sábado, 26 de junio de 2021

DE MUCHO, UN POCO/Del rock al rating

Semana a llenar la que recién terminó. De todo en surtido, precio y calidad, y de producción nacional e internacional como anunciaban en sus aparadores las antiguas boticas que poblaron las calles y avenidas de nuestras ciudades.
Terminadas las visitas de la bella e inteligente vice presidenta de los Estados Unidos y de personajes muy importantes de la administración del presidente Biden, básicamente los que tienen que ver con su seguridad nacional, asoman su feo rostro algunas cuestiones.
Incuantificable la sangre derramada. Secuestros, levantones y asesinatos de candidatos incómodos. Activa la delincuencia como nunca en la historia política contemporánea del país. De remate, la vil masacre de Reynosa contra gente del pueblo, pobres en su mayoría.
Mucho cuidado. No es un secreto que la ciudad de la tragedia y las vecinas Matamoros y Nuevo Laredo, son puntos de contacto permanente entre ciudadanos de México y Estados Unidos que a diario cruzan la frontera por cuestiones de trabajo, comercio o turismo.
Si en la terrible acción se hubiera visto involucrado algún ciudadano norteamericano, en este momento estaríamos recibiendo la condena y la advertencia de los organismos de seguridad norteamericanos como sucedía en tiempos de Trump.
Como ocurría en el pasado cercano, ya se hubiera amenazado con cerrar la frontera, y vinculado al crimen organizado y al narcotráfico con el terrorismo. En eso tiene razón el presidente, que nunca suceda para que nadie amenace hollar con sus tropas nuestro territorio.
Agreguemos el cese que no “renuncia por motivos de salud” como dictaba el clásico de los tiempos del priismo, en contra de la poderosa secretaria de la Función Pública. En su escritorio quedarían expedientes destinados a “sanitizar” trayectorias de “impolutos”.
Incluyamos otro show, el de la consulta ciudadana para encarcelar a ex presidentes. Trivial, innecesaria, y sobre todo costosa. Quien logre entender la complicada única pregunta, tal vez no comprenda el valor de su sufragio, el precio sí, ha quedado claro.
El despido disfrazado -dos serían muchos-, del jefe de los súper delegados y operador de la política asistencial de la 4T. Falló el hombre de confianza del presidente, señor feudal que administró miles de millones de pesos de programas sociales a través de sus “siervos”.
El asunto inacabado de la reelección disfrazada de elongación del término del mandato del ministro presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Ha dividido a sus pares y puesto en tela de juicio la respetabilidad y confiabilidad de la Institución.
La pérdida de la mayoría calificada en la Cámara Baja. No menos importante. Negociable, sí, si algunos deciden cambiar nombre, patria y dignidad por reluciente oro.
Sumemos el enojo presidencial que no cede desde la caída del bastión más importante del feudo morenista y de varias décadas atrás de los gobiernos de izquierda. Cayó el corredor formado por parte del EdoMex y la mitad de la Ciudad de México, pintados de verde-azul.
Qué decir del primer dictamen acerca de la tragedia de la línea 12 del Metro. Lamentablemente ha puesto en aprietos a la Jefa de gobierno capitalino y al Canciller, ambos presidenciables. Ella, por no dar mantenimiento; él, por ordenar la construcción.
El presidente ha tomado el mando y el control de las acciones para recuperar el servicio en el lapso de un año. La constructora ofrece su respaldo absoluto y tal vez la reconstrucción. A cambio, no habrá más declaraciones que las que surjan de las conferencias mañaneras.
Pensando en el tema de la Línea 12, algo trae a la memoria aquel rock de los sesenta interpretado por los Teen Tops y Enrique Guzmán. Se llamaba “Presumida”, y en un párrafo decía: “Todos hablando de hombres ilustres, pero de Elvis Presley nadie habla jamás”.
En el caso del trenazo, se trata de desvincular a los que construyeron la obra, al gobierno que la contrató y al que debió darle mantenimiento. Parafraseando el tema rocanrolero, Todos hablan de hombres (y mujeres) ilustres, pero de los veintiséis muertitos nadie habla jamás.

