Fue a inicios de los años sesentas; el tío materno, Enrique,
-Lico para sus amigos, y conste que siempre tuvo muchos-, me invitó a apoyarlo
en la administración de un pequeño restaurante. El tío a su vez, había recibido
el negocio en renta del tío paterno Pepe; éste habría desistido de trabajarlo por
lo cansado que resulta un negocio de esta naturaleza, o bien porque la
veleidosa fortuna un día le mostró su rostro más amable con el premio mayor de la Lotería.
El restaurante de nombre comercial "La Olla", moderno y bien diseñado no
obstante lo pequeño, por su situación en el corazón de la Ciudad era parada obligada en la ruta Campeche-Mérida, además de lugar de reunión de la sociedad chenera. Ahí se reunían turistas, traileros y conductores de camiones
de carga.
Era más que frecuente por las noches, observar una larga
fila de cargueros estacionados alrededor del negocio para que sus operadores
cenaran, bebieran café, fumaran un cigarro y pasaran largas horas haciendo
tiempo para llegar a su destino con los primeros rayos del sol, buscando descargar
sus vehículos muy temprano para repetir la travesía en sentido contrario. La
jornada de labores, si no era de veinticuatro horas, por lo menos abarcaba dieciocho,
lo que empezó a minar la energía y el ánimo tanto del administrador como del
personal vespertino-nocturno.
Lo cansado y mal remunerado del trabajo y las inquietudes
propias de un joven deseoso de progresar, aunado a las leyendas urbanas
relacionadas con familias de migrantes que se habían mudado a los Estados
Unidos de América en tiempos de la posguerra; algunos de ellos antiguos vecinos
del mismo pueblo a quienes veía retornar triunfantes por las épocas decembrinas
mostrando claros destellos de un buen status económico, fueron alimentando en mi interior la idea de tratar de “pasar al otro lado”.
Metido en esa intención, me dediqué a preguntar con
justificada curiosidad, la ruta y el
destino de los transportes que pasaban y cuyos choferes se mostraran amables y
comunicativos. Hasta donde la memoria lo registra, las líneas de camiones
cargueros que por entonces circulaban por la vieja ruta “chenes”, se reducían a
una campechana de nombre “Autotransportes de Carga del Estado de Campeche”, más
conocida como “Los Piratas”. Dos compañías yucatecas completaban el grupo:
“Autotransportes de Carga del Estado de Yucatán”, conocida como “Los Venados”,
y los “Plataformeros de Progreso”. En su mayoría las constituían camiones de dos
ejes, y en algunos casos; muy pocos; trailers de tres ejes y un remolque con
caja cerrada.
Fue así que, metido en el propósito, un buen día obtuve
un flamante contrato de trabajo en un tráiler de los “Los Venados”, que
llevaría como cargamento costalería, sogas y jarcias fabricadas con hilo de
henequén producido por Cordemex. Se trataba de un vehículo “trompudo” color
azul marino con un venado dibujado en ambas puertas, y que ostentaba la marca
Kenworth en su carrocería.
El amable y festivo operador, había sido novio de
una amiga y por tanto aceptó contratarme como su ayudante por un solo viaje.
Quince pesos diarios sería el salario, más alojamiento y alimentos, a cambio,
me encargaría del checado del aire de las llantas, del nivel del agua y el
aceite, y de la vigilancia de la carga; eso sí, por ningún motivo se permitía
dormir durante la travesía, para no “pegarle el sueño” al operador.
Un miércoles diez de mayo, inició el viaje a media mañana, en una primera etapa que duró
hasta las primeras horas de la noche cuando arribamos a Villahermosa, Tabasco,
para dormir unas horas después de haber cruzado innumerables pangas y puentes de todo tipo y tamaño. El
segundo día completo nos ocupó el recorrido desde la Capital tabasqueña hasta
la Ciudad de Veracruz, sitio de la segunda pernocta. El último tramo comprendió
el recorrido hasta la bella Ciudad de México; lugar al que arribamos
alrededor de las cinco de la tarde de un día algo lluvioso, para detenernos en
un hotel con el nombre de “Turismo”, ubicado en el cruce de las calles
Cuitláhuac y Delibes, muy cerca de la Basílica de Guadalupe.
Al siguiente día, trece de mayo, a muy temprana hora,
acudimos a una bodega en la que se concentraban transportes de la empresa
carguera yucateca y de otras afines provenientes de toda la República. Esa
bodega situada en la Calzada de Guadalupe, sería a partir de ese momento mi
alojamiento hasta el retorno o bien, el cambio para otra ruta.
De ese modo, iniciamos una serie de entrevistas a los
choferes de las diferentes líneas que entraban y salían con sus transportes sobre
el rumbo al que se dirigían. Muy pronto logramos conectar con un gentil norteño
que conducía un enorme tráiler marca Mercedes Benz de color verde claro. El
señor, amablemente aceptó la propuesta porque se había quedado sin ayudante,
ofreciéndome como salario lo doble que recibía, y fijó la salida de la Capital
para dos o tres días después, una vez cargado su transporte; su destino sería Mexicali.
