Un verano cincuentero y con escasos doce años a cuestas, emprendimos un viaje a Iturbide, con un breve descanso en un rancho conocido como Chumbec, unos diez kilómetros antes del poblado.
Ya en el pueblo y por la noche,
papá reparó en que le faltaba una larga cadena de acero. Descartado el retorno
en el vehículo, tuvo la feliz ocurrencia de enviar al chaval al rescate, a lomo
de caballo. Rato después, con una vieja lámpara de cacería de brillante luz
ajustada en la frente, iba rumbo a Chumbec.
El encargado, primo y amigo de mi
padre, había recuperado el artefacto y casi me esperaba, o más bien, esperaba a
mi padre y su camión. Como sea, ayudó primero a atar la cadena a la grupa del
animal y enseguida, con un impulso de sus dos manos juntas, me ayudó a regresar
a la silla para emprender el retorno.
Rato después, por lo gastado de
la pila Eveready ajustada a mi cinturón, la luz de la lámpara empezó a menguar,
hasta apagarse totalmente, dejándome completamente en tinieblas a no menos de
ocho kilómetros de la meta. Resignado, seguí el paso disfrutando de una noche
sin luna, pero con un cielo plagado de rutilantes estrellas que significaban
algo así como un bálsamo de paz para calmar mis miedos.
Un ruido metálico a mis espaldas
me hizo recordar las películas de terror del cine de mi pueblo. Sacando valor
del fondo del alma, casi a tientas, seleccioné un montículo que me permitiera
desmontar y luego volver a montar, una vez aseguradas las cadenas que se habían
soltado de sus débiles amarras.
Libre del peso de su jinete
y de la tortura de la rienda, el animal
emprendió rápida huida dejándome en medio de la nada y sin saber qué hacer.
Vencido el desconcierto, emprendí el viaje a pie entre tropezones y caídas
acompañados de magulladuras y raspones. Afortunadamente, el animal se detuvo
metros adelante para mordisquear las hierbas de la orilla del camino. Recobrada
la punta de la cadena y asegurada otra vez, subí a la silla y de nuevo a
cabalgar.
Vencido por el sueño y el
cansancio, perdí la noción del tiempo y de lo que ocurría alrededor, dejando al
caballo guiarse por su instinto. Un ramalazo en el rostro me despertó para
advertir que ahora transitábamos por una angosta vereda. Sin poderlo evitar,
atravesamos una extensa milpa para luego retornar al angosto sendero y, ya al
punto de la angustia, justo al canto de un gallo, aparecieron a la distancia
las luces de las primeras casas del poblado.
El noble caballo había regresado
por la ruta que su amo le enseñara; lo curioso es que el retorno me pareció más
breve en comparación con la ida, y el arribo fue por un punto totalmente
opuesto al de salida. Mi padre, con una tranquilidad pasmosa y sin hacer una
sola pregunta sobre la demora, devolvió el caballo a su dueño para enseguida
espetar: ¡sube al camión que ya nos vamos!. ¡Bonita experiencia infantil!.

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