sábado, 12 de noviembre de 2016

Una aventura ecuestre




Un verano cincuentero y con escasos doce años a cuestas, emprendimos un viaje a Iturbide, con un breve descanso en un rancho conocido como Chumbec, unos diez kilómetros antes del poblado.
Ya en el pueblo y por la noche, papá reparó en que le faltaba una larga cadena de acero. Descartado el retorno en el vehículo, tuvo la feliz ocurrencia de enviar al chaval al rescate, a lomo de caballo. Rato después, con una vieja lámpara de cacería de brillante luz ajustada en la frente, iba rumbo a Chumbec.
El encargado, primo y amigo de mi padre, había recuperado el artefacto y casi me esperaba, o más bien, esperaba a mi padre y su camión. Como sea, ayudó primero a atar la cadena a la grupa del animal y enseguida, con un impulso de sus dos manos juntas, me ayudó a regresar a la silla para emprender el retorno.
Rato después, por lo gastado de la pila Eveready ajustada a mi cinturón, la luz de la lámpara empezó a menguar, hasta apagarse totalmente, dejándome completamente en tinieblas a no menos de ocho kilómetros de la meta. Resignado, seguí el paso disfrutando de una noche sin luna, pero con un cielo plagado de rutilantes estrellas que significaban algo así como un bálsamo de paz para calmar mis miedos.
Un ruido metálico a mis espaldas me hizo recordar las películas de terror del cine de mi pueblo. Sacando valor del fondo del alma, casi a tientas, seleccioné un montículo que me permitiera desmontar y luego volver a montar, una vez aseguradas las cadenas que se habían soltado de sus débiles amarras.
Libre del peso de su jinete y  de la tortura de la rienda, el animal emprendió rápida huida dejándome en medio de la nada y sin saber qué hacer. Vencido el desconcierto, emprendí el viaje a pie entre tropezones y caídas acompañados de magulladuras y raspones. Afortunadamente, el animal se detuvo metros adelante para mordisquear las hierbas de la orilla del camino. Recobrada la punta de la cadena y asegurada otra vez, subí a la silla y de nuevo a cabalgar.
Vencido por el sueño y el cansancio, perdí la noción del tiempo y de lo que ocurría alrededor, dejando al caballo guiarse por su instinto. Un ramalazo en el rostro me despertó para advertir que ahora transitábamos por una angosta vereda. Sin poderlo evitar, atravesamos una extensa milpa para luego retornar al angosto sendero y, ya al punto de la angustia, justo al canto de un gallo, aparecieron a la distancia las luces de las primeras casas del poblado.
El noble caballo había regresado por la ruta que su amo le enseñara; lo curioso es que el retorno me pareció más breve en comparación con la ida, y el arribo fue por un punto totalmente opuesto al de salida. Mi padre, con una tranquilidad pasmosa y sin hacer una sola pregunta sobre la demora, devolvió el caballo a su dueño para enseguida espetar: ¡sube al camión que ya nos vamos!. ¡Bonita experiencia infantil!.

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