sábado, 12 de noviembre de 2016

Un viaje algo complicado




Nos encontrábamos en Iturbide acompañados de un ayudante de nombre Guillermo, muy ducho para cargar y, además, girar una manivela que hacía encender el motor del camión; “cran” era la palabra con la que denominaban la acción. El plan era realizar varios viajes de bultos de mazorcas de una milpa a una troje del pueblo. Tres recorridos al día, dos del escribidor y uno de mi padre. Los primeros a cargo del más joven, por supuesto.
Al amanecer, con Guillermo como “secre”, partimos rumbo al maizal. Cuentas alegres, papá calculó que estaríamos de regreso a eso de las nueve o diez de la mañana con el camión cargado. Una equivocación en una bifurcación nos sacó del rumbo planeado, para después de un largo retraso reencontrarnos con la ruta y luego con la milpa.
Cargado el camión, ligero “cran” y estábamos de vuelta con la idea de arribar alrededor del medio día para descargar. De pronto y sin avisar, el motor se detuvo por la falta de combustible a unos diez kilómetros de la meta. Mi padre había surtido el tanque con la cantidad necesaria de “mexolina” para la distancia calculada, pero ni una gota más para algún imprevisto como la gran vuelta motivo de la confusión en la ruta.
Sin otro remedio, el “secre” y el novel chafirete emprendimos la marcha a pie, que calculábamos hacer en un par de horas. Por lo corto del viaje no llevábamos siquiera un poco de agua para mitigar la sed. Fue tanto el agotamiento por la caminata bajo un sol abrasador, que en un rato nos vimos en la necesidad de buscar las llamadas “sartenejas” mayas, algo así como horadaciones en las rocas en las que se depositaba algo de agua de la lluvia. Los depósitos estaban secos o semi secos, además, sucios y contaminados y sin posibilidades de ser aprovechados.
El último tramo del recorrido, al borde del desmayo por la sed y el hambre, lo realizamos en una carrera desesperada para llegar a la fonda del pueblo que funcionaba a la vez como tienda y oficina de teléfono. Ahí mismo, papá se hallaba confortablemente sentado frente a un plato de pollo adobado con rebanadas de papa, otro de frijoles de la olla, un “lec” de tortillas hechas a mano, y una jarra de limonada helada que casi le arrebato de las manos.
Saciada la sed, mi padre ordenó otras dos raciones de comida y con un “ahorita regreso”, enseguida salió del sitio. Efectivamente, tiempo después retornó con un recipiente de plástico con un líquido amarillento, y un pedazo de  manguera que puso en mis manos.
Con esa parsimonia con la que solía hablar y una sonrisa entre picaresca y burlona indicó: “vayan por el camión, dejen la carga y regresen a su segundo viaje. Dense prisa para que no les “agarre” la noche”. “No olviden “ahogar” el carburador con la mano para que abran las espreas”. “Guillermo, creo que mi viaje no lo vamos a poder dar hoy”.
¡Una gran lección existencial y una enseñanza vital en la ruta para ser hombre!.       

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