domingo, 22 de enero de 2017

La corrupción, otro mito genial



No es cierto que la corrupción sea privativa de países latinos y de México en particular; la  corrupción existe en todas las naciones del orbe, lo que hace la diferencia es la tolerancia y lenidad con que se aplica la ley en contra de la deshonestidad.
La ejemplar Islandia, tuvo que sufrir una gran convulsión antes de ser el modelo que ahora es. Después de terminar con un gobierno corrupto y parasitario, los nórdicos llevaron a prisión a los responsables de su crisis financiera y se dieron una nueva constitución, elaborada por ellos pensando en ellos. Ejemplo de lo que es la democracia en un país reconocido mundialmente por su nivel de vida, que supo hacer como debe serlo, una gran oportunidad a partir de una enorme crisis.
Si nos permitimos un repaso breve a datos vagos de la historia reciente de algunos países, encontramos que un gobernador de Illinois, EUA, fue a la cárcel por intentar vender el escaño que dejó vacante en el Senado el hoy ex presidente.
En Europa, un francés ex presidente, recibió sentencia de dos años en prisión por autorizar pagos a veintiún empleados que efectuaban trabajos para un partido político. El rey de España, se vio obligado a deslindarse del tráfico de influencias de su aristocrático yerno.
En América Latina, la presidenta de Brasil fue destituida y enjuiciada por unos casos de soborno. El presidente y la vice presidenta de Guatemala, primero destituidos y después encarcelados, acusados de armar una red de defraudación fiscal con impuestos aduaneros.
En Asia, un ministro japonés se ahorcó en su propia casa acosado por un juez que demandó su comparecencia por una acusación de malversación de fondos públicos, siendo el caso el primero que ocurre en ese país desde el fin de la segunda guerra mundial.
No se trata de querer ser irónico, pero a la luz de un análisis sereno y desapasionado, tendríamos que pensar en qué tanto habrá cobrado o habrá tratado de cobrar el gobernador por una senaduría. Cuánto habrán representado en euros veintiún “aviadores” al estilo nuestro.
Qué tan grave habrá sido el desfalco de tres millones de dólares embolsados por el yerno consentido. Qué tipo y por cuanto habrán sido los sobornos de la señora presidenta. De cuanto fueron los impuestos aduaneros desviados por los guatemaltecos. De que magnitud habrán sido los yenes malversados por el ministro nipón.
Sonroja, no tiene remedio, comparar lo comentado con lo que antes y ahora sucede en la sufrida patria nuestra, en la que se presume que dos o tres gobernadores podrían haberse llevado mucho más que los mencionados antes, todos juntos, y tan campantes.
Atisbando datos aquí y allá, según el Índice de Percepción sobre corrupción que realiza Transparencia Internacional, México se encuentra ubicado en la posición ciento cinco de un grupo de ciento setenta y seis países. En la tabla aparece al nivel de Mali, Kosovo, Albania y Filipinas.
Algo estará pasando para que el mexicano común no perciba el asunto como algo verdaderamente grave, al contrario, le resulta demasiado familiar. Pareciera parte de una rutina que hace las veces de lubricante de una complicada maquinaria que mueve la economía, la política y a veces hasta la justicia.
Una mordida, una propina a tiempo, la recomendación de un poderoso y hasta favores especiales, hacen poner en movimiento el engranaje oficial para obtener beneficios que de otro modo no se lograrían. El dinero público desviado, es polvo de los mismos lodos.
El reproche de la sociedad se dirige y se limita a tratar de acotar los abusos de la clase gobernante y a disminuir las distancias entre los pobres y los ricos, pero muy poco a exigir verdadero castigo a los corruptos. La otra cara de la moneda consiste en esperar el turno para quitarte  tú y ponerme yo.
Será entonces que según desafortunada frase, es un problema “cultural”, porque nuestra visión difiere diametralmente de la que se tiene en otras naciones acerca de la corrupción y de México y los mexicanos.
La corrupción en consecuencia, la apreciamos como un problema endémico. Es o aparenta ser parte de la idiosincrasia, de la cultura, de la tradición, de la costumbre. Pareciera consustancial al mexicano y muy íntimamente ligada a su ser como la sangre a las venas, como la piel a la carne, y como ésta a la osamenta.
Órganos endógenos y exógenos han existido a través del tiempo para normar y controlar los actos de funcionarios públicos. La Contraloría, la Función Pública, y muy recientemente se impulsa la Comisión Nacional Anticorrupción, sin que la idea logre exaltar los ánimos y el entusiasmo del ciudadano común y mucho menos los de la clase política gobernante.
Se habla de abusos de toda clase: impunidad, mansiones fabulosas, hurtos, derroches, desvíos, malversación de dinero público, “moches”, vicios, violencia, re etiquetado y aumento de precios sin razón, litros incompletos y otras cosas, sin más sanción que una que otra multa, alguna bomba clausurada por unos días, y nada más.
No hay evidencias de castigos severos a actos de corrupción, como no sea un ex gobernador en fuga que extrañamente, con todo y su enorme carga humana y material y a pesar de sofisticados mecanismos cibernéticos de última generación, no se tiene idea de donde se esconde.
Algún otro gobernador bajo proceso, otros más aparentemente señalados que están disfrutando plenamente de la vida en lugares paradisiacos, o continúan activos y tan campantes en la vida pública.
Un puñado de funcionarios de poca monta en prisión como única señal, nos llevan a la conclusión inevitable de que: ¡Está totalmente equivocada Transparencia Internacional, porque en México no existe la corrupción!. 

  

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