
Sucedió
el día catorce de septiembre de mil novecientos ochenta y ocho, treinta años antes de ahora, en plenas
Fiestas Patrias. Una vez celebrada la víspera la "Gesta Heroica del
Castillo de Chapultepec", y ese día la "Anexión de Chiapas a
Territorio Nacional", me encontraba en la pequeña oficina destinada a la
Secretaría del Ayuntamiento de la Capital, preparando la documentación que debía
leer la noche siguiente frente a la Plaza de la República en lo que sería
la tradicional ceremonia de “El Grito”.
Se
trataba de “El Acta de Anáhuac”, titulada como “La declaración de la
independencia de la América septentrional” respecto de la corona española,
documento al que cada año da lectura el Secretario del Ayuntamiento durante la
importante ceremonia, y ese era mi caso.
Previamente,
por la mañana, había solicitado a mi esposa dar una vuelta rápida al súper
cercano para adquirir algunos víveres, velas, una lámpara de mano, baterías
para radio y otras cosas, toda vez que estaba anunciado un “temporal muy
fuerte”. No existían todavía las populares “compras de pánico”.
Ante
la fuerza del viento que ya estaba doblando los cristales de la oficina que
amenazaban con estallar en pedazos, me apresuré a pegarles algunas tiras de
cinta adhesiva y dejar el Palacio de Gobierno que se encontraba sin personal
porque éste había sido retirado temprano.
Rumbo
a casa, se me ocurrió pasar por la panadería de la familia Chan, popularmente
conocida como “La Mestiza”, aunque su nombre oficial era “IV Centenario”. El
negocio estaba situado en la calle 12, muy cerca de los portales de San Martín.
Adquirí todo el pan que encontré y algunas tablillas de chocolate y me dirigí a
mi casa bajo una fuerte y pertinaz lluvia. No me ocupé de ir al súper confiando
en que mi esposa ya lo había hecho.
Era
el último año de la administración de don José Medina Maldonado, a quien me
tocó acompañar desde principios del mes de marzo de mil novecientos ochenta y
siete hasta el último día del siguiente y último año, cuando entregó el cargo a
Jorge Luis González Curi.
Resguardados
en el hogar de lo que ya era un espantoso ulular de viento y azote de la
lluvia, trepé de cualquier modo al techo de la casa a asegurar con cuerdas la
antena parabólica, un lujo de moda por esos tiempos. Al bajar, después del baño
y vestir las piyamas, nos pusimos a disfrutar de sendas tazas de hirviente
chocolate acompañadas de gruesas rebanadas de “riñones” y “trenzadas”,
generosamente untadas de mantequilla. Una revisión a la despensa nos arrojó
como resultado que contábamos con dos bolsitas de pasta para sopa, un poco de
azúcar, algo de sal y el poco de pan que había quedado de la cena.
A
la hora de la oscuridad, porque a eso de las siete de la noche se desconectó la
energía eléctrica, mientras los hijos jugaban a los “caza huracanes”, pregunté a la “musa lazarillo” en dónde estaban las velas. La
respuesta tímida de mi compañera fue de antología: “la verdad no pensé que se
pusiera feo esto y no fui al súper”.
De
un ingenio que no sé de donde salió, de una botella de refresco, un pedazo de
trapo y un poco de aceite de automóvil improvisamos una lámpara que nos dio un
poco de luz para pasar las peores horas de la noche, aunque era más el humo que
arrojaba que la iluminación que producía.
El
agua y el viento azotaron con desacostumbrada fuerza a lo largo de toda la
noche y parte de la mañana. Un detalle curioso que observamos a la luz
mortecina que suele acompañar estos fenómenos naturales, fue un árbol muy grande
de un terreno cercano al que el viento sostenido de más de ciento cincuenta kilómetros por
hora mantuvo doblado en arco durante ocho o diez horas consecutivas. Así era de
fuerte e incesante el impacto del vendaval.
Al
amanecer del día quince, por la radio del vehículo de casa nos enteramos que la
Ciudad se encontraba en ruinas; nosotros en familia como en la cresta de un
islote y totalmente aislados, habida cuenta de que entonces desde la glorieta
del IMSS, incluyendo la Alameda “De Paula Toro”, el mercado principal, el
Circuito Baluartes, la avenida Central, parte de la
López Mateos, y un buen tramo de la Avenida República se encontraban bajo una
profunda lámina de agua que duró alrededor de una semana en descender.
En
esas andábamos cuando recibimos la visita de dos agentes de tránsito en un
vehículo pesado propiedad de la policía al mando de don Mario Mena Hurtado.
Llegaron hasta mi domicilio para comunicarme
“de parte” del gobernador, que, no se suspendería El Grito, y tenía que "apersonarme"
a las nueve de la noche en el cuarto piso de palacio, donde se celebraría la
ceremonia. ¡Imposible!, fue mi respuesta. "No se preocupe licenciado que antes de esa hora
venimos por usted", replicaron los amables agentes.
En
efecto, mucho antes de la hora convenida, un ruido impresionante me hizo salir
a la calle para encontrarme con un enorme camión de volteo estacionado a las
puertas de mi hogar. El motivo, que el camioncito con el que fueron a avisarme,
se había quedado tirado en el camino y no había ningún otro vehículo que
pudiera cruzar la laguna formada que al paso de las horas había subido
considerablemente de nivel.
El
viaje que realizamos en el caliente, ruidoso e incómodo transporte duró más de una
hora, porque comprendió una serie de vueltas por los sitios en donde el agua se
encontraba en un nivel más bajo. La vista que tuve durante el recorrido me dejó
más que impresionado: las calles totalmente a oscuras, los portales de San Martín en ruinas, lanchas y barcos
sobre aceras y camellones a lo largo del malecón, árboles caídos por doquier, postes derribados, vehículos atravesados en las
calles, y la bella Plaza de la República plagada de enormes pedruscos, ramas y basura
arrastrados por el agua y el viento.
Esa
noche, frente a un muy pequeño grupo formado por el gobernador, el presidente
municipal, unos cuantos funcionarios estatales y municipales, las infaltables
autoridades militares y uno o dos reporteros, celebramos todo el ceremonial sin
faltar detalle alguno.
No
sé si se habrá sucedido en alguna otra ocasión algo parecido, lo dudo, pero me
parece que en la historia reciente de Campeche, esa noche del quince de
septiembre de mil novecientos ochenta y ocho, fue la única vez que la ceremonia
de “El Grito” se llevó a cabo bajo techo. El desfile del dieciséis, por
supuesto que se suspendió.
La
historia no terminó ahí; hay más cosas que contar… y lo haremos.
Que la democracia y la libertad imperen
siempre
Impresionantes
los últimos acontecimientos relacionados con el debut de una de las cámaras
federales, la de la máxima representación republicana. Improvisación, línea de
un poder paralelo en integración, es lo de menos, lo que cuenta es el resultado
de decidir sobre las rodillas un asunto ya aprobado que por su nimiedad no
debió haber escalado.
Una cuestión escabrosa que a futuro podría derivar en medidas perjudiciales para la
mayoría de los mexicanos, presionadas por una minoría irreflexiva, insatisfecha,
ansiosa, que exige a quienes eligió romper lanzas y arrojarse al vacío. Una
porción de la sociedad que reclama al próximo presidente por decir que recibirá de Enrique
Peña Nieto un país más fuerte que el de hace seis años, aún con todos sus
pendientes, como si no se entendiera que declarar una cosa diferente sería
desastroso para los mercados, para los que sólo cuentan sus intereses.
Hay
una porción de la sociedad que vive tensa, que exige mejorías, entre ellas, que
el próximo gobierno cumpla sus
compromisos de campaña, como el de bajar los precios de los combustibles
mediante cualquier vía, incluyendo la desaparición o disminución de los
impuestos, porque así lo ofreció el candidato en su campaña.
Exigir
en este momento es injusto y desproporcionado, ya que aún le faltan tres meses
a Andrés Manuel López Obrador para tomar posesión como presidente de la
República, y no se descarta una sorpresa a los mexicanos desde su arribo, anunciando esta y tal vez otras medidas.
Debe
recordarse que solamente se instaló el legislativo con todos sus problemas y
faltan menos de tres meses para que el nuevo ejecutivo tome posesión del cargo. Hay
que dejar al próximo presidente realizar su propio programa de gobierno. Brindémosle la oportunidad,
escuchemos su discurso de toma de posesión el primer día de diciembre. Podría haber sorpresas.
Un estadista de los tiempos mozos, habilísimo orador, hombre de gran
talento político y con una visión muy clara de los asuntos de estado, solía diferenciar las tendencias de los gobiernos
según su orientación de esta manera: “el
capitalismo y la democracia, garantizan la plena libertad, pero no aseguran el pan. El mesianismo, la autarquía y el gobierno unipersonal, tratan de garantizar el pan, pero no se ocupan ni se preocupan por las libertades”.
Ejemplos
tenemos muchos y algunos cercanos de que en aras de garantizar ese anhelado
pan, lo convierten en mendrugos que no alcanzan a paliar las necesidades
populares, mientras el objetivo principal de sus esfuerzos, el pueblo, se
debate entre la escasez y el infortunio. Citar países sería ocioso y además,
meterse en cosas que a otras naciones corresponden.
