No es cierto que la
corrupción sea privativa de países latinos y de México en particular; la corrupción existe en todas las naciones del
orbe, lo que hace la diferencia es la tolerancia y lenidad con que se aplica la
ley en contra de la deshonestidad.
La ejemplar Islandia,
tuvo que sufrir una gran convulsión antes de ser el modelo que ahora es. Después
de terminar con un gobierno corrupto y parasitario, los nórdicos llevaron a
prisión a los responsables de su crisis financiera y se dieron una nueva constitución,
elaborada por ellos pensando en ellos. Ejemplo de lo que es la democracia en un
país reconocido mundialmente por su nivel de vida, que supo hacer como debe
serlo, una gran oportunidad a partir de una enorme crisis.
Si nos permitimos un
repaso breve a datos vagos de la historia reciente de algunos países, encontramos
que un gobernador de Illinois, EUA, fue a la cárcel por intentar vender el
escaño que dejó vacante en el Senado el hoy ex presidente.
En Europa, un francés
ex presidente, recibió sentencia de dos años en prisión por autorizar
pagos a veintiún empleados que efectuaban trabajos para un partido político. El
rey de España, se vio obligado a deslindarse del tráfico de influencias de su aristocrático
yerno.
En América Latina, la
presidenta de Brasil fue destituida y enjuiciada por unos casos de soborno. El presidente
y la vice presidenta de Guatemala, primero destituidos y después encarcelados,
acusados de armar una red de defraudación fiscal con impuestos aduaneros.
En Asia, un ministro
japonés se ahorcó en su propia casa acosado por un juez que demandó su
comparecencia por una acusación de malversación de fondos públicos, siendo el
caso el primero que ocurre en ese país desde el fin de la segunda guerra
mundial.
No se trata de querer ser
irónico, pero a la luz de un análisis sereno y desapasionado, tendríamos que
pensar en qué tanto habrá cobrado o habrá tratado de cobrar el gobernador por
una senaduría. Cuánto habrán representado en euros veintiún “aviadores” al
estilo nuestro.
Qué tan grave habrá
sido el desfalco de tres millones de dólares embolsados por el yerno
consentido. Qué tipo y por cuanto habrán sido los sobornos de la señora
presidenta. De cuanto fueron los impuestos aduaneros desviados por los
guatemaltecos. De que magnitud habrán sido los yenes malversados por el
ministro nipón.
Sonroja, no tiene
remedio, comparar lo comentado con lo que antes y ahora sucede en la sufrida
patria nuestra, en la que se presume que dos o tres gobernadores podrían haberse
llevado mucho más que los mencionados antes, todos juntos, y tan campantes.
Atisbando datos aquí y
allá, según el Índice de Percepción sobre corrupción que realiza Transparencia
Internacional, México se encuentra ubicado en la posición ciento cinco de un
grupo de ciento setenta y seis países. En la tabla aparece al nivel de Mali,
Kosovo, Albania y Filipinas.
Algo estará pasando
para que el mexicano común no perciba el asunto como algo verdaderamente grave,
al contrario, le resulta demasiado familiar. Pareciera parte de una rutina que
hace las veces de lubricante de una complicada maquinaria que mueve la economía,
la política y a veces hasta la justicia.
Una mordida, una
propina a tiempo, la recomendación de un poderoso y hasta favores especiales,
hacen poner en movimiento el engranaje oficial para obtener beneficios que de
otro modo no se lograrían. El dinero público desviado, es polvo de los mismos
lodos.
El reproche de la sociedad
se dirige y se limita a tratar de acotar los abusos de la clase gobernante y a
disminuir las distancias entre los pobres y los ricos, pero muy poco a exigir verdadero
castigo a los corruptos. La otra cara de la moneda consiste en esperar el turno
para quitarte tú y ponerme yo.
Será entonces que según
desafortunada frase, es un problema “cultural”, porque nuestra visión difiere
diametralmente de la que se tiene en otras naciones acerca de la corrupción y
de México y los mexicanos.
La corrupción en
consecuencia, la apreciamos como un problema endémico. Es o aparenta ser parte
de la idiosincrasia, de la cultura, de la tradición, de la costumbre. Pareciera
consustancial al mexicano y muy íntimamente ligada a su ser como la sangre a
las venas, como la piel a la carne, y como ésta a la osamenta.
Órganos endógenos y
exógenos han existido a través del tiempo para normar y controlar los actos de
funcionarios públicos. La Contraloría, la Función Pública, y muy recientemente
se impulsa la Comisión Nacional Anticorrupción, sin que la idea logre exaltar
los ánimos y el entusiasmo del ciudadano común y mucho menos los de la clase política
gobernante.
Se habla de abusos de toda
clase: impunidad, mansiones fabulosas, hurtos, derroches, desvíos, malversación
de dinero público, “moches”, vicios, violencia, re etiquetado y aumento de
precios sin razón, litros incompletos y otras cosas, sin más sanción que una
que otra multa, alguna bomba clausurada por unos días, y nada más.
No hay evidencias de
castigos severos a actos de corrupción, como no sea un ex gobernador en fuga
que extrañamente, con todo y su enorme carga humana y material y a pesar de
sofisticados mecanismos cibernéticos de última generación, no se tiene idea de
donde se esconde.
Algún otro gobernador bajo
proceso, otros más aparentemente señalados que están disfrutando plenamente de
la vida en lugares paradisiacos, o continúan activos y tan campantes en la vida
pública.
Un puñado de funcionarios
de poca monta en prisión como única señal, nos llevan a la conclusión
inevitable de que: ¡Está totalmente equivocada Transparencia Internacional,
porque en México no existe la corrupción!.
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