sábado, 12 de noviembre de 2016

Un original baño de mar




Mi padre acostumbraba viajar con mucha frecuencia desde Hopelchén hasta la ciudad de Campeche; otras ocasiones a la vecina Mérida; transportaba para vender, pieles frescas de res, cera de abeja, cerdos de patio, y algún otro producto. Para el retorno solía adquirir mercaderías que luego comercializaría al llegar al pueblo. A veces el viaje se hacía en el camión carguero, y otras en el autobús de segunda clase, según el volumen y el peso de los productos a vender o comprar.
Cuando el viaje lo hacíamos en el camión, invariablemente estacionábamos a las puertas del antiguo mercado citadino conocido como “Siete de Agosto”, por donde papá deambulaba vendiendo y comprando. El retorno siempre se daba por la tarde con la plataforma cargada de abarrotes, de camisolas de mezclilla, de alpargatas de piel, de frutas, de pescado frito, lo mismo que de una enorme tortuga caguama, entonces cosa común por su abundancia, y ni pensado se tenía que alguna vez, la mano depredadora del hombre y su afán de dañar su propio hogar, golpearían con demasiada dureza la especie y la pondrían en riesgo de extinción.
En ocasiones, el arribo a Campeche ocurría demasiado temprano, o bien el señor talabartero no se encontraba disponible, por lo que no había otro remedio que “hacer tiempo”, recorriendo a pie el centro y sus alrededores. Recuerdo la imagen de una casa forrada de ladrillos verdes con una escalera de forma piramidal que, sintiéndome alpinista, subía y bajaba una y otra vez, mientras pretendía contemplar las aguas del mar, tan quietas como las de un lago, en plena caminata por el malecón del barrio de Guadalupe.
Una madrugada de diciembre, salimos de casa a bordo del camión de carga rumbo a mi amada ciudad adoptiva, con un pequeño cargamento de productos cheneros. No bien llegar a la Ciudad, mi padre se estacionó y de inmediato se dispuso a llevar a cabo su labor de comerciante. Después de un reparador desayuno en una lonchería del mercado y presintiendo que la espera iba a ser algo larga, me dispuse a buscar una manera de hacer menos aburrida la espera.
El mercado tenía como patio trasero precisamente el mar, al que todavía no se le ganaba terreno y formaba parte del entorno general del inmueble. Uno o dos pequeños muelles de madera, hacían las veces de punto de arribo de pequeñas embarcaciones ribereñas que llegaban con canastos de productos del mar que de manera inmediata eran descargados.
En tanto mi padre realizaba su trabajo, me ocupé en recorrer los pequeños embarcaderos situados a espaldas de la sección de pescadería, correteando entre los cayucos que arribaban con su carga de pescado. Al mismo tiempo que, cual pueblerino, contemplaba arrobado el nado lento de los peces entre el añoso maderamen de los viejos muelles.
Sentado en uno de los postes de amarre para las embarcaciones, justo en el extremo del rústico muelle, miraba embelesado la llegada de las lanchas de los pescadores y la rápida descarga de los grandes cestos de sus productos. Al momento del “atraque” de una con un nombre en lengua maya, un descuido y un resbalón, hicieron que el chaval fuera a parar a las lodosas y bastante frías aguas del mar.
El susto, el miedo a la reacción de mi padre o la burla de los pescadores en esa helada mañana invernal, solamente fueron comparables con la desagradable serie de cubetadas de agua dulce y gélida que sirvieron para limpiar precariamente mi enclenque, sucia y maltratada humanidad.

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