Eran los años cincuenta en un
México sin televisión, o apenas en sus inicios. En provincia solamente se
conocía a los artistas por la radio y las películas en blanco y negro. El Indio
Fernández, Arturo de Córdova, Pedro Vargas, Agustín Lara, Pedro Infante, Jorge
Negrete, María Félix, Dolores del Río, y otras estrellas que en algunos casos
habían dejado sus países de origen para residir en el nuestro.
Entre las últimas, destacaba la
personalidad de la actriz y cantante Libertad Lamarque, quien hasta donde se
sabe, arribó a México por la segunda mitad de la década de los cuarentas,
abandonando sus amadas pampas argentinas. El Sélem, lujosa sala de moda de la
Ciudad Capital campechana, anunció un día la presentación de la diva Lamarque,
en un concierto en el que interpretaría los más sonados tangos de su país y las
mejores creaciones de compositores mexicanos.
Una tarde de viernes, haciendo
eco del entusiasmo delirante que la diva despertara, el viejo camión de redilas
de papá Heberto, salió de Hopelchén transformado de un transporte para carga en
una suerte de autobús de pasajeros con las comodidades que la imaginación y los
recursos permitieron. Palos, lonas, sillas, colchas y cobertores, suplieron las
comodidades de otro medio de transporte mejor calificado.
Después de un viaje de más de
tres horas dada la escasa velocidad que un vehículo de esa naturaleza puede
desarrollar, descendimos por una improvisada escala, justo a las puertas de la
casa de la tía Hortensia, partera empírica. Su modesta vivienda se ubicaba en
el populoso barrio de San Román, muy cercano al Centro Histórico de la Ciudad y
a escasas dos calles de la playa.
Al día siguiente de la
presentación artística, en lo que nos preparábamos para el momento cumbre para
los pequeños, consistente en la obligada visita al mar, una vecina del rumbo,
mezclando la cordialidad con algo de envidia, soltó la simpática frase de
“dichosos los que pudieron ver a Libertina La Marquesa”. Entre la risa
divertida de los mayores y la cara de extrañeza de los pequeños, nos
apresuramos a emprender la marcha y recorrer los escasos metros que nos
separaban de la aventura.
La familia en pleno, nos
acomodamos en la playa, que no era otra cosa que una serie de espacios libres
entre uno y otro taller de fabricación y reparación de barcos, conocidos como
“astilleros”, derivado quizá de los fragmentos desprendidos del labrado de
vigas y viguetas que a golpe de hachas y hachuelas, las manos diestras de los
carpinteros de ribera, iban convirtiendo en piezas de naos cuya estructura era
formada por maderas tropicales, abundantes en la región.
Los adultos vigilantes, y la
chiquillería saltando entre astillas y pedazos de madera sobrantes, en las entonces limpias aguas con curiosas
tonalidades rojizas, moradas y amarillas. Mi madre, que jubilosa contemplaba la
algarabía y el entusiasmo de nuestros juegos, recordaba que entre revolcón y
revolcón, quizá como grito de batalla, este escribidor daba alaridos exultantes
con una especie de extraño canto de guerra, a la voz de “tambuta, tambutero, me
chinga la balada”. Su significado, “chi lo sa”.
Al siguiente día, después del
desayuno, partimos de regreso a casa en el mismo camión de papá, pero ya
guardando en la boca el sabor del agua marina, en los oídos el susurro de las
suaves olas, y en el alma la alegría de haber estado en contacto con nuestro
mar eterno.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario