jueves, 20 de agosto de 2020

DE MUCHO, UN POCO/Chivos expiatorios y mansos corderos

La expresión se halla en la primera parte de la bella colección de libros históricos de las profecías, la poesía y la sabiduría del Cristianismo, la Biblia. Está en el Antiguo Testamento, el de las Leyes Mosaicas y sus diez Mandamientos.
Una disculpa a la respetable grey. Lo anterior, desde de mi escasa cultura religiosa, no tiene más propósito que ponerlo en contexto. El concepto, pues, se ha incorporado a nuestro idioma y a muchas más lenguas de todo el planeta.
Se lo puede encontrar en las más diversas literaturas religiosas. Surge del ritual de celebración del “Día de la Expiación”, cuando los hebreos sacrificaban un macho cabrío en honor a Yahveh, y por la indulgencia frente a sus pecados.
En Psicología Social, la idea es parte de un proceso -social, por supuesto- a través de cual, injustamente se achaca a una sola persona o grupo algo que no hicieron. Como resultado, el causante inculpador nunca se ve ni se determina.
Específicamente, el calificativo chivo expiatorio se aplica para estigmatizar a un aparente ejecutor, y juzgarlo, y condenarlo ante la falta de un verdadero culpable. En los casos Kennedy y Colosio, ni Oswald ni Aburto convencieron, pero, muertos o vivos, siguen ahí como expiadores de intrigas palaciegas jamás dilucidadas.
Ahora mismo, en un alarde de eficaz propaganda, se ha armado un gigantesco circo con escasa profundidad jurídica y cuestionable técnica procesal, pero con una efectividad política que pasma, ante una sociedad entre asombrada y confundida.
Hay que reconocer la sagacidad del presidente, y sin justificar sus medios ni sus procedimientos, reconocer su habilidad para manipular la opinión pública, y poner en aprietos a quien apunta con su dedito mientras lo defiende con el micrófono.
Desde que el joven “L” llegó y pasó sus primeros días en un dispensario médico de gran lujo, después en la comodidad de una de sus fastuosas residencias, el presidente lucía relajado viendo como él y otros sentían moverse el piso.
No importaban el debido proceso, ni la presunción de inocencia, ni que el resultado fuera la libertad colectiva y los reclusorios sin personajes importantes. Tal vez ni la señora Robles durara en el encierro. Lo que contaba era el escándalo mediático.
Que los expiados devuelvan dinero para regalar a los pobres; que los acusados sean juzgados por “el pueblo”. Que salgan libres y absueltos; lo que importa es exhibirlos como ejemplo de la odiosa corrupción y la lucha del presidente en su contra.
Por ahora la 4T sólo juzga, quien acusa es el joven “L”. En su desesperación, juguete en manos de sus captores y ante el temor de terminar sin bienes y sin libertad, suple al verdadero quejoso y señala con nombres, apellidos y cargos. Los involucrados, seguros de que no habrá consecuencias legales, enfrentan al acusador, que deberá probar y responder a los reclamos.
El presidente dejaba los acontecimientos fluir, y que “el pueblo” entendiera de qué lado está la corrupción. En eso se estaba cuando vino una respuesta del lado contrario, seria, dura, contundente, que cambió el panorama y varió el rumbo de las cosas. El resultado está por venir, y desde luego será tema de otro comentario.
Lo seguro es que habrá damnificados, como un paisano nuestro. También el hombre de mayor confianza de un importante mandatario estatal. Los dos, presas menores, se encuentran a un paso del cadalso como chivos expiatorios. Podría haber más, y el joven “L” sería otro cabrío en apuros, y por qué no, hasta un manso cordero marcado para el sacrificio. 

La última de la Conago 
Peculiar, y si no atípica, por lo menos diferente la última reunión de la Conferencia Nacional de los Gobernadores celebrada en San Luis Potosí, a la que asistieron el presidente López Obrador y su equipo de colaboradores.
La cordialidad, fría y convencional muchas veces en encuentros anteriores, esta ocasión ya no lo fue tanto. Hubo quejas, muy serias algunas como la del gobernador de un estado norteño conocido por la violencia que asuela sus calles y carreteras.
En recorrido previo, un desencajado gobernante desgranó quejas por lo que consideró un embate en contra de su gobierno. Casi fuera de sí, por poco pone nombre y apellidos, lo que obligó al presidente a dar por terminado el tema pese a la insistencia de algunos reporteros.
Por supuesto estuvo ahí el gobernador Carlos Miguel Aysa González, quien como es costumbre, con prudencia y tino y sin ponerse en contra de los gobernadores inconformes, dejó claro el trato cordial y respetuoso que tiene con el presidente y su gabinete, en especial con la secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero.
Las expresiones del mandatario campechano dan la pauta de la buena relación que existe entre ambos órdenes de gobierno: “…seguimos privilegiando el diálogo y los acuerdos en materia de salud, economía e impulso social beneficio de México y de Campeche. Hoy reafirmamos nuestro compromiso de trabajo coordinado e institucional con todas las dependencias del gobierno federal”. 

… Y ALGO MÁS

Brigadistas del Operativo Covid-19 
En un acto sencillo, el gobernador Aysa González acompañado por Pedro Armentía, secretario general de gobierno, pasó revista a uno de los treinta y nueve grupos de Brigadistas del Operativo Covi-19 de la Secretaría de Salud. Búsqueda, rastreo y atención clínica donde se focalicen alto número de casos, es parte de su actividad.
Es destacable que este Operativo, denominado Prudencia cuando la entidad se encontraba en semáforo naranja, ahora se conozca como Esperanza desde el cambio a amarillo de riesgo epidemiológico medio. Ojalá en el mediano plazo y con el uso del cubre bocas y otras prevenciones, con la luz en verde podamos llamarle Aurora. 

Entre generales te veas 
Lo leí o lo vi en el cine, no lo recuerdo. Al final de la segunda gran guerra, las potencias ganadoras se dividían el planeta. En algún lugar de Inglaterra se daba el encuentro entre dos colosales generales, George Patton por Estados Unidos de Norteamérica, y por los soviéticos, Gueorgui Zhukov.
Ninguno cedía en sus posiciones, hasta que una “mentada” cimbró la reunión. Todos esperaban un duelo a balazos y el fin trágico. Del insulto se llegó a la conclusión de que, si dos estrategas no podían ponerse de  acuerdo, dos “jijos de la mala vida” sí podían hacerlo. Final feliz con whisky, vodka, abrazos, y hasta besos en las mejillas.
Esta anécdota de hace tres cuartos de siglo me hace concebir una sugerencia: si los políticos que hoy andan a la greña no pueden ponerse de acuerdo con el diálogo y el acuerdo civilizado, como Patton y Zhukov, deben intentar nuevas vías de solución menos ortodoxas para retornar a la calma y dejarnos en paz.

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