Mi padre acostumbraba viajar con
mucha frecuencia desde Hopelchén hasta la ciudad de Campeche; otras ocasiones a
la vecina Mérida; transportaba para vender, pieles frescas de res, cera de
abeja, cerdos de patio, y algún otro producto. Para el retorno solía adquirir
mercaderías que luego comercializaría al llegar al pueblo. A veces el viaje se
hacía en el camión carguero, y otras en el autobús de segunda clase, según el
volumen y el peso de los productos a vender o comprar.
Cuando el viaje lo hacíamos en el
camión, invariablemente estacionábamos a las puertas del antiguo mercado
citadino conocido como “Siete de Agosto”, por donde papá deambulaba vendiendo y
comprando. El retorno siempre se daba por la tarde con la plataforma cargada de
abarrotes, de camisolas de mezclilla, de alpargatas de piel, de frutas, de
pescado frito, lo mismo que de una enorme tortuga caguama, entonces cosa común
por su abundancia, y ni pensado se tenía que alguna vez, la mano depredadora
del hombre y su afán de dañar su propio hogar, golpearían con demasiada dureza
la especie y la pondrían en riesgo de extinción.
En ocasiones, el arribo a
Campeche ocurría demasiado temprano, o bien el señor talabartero no se
encontraba disponible, por lo que no había otro remedio que “hacer tiempo”,
recorriendo a pie el centro y sus alrededores. Recuerdo la imagen de una casa
forrada de ladrillos verdes con una escalera de forma piramidal que,
sintiéndome alpinista, subía y bajaba una y otra vez, mientras pretendía
contemplar las aguas del mar, tan quietas como las de un lago, en plena
caminata por el malecón del barrio de Guadalupe.
Una madrugada de diciembre,
salimos de casa a bordo del camión de carga rumbo a mi amada ciudad adoptiva,
con un pequeño cargamento de productos cheneros. No bien llegar a la Ciudad, mi
padre se estacionó y de inmediato se dispuso a llevar a cabo su labor de
comerciante. Después de un reparador desayuno en una lonchería del mercado y
presintiendo que la espera iba a ser algo larga, me dispuse a buscar una manera
de hacer menos aburrida la espera.
El mercado tenía como patio
trasero precisamente el mar, al que todavía no se le ganaba terreno y formaba
parte del entorno general del inmueble. Uno o dos pequeños muelles de madera,
hacían las veces de punto de arribo de pequeñas embarcaciones ribereñas que
llegaban con canastos de productos del mar que de manera inmediata eran
descargados.
En tanto mi padre realizaba su
trabajo, me ocupé en recorrer los pequeños embarcaderos situados a espaldas de
la sección de pescadería, correteando entre los cayucos que arribaban con su
carga de pescado. Al mismo tiempo que, cual pueblerino, contemplaba arrobado el
nado lento de los peces entre el añoso maderamen de los viejos muelles.
Sentado en uno de los postes de
amarre para las embarcaciones, justo en el extremo del rústico muelle, miraba
embelesado la llegada de las lanchas de los pescadores y la rápida descarga de
los grandes cestos de sus productos. Al momento del “atraque” de una con un
nombre en lengua maya, un descuido y un resbalón, hicieron que el chaval fuera
a parar a las lodosas y bastante frías aguas del mar.
El susto, el miedo a la reacción
de mi padre o la burla de los pescadores en esa helada mañana invernal,
solamente fueron comparables con la desagradable serie de cubetadas de agua
dulce y gélida que sirvieron para limpiar precariamente mi enclenque, sucia y
maltratada humanidad.

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