B.C. De ahí, me comentó, te digo como cruzar a Calexico, del otro lado de la
frontera.
Llegado el día esperado y a punto de iniciar la nueva
aventura, seguro que para bien, decidí regresar sobre mis pasos y abordar de
nuevo el ruidoso Kenworth azul marino en el que partimos una fría mañana de
vuelta a casa, un poco desilusionado y algo arrepentido de no haber dado el
paso trascendental, pero a la vez, contento de regresar a la casa familiar.
Por la casi madrugada del día siguiente, casualmente me
encontré con un autobús lleno de estudiantes de mi edad que se dirigía al
sureste igual que nosotros. El líder del grupo era un gran amigo de la niñez, quien
me presentó a muchos de sus compañeros.
Con esa camaradería propia de la
juventud, me invitaron a dejar el tráiler y continuar con ellos el viaje,
ofrecimiento que decliné argumentando que no quería faltar al compromiso de
trabajo; además, mi equipaje estaba guardado en la caja del vehículo. Esta
invitación y la no aceptación, más para mal que para bien, la comenté a mi patrón temporal, quien muy "comprensivo" respondió: “te hubieras ido con tus amigos”.
El viaje de regreso se estaba dando más rápido y con
menos escalas dado lo delicado de la mercancía que portaba el camión; la carga, en apariencia estaba constituida por
productos perecederos. Muchas horas y kilómetros después, rendido por el largo
recorrido sin pegar los ojos, en un receso para cruzar un puente en el estado
de Veracruz, al que se accedía a través de una larga fila por algún problema de
tránsito, aproveché un momento para arrellanarme en la banca de un jardín y descansar un poco.
Después del que creí un breve descanso, reparé con
espanto que el sol ya estaba algo alto y el tráiler y su chofer no estaban en
el sitio en el que los vi por última vez. Mi maletín con ropa y un envoltorio con el sueldo que había cobrado se encontraban en el vehículo, mientras que en mis bolsillos no guardaba una sola moneda.
Repuesto del repentino susto y asimilados sus efectos, emprendí el retorno a casa solicitando aventones lo mismo que apoyos para medio comer y beber. Tortas, tacos, panes, refrescos, gelatinas, flanes y hasta paletas heladas fueron mi alimento. La gente de mi país regularmente es generosa, y más ante la vista de un joven casi niño desamparado como era mi caso.
Dos noches dormí en parques y gasolineras mientras me movía en tramos cortos a bordo de autobuses, automóviles y camiones de carga, para rematar con el último recorrido desde la ciudad de Frontera, Tabasco en un camión con caja refrigerada de una empresa que recuerdo con el nombre de Dipesca.
El amable chofer del camión, además del viaje, me pagó las comidas de todo un día, para luego dejarme a las puertas de casa cuando ya mi familia se encontraba a punto de la angustia, porque en esos tiempos un chaval de dieciséis años difícilmente viajaba solo.
Mi madre jamás supo de la aventura completa y afortunadamente se tranquilizó un poco con la versión del socarrón chofer del tráiler, quien dejó mi equipaje en “La Olla”, comentándole al tío que iba a tardar un poco en retornar porque me había unido a un grupo de muchachos excursionistas.
Singular experiencia y un fallo en la ruta no completaron el planeado derrotero, a pesar de que “Iba con la mira de llegar al Norte”.
Repuesto del repentino susto y asimilados sus efectos, emprendí el retorno a casa solicitando aventones lo mismo que apoyos para medio comer y beber. Tortas, tacos, panes, refrescos, gelatinas, flanes y hasta paletas heladas fueron mi alimento. La gente de mi país regularmente es generosa, y más ante la vista de un joven casi niño desamparado como era mi caso.
Dos noches dormí en parques y gasolineras mientras me movía en tramos cortos a bordo de autobuses, automóviles y camiones de carga, para rematar con el último recorrido desde la ciudad de Frontera, Tabasco en un camión con caja refrigerada de una empresa que recuerdo con el nombre de Dipesca.
El amable chofer del camión, además del viaje, me pagó las comidas de todo un día, para luego dejarme a las puertas de casa cuando ya mi familia se encontraba a punto de la angustia, porque en esos tiempos un chaval de dieciséis años difícilmente viajaba solo.
Mi madre jamás supo de la aventura completa y afortunadamente se tranquilizó un poco con la versión del socarrón chofer del tráiler, quien dejó mi equipaje en “La Olla”, comentándole al tío que iba a tardar un poco en retornar porque me había unido a un grupo de muchachos excursionistas.
Singular experiencia y un fallo en la ruta no completaron el planeado derrotero, a pesar de que “Iba con la mira de llegar al Norte”.


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