Un
día como el de hoy, diecisiete de diciembre, pero del año anterior, muy lejos
de la patria y del hogar, publiqué en mi muro esta oración:
“Un
cariñoso saludo en su día a Doña Enriqueta Pacheco Romero Vda., de Gutiérrez.
Que su mejor regalo sea una muy larga vida con felicidad y salud”.
La
costumbre y la opinión de que lo es, de ese modo surgieron las leyes según la
práctica de los romanos antiguos, Y sí, así fue en el seno de un grupo
familiar, casi familia nuestra por tantos parientes comunes.
No
había año que este día no se celebrara tan importante acontecimiento. No podía
ser menos si se trataba del cumpleaños de su personaje más importante. Los
demás, fueron siempre una especie de satélites girando en su rededor.
Hoy
no lucirá aquel infaltable toldo rojo, ni la enorme terraza repleta de mesas y
sillas blancas en las que siempre abundaban la comida y la bebida amablemente
servidas por los anfitriones.
Hoy
la mesa principal estará en silencio y la silla de honor estará vacía. Hoy no
habrá baile, ni trova, ni bohemia. Hoy no escucharé a Manuel y a Ligia y a
alguno más de los Pacheco cantar con el corazón más que con el diafragma.
La
pista de baile lucirá vacía, pero que no se muestre así el corazón de los que
la amaron y la siguen queriendo y recordando. No se olviden de cantar aquella
canción con la que por ratos miraba al cielo, escudriñando el espacio en busca
de un rostro conocido, mientras gritaba a su estilo: ¡Chupas, cabrón, por qué
te fuiste tan pronto!.
Hoy,
Doña Queta, junto a su compañero Javier Gutiérrez, les va a exigir la canción
del cubano Frank Domínguez con la que seguro se deleitarán uno al lado del otro
después de muchos años: “Tú me acostumbraste, a todas esas cosas, y tú me
enseñaste, que son maravillosas…”.


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