Era la década de los años
cincuenta; el pueblo no contaba con energía eléctrica permanente. “La luz”, la
proporcionaba la vieja planta de un conjunto de negocios con nombre y eslogan
de: “El Popo, Luz, hielo, molinos”. Completaba el conjunto un cine que con el
nombre de “Pedro A. Lara”, funcionaba al interior de una amplia arcada. Su
propietario era el caballeroso Don José Baqueiro Rodríguez, compadre del abuelo
materno.
El alumbrado público solamente
comprendía unas cinco o seis manzanas, en cuyas esquinas colgaba un modesto
foco incandescente de sesenta wats. Pocas viviendas del corazón del poblado
contaban con instalación eléctrica, aunque el servicio lo disfrutaban
únicamente de seis de la tarde a once de la noche. A esta última hora, dos
breves apagones a manera de aviso y el corte definitivo unos cinco minutos
después, para dar tiempo a los usuarios de llegar a casa a prender lámparas,
velas y veladoras, y hasta mañana.
A falta de otro tipo de
diversiones, el grupo de médicos del centro de salud, con recursos económicos
suficientes y las tardes libres, pronto idearon una manera de matar el ocio
vespertino. Un buen día les dio por elaborar papagayos, papalotes, barriletes,
cometas, cubanos, o como quiera que se conozca estos curiosos aparatos. Papel
periódico, papel de china, nervaduras de palmeras, varas de carrizo, cera de
abejas, y hasta girones de ropa vieja y rollos de hilo de coser y de cáñamo
fueron puestos en acción.
Algún avezado galeno, de repente
echó mano de material más sofisticado, lo que permitió construir objetos
voladores bien identificados de las más variadas formas, diferentes a los
clásicos barriletes y, por supuesto, de mayores dimensiones. Un par de baterías
y una bombilla bien instaladas en la estructura permitió un espectáculo aéreo iluminado
y con vistosas piruetas que acaparó la atención y el interés de un público cada
vez mayor. En fin que, ya en el pueblo no se hablaba de otra cosa que no fueran
las hazañas de los doctores y sus extrañas máquinas voladoras.
En ocasión de una reunión
familiar en la que se ponderaba la facilidad de cierto chiquillo del pueblo
para captar conocimientos y su desenvoltura para explicar los temas que a
diario impartía su maestro, lo que le auguraba un futuro luminoso, el papá
orgulloso preguntó al niño lo que le gustaría ser de grande. El chavalo de
inmediato y sin pensarlo dos veces, respondió que no tenía dudas y quería ser
un señor doctor.
Preguntado sobre la razón de tan
firme decisión, el chamaco respondió: “Pues para subir papagayos como los
doctores del centro de salud”. Hace mucho tiempo le perdí la pista y por
referencias de amigos comunes me he enterado de algunas cosas de su persona;
sin embargo; a veces no me queda claro si ahora ya mayor, ese niño trabaja como
agente encubierto en tres continentes; guía de safaris en África; domador de canguros en Australia; entrenador
de camellos en Arabia Saudí; bombero en La Gran Manzana; o simplemente es
burócrata jubilado… o tal vez chofer de un autobús chato.

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