mi existencia he visto en
rostro alguno, amén de profundas ojeras “a la Greta Garbo”.

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