A
escasos ochenta días de iniciar un nuevo ciclo en la historia patria, novedoso
por lo que a estrategias se refiere, prevalece un ambiente por
demás enconado, con un sector poblacional -afortunadamente cada vez menor- que
sin razones empuja al radicalismo y a una toma de decisiones errada que pudiera hacer caer al país en la desdichada posibilidad de alargar lo que todavía no empieza.
Ojalá
por bien de una democracia todavía joven, los que están siendo tentados a
completar las tres cuartas partes necesarias para cambiar de fondo la
Constitución, entiendan su momento histórico. No
piensen en la lealtad a alguna causa, tampoco en sus partidos. Piensen en
México, su país, el mismo que algún día se los premiará o se los reclamará
airadamente.
Que los que integran la exigua oposición, analicen con objetividad su situación y obren en consecuencia, y si se deciden por lo que pudieran considerar más adecuado a sus intereses personales, mediten seriamente en el juicio severo de la historia.
Quien se decida por el camino fácil, el de tratar de garantizar un pan que podría convertirse en migajas y opte por poner un clavo, uno solo en el ataúd de la democracia y las libertades, en su momento recibirá del pueblo el justo calificativo que sus actos le merezcan.
… Y ALGO MÁS
De los mejores trescientos del país
Honor a quien honor merece, y qué bueno que ese sea para uno de los nuestros. Así podemos calificar la decisión de los directivos de la revista Líderes Mexicanos, que incluyó en su lista anual de Los 300 líderes más influyentes de México 2018, al gobernador Rafael Alejandro Moreno Cárdenas.
En la categoría Poder Ejecutivo, se le otorgó la distinción durante la comida ofrecida a hombres y mujeres del país considerados este año en los ámbitos cultural, deportivo, empresarial, artístico, político y gubernamental.
Acompañado del Coordinador de Comunicación Social, Walter Olivera Valladares, Moreno Cárdenas declaró en su mensaje que: “La gestión va de la mano de una buena planeación para poder detonar sectores como el turismo, campo e infraestructura”.
El reconocimiento, como es su práctica común, lo atribuyó a un trabajo en equipo que brinda resultados que se traducen en la menor incidencia delictiva del país y la puesta en marcha de importantes programas que involucran a los municipios y generan mejores oportunidades.
Por si lo anterior no fuera suficiente, ese mismo día y a diferente hora, Moreno Cárdenas recibió el premio a las Mejores Prácticas de Gobiernos Locales, en la categoría Planeación, que otorga la revista Alcaldes de México. Este segundo reconocimiento, se le concedió por la estricta disciplina observada en su gobierno en el manejo de las finanzas públicas.
Otra vez y como el mejor testigo y legítimamente orgulloso difusor, el licenciado Olivera Valladares. En resumen, una verdadera y auténtica distinción para Campeche, su pueblo y su gobierno.
Que los que integran la exigua oposición, analicen con objetividad su situación y obren en consecuencia, y si se deciden por lo que pudieran considerar más adecuado a sus intereses personales, mediten seriamente en el juicio severo de la historia.
Quien se decida por el camino fácil, el de tratar de garantizar un pan que podría convertirse en migajas y opte por poner un clavo, uno solo en el ataúd de la democracia y las libertades, en su momento recibirá del pueblo el justo calificativo que sus actos le merezcan.
… Y ALGO MÁS
De los mejores trescientos del país
Honor a quien honor merece, y qué bueno que ese sea para uno de los nuestros. Así podemos calificar la decisión de los directivos de la revista Líderes Mexicanos, que incluyó en su lista anual de Los 300 líderes más influyentes de México 2018, al gobernador Rafael Alejandro Moreno Cárdenas.
En la categoría Poder Ejecutivo, se le otorgó la distinción durante la comida ofrecida a hombres y mujeres del país considerados este año en los ámbitos cultural, deportivo, empresarial, artístico, político y gubernamental.
Acompañado del Coordinador de Comunicación Social, Walter Olivera Valladares, Moreno Cárdenas declaró en su mensaje que: “La gestión va de la mano de una buena planeación para poder detonar sectores como el turismo, campo e infraestructura”.
El reconocimiento, como es su práctica común, lo atribuyó a un trabajo en equipo que brinda resultados que se traducen en la menor incidencia delictiva del país y la puesta en marcha de importantes programas que involucran a los municipios y generan mejores oportunidades.
Por si lo anterior no fuera suficiente, ese mismo día y a diferente hora, Moreno Cárdenas recibió el premio a las Mejores Prácticas de Gobiernos Locales, en la categoría Planeación, que otorga la revista Alcaldes de México. Este segundo reconocimiento, se le concedió por la estricta disciplina observada en su gobierno en el manejo de las finanzas públicas.
Otra vez y como el mejor testigo y legítimamente orgulloso difusor, el licenciado Olivera Valladares. En resumen, una verdadera y auténtica distinción para Campeche, su pueblo y su gobierno.

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