Cargada contra los comunicadores
Por más que le busquemos, en México no hay (todavía) una dictadura. Por supuesto que no si nos comparamos con Cuba, con Venezuela y con Nicaragua. Claro que no, aquí todavía se respiran ciertos aires de democracia a pesar de algunos hechos que están propiciando el levantamiento de muchas cejas.
No muy lenta, tampoco violenta, hay una paulatina marcha de lo civil a lo militar. Carreteras, aeropuertos, vías de tren, estaciones, edificios bancarios, obras de infraestructura portuaria, administración de aduanas, puertos y aeropuertos, seguridad. Además de alejar las posibilidades de ocupación y empleo a los mexicanos, los está obligando a dejar la vida civil y alistarse en las fuerzas armadas para asegurar el pan y el techo de sus familias.
Lo más grave, los últimos días y semanas se ha recrudecido la guerra desatada desde el púlpito mañanero en contra no sólo de los medios de comunicación respondones o que no comulgan con las ideas del gobierno, sino que, con mayor énfasis, se está azuzando a un linchamiento popular poniendo nombre y apellidos de los comunicadores incómodos en la mente de sectores extremistas y fanáticos.
Mucho cuidado con esta acción, enfrentar a la población en contra de personas físicas con un trabajo y una ocupación lícita y válida, es caer en la anarquía de poner la fuerza del estado al servicio de la crucifixión de miembros de la sociedad a los que está obligada a proteger. Eso, querámoslo o no, es parte del acoso común en las dictaduras, y nosotros (todavía) no estamos en ese caso.

... Y ALGO MÁS

Las caravanas y sus organizadores
Pudo ser producto del ingenio y la inventiva de las familias campechanas, ávidas de algún momento de distracción y la oportunidad para celebrar sus acontecimientos preferidos, entre ellos cumpleaños, aniversarios de boda, fiestas infantiles, graduaciones, y cualquier ocasión que alegrara a la familia en medio del prolongado encierro provocado por la pandemia.
Caravanas le llaman a la romería que, concebida aquí o en cualquier país o región, permite a las familias verse, saludarse y felicitarse como un modo novedoso de reunirse sin riesgos de contagio. Enmascarados, a bordo de sus vehículos y cargados de regalos para el festejado, al estilo del peregrinar de los reyes de oriente en busca de su salvador.
Las caravanas ya no nos son ni extrañas ni novedosas, es más, forman parte del paisaje de la ciudad y son de lo más comunes. Trasladadas al ámbito político, a últimas fechas están fluyendo como corriente incontenible con rumbo a una casa de muros blancos, muy cercana a una gasolinera. Día y noche marchan con sus regalos a cuestas. Aunque la festejada se encuentre ausente, no faltará quien le haga saber de su cariño.
Como la fruta madura atrae a las moscas, los atildados organizadores hacen presencia, solicitan atención, y si se puede, un poco de afecto. Contemporáneos, parientes lejanos, ex condiscípulos, amigos, amigos de los amigos, de todo hay entre los que están llenando los requisitos establecidos por los celosos aduaneros. Los severos filtros impuestos por los que llegaron antes y se sienten primeros en derecho aunque no cuenten con otros requisitos y atributos, y los que llegaron de último, pero cumplieron con sus sesos y sus pesos.
Los devotos peregrinos deben saber que el proceso no ha terminado. A pesar de que el cómputo del Instituto Electoral favorece a la dueña de la casa, hay pendiente un largo tramo por recorrer en tribunales, y Campeche, junto con Michoacán y Aguascalientes, tienen documentada tal cantidad de irregularidades que la decisión podría prolongarse y traer sorpresas.
A lo mejor lo saben, quien puede adivinarlo, pero al fin de cuentas esto no importa, bastaría con ajustar el radar y dirigir la cariñosa caravana hacia otro punto de la ciudad y reiniciar el intento de acercamiento al compás de aquel corridito de don Chava Flores: Yo soy primo de la  hermana de un señor que no vino a la fiesta, y yo soy cuate del sobrino de Nabor, que toca con la orquesta.

 
 

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