martes, 20 de diciembre de 2016

Libertina la Marquesa



Eran los años cincuenta en un México sin televisión, o apenas en sus inicios. En provincia solamente se conocía a los artistas por la radio y las películas en blanco y negro. El Indio Fernández, Arturo de Córdova, Pedro Vargas, Agustín Lara, Pedro Infante, Jorge Negrete, María Félix, Dolores del Río, y otras estrellas que en algunos casos habían dejado sus países de origen para residir en el nuestro.
Entre las últimas, destacaba la personalidad de la actriz y cantante Libertad Lamarque, quien hasta donde se sabe, arribó a México por la segunda mitad de la década de los cuarentas, abandonando sus amadas pampas argentinas. El Sélem, lujosa sala de moda de la Ciudad Capital campechana, anunció un día la presentación de la diva Lamarque, en un concierto en el que interpretaría los más sonados tangos de su país y las mejores creaciones de compositores mexicanos.
Una tarde de viernes, haciendo eco del entusiasmo delirante que la diva despertara, el viejo camión de redilas de papá Heberto, salió de Hopelchén transformado de un transporte para carga en una suerte de autobús de pasajeros con las comodidades que la imaginación y los recursos permitieron. Palos, lonas, sillas, colchas y cobertores, suplieron las comodidades de otro medio de transporte mejor calificado.
Después de un viaje de más de tres horas dada la escasa velocidad que un vehículo de esa naturaleza puede desarrollar, descendimos por una improvisada escala, justo a las puertas de la casa de la tía Hortensia, partera empírica. Su modesta vivienda se ubicaba en el populoso barrio de San Román, muy cercano al Centro Histórico de la Ciudad y a escasas dos calles de la playa.
Al día siguiente de la presentación artística, en lo que nos preparábamos para el momento cumbre para los pequeños, consistente en la obligada visita al mar, una vecina del rumbo, mezclando la cordialidad con algo de envidia, soltó la simpática frase de “dichosos los que pudieron ver a Libertina La Marquesa”. Entre la risa divertida de los mayores y la cara de extrañeza de los pequeños, nos apresuramos a emprender la marcha y recorrer los escasos metros que nos separaban de la aventura.
La familia en pleno, nos acomodamos en la playa, que no era otra cosa que una serie de espacios libres entre uno y otro taller de fabricación y reparación de barcos, conocidos como “astilleros”, derivado quizá de los fragmentos desprendidos del labrado de vigas y viguetas que a golpe de hachas y hachuelas, las manos diestras de los carpinteros de ribera, iban convirtiendo en piezas de naos cuya estructura era formada por maderas tropicales, abundantes en la región.
Los adultos vigilantes, y la chiquillería saltando entre astillas y pedazos de madera sobrantes, en  las entonces limpias aguas con curiosas tonalidades rojizas, moradas y amarillas. Mi madre, que jubilosa contemplaba la algarabía y el entusiasmo de nuestros juegos, recordaba que entre revolcón y revolcón, quizá como grito de batalla, este escribidor daba alaridos exultantes con una especie de extraño canto de guerra, a la voz de “tambuta, tambutero, me chinga la balada”. Su significado, “chi lo sa”.
Al siguiente día, después del desayuno, partimos de regreso a casa en el mismo camión de papá, pero ya guardando en la boca el sabor del agua marina, en los oídos el susurro de las suaves olas, y en el alma la alegría de haber estado en contacto con nuestro mar eterno.

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