sábado, 12 de noviembre de 2016

La excursión a Lerma, el baño de mar y la tragedia





La dirección y los maestros de la Escuela “18 de Marzo” de Hopelchén, concibieron la idea de realizar una excursión a la Capital del Estado y al poblado de Lerma, ahora conurbados. En ese poblado se visitaría la escuela primaria “María del Carmen Poblaciones”, situada entonces frente a las tranquilas aguas del mar, que besa las arenas.
El recorrido en el que participarían los alumnos de los grados quinto y sexto, los maestros titulares y dos o tres en calidad de auxiliares, comprendería además un encuentro cultural y deportivo entre maestros y alumnos de ambos planteles, una visita a la playa y, antes de retornar al punto de salida, un recorrido por los museos y sitios históricos de la Ciudad de Campeche.
Para mantener a la preciada carga humana ocupada y bajo control, la dirección y los maestros responsables desplegaron una amplia estrategia para la que repartieron comisiones de todo tipo, formando una especie de pequeño ejército con generales, capitanes y otras autoridades infantiles; los roles fueron asumidos con extrema seriedad por la chiquillería.
No obstante, llegada la fecha, el esperado viaje repentinamente se suspendió por razones que no vienen a la memoria. Postergada por dos o tres días la salida, al fin se dio entre abrazos y besos de  despedida, y una y mil recomendaciones sobre portarse bien, cuidarse, y esas cosas.
Un festival en la escuela anfitriona, seguido de una opípara comida a base de “panes de cazón” y  aguas frescas, junto con un refrescante baño de mar, constituyeron  la primera jornada. Al retorno a la Ciudad de Campeche, visita a los Museos de Armas y de Antropología e Historia, iglesias, baluartes y murallas, para después emprender el éxodo.
Ya en carretera, se desconoce si a consecuencia de una falta de refrigeración adecuada que cambió la frescura de la delicada carne del escualo por algo menos digerible, por el calor o por alguna otra causa, con el primer aviso de uno de los pequeños que viajaba a bordo del autobús, se inició una muy seria emergencia en la que algunos empezaron a padecer fuertes arcadas estomacales, amén de otros síntomas de intoxicación; el caso es que en unos minutos la situación se salió totalmente de control, mientras se escuchaban ayes lastimeros, llantos y lamentos que pusieron en jaque a los maestros acompañantes que, en algunos casos, tampoco escaparon de la refriega.
El viaje se prolongó más de lo esperado, y al llegar al pueblo, de algún modo enterados, padres de familia, médicos y enfermeras, ya se encontraban en la terminal de autobuses esperando a los alicaídos pasajeros, de los cuales, algunos pudieron regresar a sus hogares para ser tratados con infusiones y remedios caseros, mientras que otros, junto con algunos maestros, requirieron unas horas de hospitalización y tratamiento intensivo. Algunos, los menos, entre los que se incluye el autor, salvo algún molesto retortijón y uno que otro pequeño síntoma, no sufrieron los estragos de la infección y al rato ya nos encontrábamos en casa platicando la odisea.
Como habrá de suponerse, en su oportunidad, la narración del viaje y las aventuras vividas, pero en general la sin par experiencia, provocaron en la población infantil sonoras risotadas y en algunas maestras y alumnas el mayor rubor que en mi existencia he visto en rostro alguno, amén de profundas ojeras “a la Greta Garbo”.

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