Contrario a lo que muchos piensan, las encuestas no son nuevas. Se emplearon en el comercio, sobre todo el complicado tiempo de la Gran Depresión, cuando era muy importante mantener la fidelidad de la escasa clientela y garantizar su recomendación para el éxito del negocio.
Su precursor, George Gallup, nacido en Estados Unidos el primer año del siglo veinte y fallecido en Suiza ochenta y dos años después. Se trata de “una investigación en la que se recopilan datos mediante el cuestionario previamente diseñado, sin modificar el entorno ni el fenómeno donde se recoge la información, ya sea para entregarlo en forma de tríptico, gráfica o tabla”.
Su primer uso aplicado a la política fue por mil ochocientos veinticuatro en el condado Harrisburgh, Pensilvania, USA, durante la campaña por la presidencia entre John Quincy Adams y Andrew Jackson. El resultado aplastante dos a uno por estados a favor de Adams puso el método relativamente en la mira de los políticos de ese tiempo.
Bajo solemne compromiso de hablar con la verdad y con una disculpa a la gente de Harrisburgh -y a la de Campeche-, este emborronador de cuartillas ratifica que no cree en las encuestas. Dicho con el mayor respeto para sus autores, así las realicen con estricto apego al método científico, o a lo que dispone quien ordena de acuerdo a su presupuesto.
En todo caso, la encuesta es una herramienta de medición -muy relativa- para manejo interno de los candidatos desde sus “cuartos de guerra”. Su objetivo principal, ir ajustando estrategias y reorientando el rumbo de sus actividades con base en lo que sus seguidores, o mejor aún, los potenciales electores demandan.
Así las cosas, las encuestas de a “peso el kilo” acompañadas de frases triunfalistas con las que se pretende engatusar a la población, no son más que estrategias de persuasión, y mientras más altas se presenten, mayor es el grado de preocupación del candidato que las exhibe y las presume.
En resumidas cuentas y sin más encuesta que la propia opinión, con base en su experiencia en casos similares, el autor, por su larga vida como protagonista en anteriores contiendas, afirmaría que en este momento y a un mes de la elección, no hay nadie que pueda presumir de una aplastante intención del voto a su favor.
A estas fechas, por sus propuestas y el trabajo de territorio propio y de sus seguidores, Chrstian Castro ha logrado con lentitud pero con firmeza, ir remontando en la preferencia electoral. De un principio incierto, mantiene una diferencia a favor de tres o cuatro puntos del siguiente puesto, disputado cerradamente por Layda Sansores y Eliseo Fernández.
Podría haber ascensos y descensos, pero esto se verá a partir de los resultados del debate, y tendrá que ver
con las propuestas que los candidatos puedan articular, o de los
argumentos que se esgriman en contra del puntero, más contundentes que acusarlo de ser
familiar del dirigente nacional del PRI.
De Castro bello dependerá resaltar sus méritos.
Es un joven prudente, con experiencia y preparación. Su posición económica modesta,
fruto de su esfuerzo y el de su familia, su mejor carta de presentación. No se le conocen oro mal
habido, rastros de sangre, actos de corrupción o bienes obtenidos a expensas del
patrimonio de terceros.
Eran muchos y llegó visita
“Ya
estaba llena la casa y vinieron los tíos y primos del rancho”, decía un
viejo amigo del norte. Lo mismo que un familiar cercano que de manera parecida
refería que un mal nunca viene solo, y cuando más tranquilo se estaba, alguien
regaló una tambora al escandaloso de la familia.
Primero el INE y después el Trife, acotaron
los márgenes de los partidos para impedir que con acuerdos de coalición se
construyan mayorías a modo que se aparten demasiado de los resultados en votos
de la elección. Que no rebasen el tope
máximo del ocho por ciento de sobrerrepresentación en la Cámara de Diputados
como sucede desde dos mil doce.
Un duro golpe, legítimo y legal, pero golpe
al fin, a los planes y propósitos de apoyarse en su obsequiosa mayoría para
consolidar en lo posible los fines de la 4T, y prolongar sus efectos por lo
menos el equivalente a dos sexenios, de preferencia con AMLO al frente si la
edad y su condición física se lo permitieran.
… Y ALGO MÁS
La larga lucha contra las instituciones
La última semana del mes de abril tuvo de
todo para el presidente de la República. Andrés Manuel López Obrador, firme
y dispuesto en su incansable lucha contra las instituciones del estado mexicano, no tuvo
precisamente buenas nuevas, pero sí un motivo más de frustración en su
propósito.
Como una joya que se crea a modo y con estilo, el primer
mandatario y quien debiera ser el principal custodio de las instituciones que
han costado innumerables pérdidas de recursos monetarios, pero también sangre,
sudor y deterioro político, sumó una cuenta más al collar que está
confeccionando.
Ya estaba anotado en la lista y en un lugar
preferente el Instituto Nacional Electoral, su consejero presidente y otro
consejero. No era poca cosa impedir al presidente ser líder de su partido,
a la vez que árbitro, custodio y rector de las elecciones. Pero principalmente, por atreverse
a dejar fuera de la contienda a los
candidatos de Guerrero y Michoacán.
Así estaban las cosas mientras la clase
política en el poder se regodeaba ante la posibilidad de que el Trife revocara
la decisión y restituyera a los afectados al lugar en el que se encontraban.
Vaya desilusión, el Tribunal lo
ratifica y en consecuencia, se suma como una nueva cuenta al vistoso collar de enemigos de la democracia.
Ya habíamos comentado hasta en dos ocasiones
que la decisión del INE y ahora del Trife nos parecía excesiva, lo seguimos
pensando. Excesiva, de acuerdo, pero de ninguna manera ilegal, porque la ley
contempla esta conducta. Sin discriminar sobre el monto, se trata del hecho y
no de lo omitido. Dura lex, sed lex, dicta el principio
proveniente del Derecho Romano, y esta es la realidad de los candidatos y la
congoja del primer mandatario nacional.
Una vez más el presidente, desde el altar
patrio de su mañanera perorata, se fue con todo en contra del INE y el Trife llamándolos
perpetradores de un golpe a la incipiente democracia mexicana, un exceso y una
provocación. En su papel de dirigente partidista antes que de gobernante,
recomendó a sus correligionarios no desmoralizarse “a pesar del agravio”.
¿Agravio? ¿A quién? Si el primero lo está
cometiendo el presidente al desoír las recomendaciones del verdadero árbitro
electoral de refrenar sus declaraciones y abstenerse de intervenir en las
campañas a favor de un partido o una facción, y hacer publicidad negativa en
contra de algún candidato, partido o coalición.
Sus últimas declaraciones resumen su abierta
intervención: “no se desanimen, no se
exalten, hay que actuar con la cabeza fría, aunque se tenga el corazón
caliente. En la lucha por la democracia se tienen que enfrentar muchos
obstáculos y hay que aprender a evadir el acoso y la provocación”. Ni el otro “líder”, Mario
Delgado, se hubiera atrevido a este pronunciamiento.
La de Telecomunicaciones, una
ley para torcer la ley
La
intención de recopilar los datos biométricos de los mexicanos, poner en duda su
presunción de inocencia y ubicarlos a priori de presuntos inocentes en
probables culpables a cambio de usar un aparato de telefonía móvil, al parecer no
va por buen camino.
A
las suspensiones definitivas concedidas en dos amparos interpuestos, ahora se
suma la intervención del Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la
Información y Protección de Datos Personales que interpondrá en contra una controversia
constitucional ante la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Todavía podemos respirar a pleno pulmón.

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