Primero la anécdota: hace muchos años y en cierto
lugar, un periodista de renombre fue invitado a dirigir un periódico de bello
formato que incluía colores, verdadera novedad. El problema, que se trataba de la
franquicia de un diario nacional poco menos que oficial.
Un director profesional, competentes reporteros,
extraordinarios editorialistas, maquinaria rotativa de última generación, y
numerosos voceadores para atender a los suscriptores y vender el excedente. Lo
malo, la escasez de unos y otros a falta de una línea crítica.
El director solicitó a quien tenía que hacerlo
la autorización para dar de vez en cuando un golpecito mediático a algún
funcionario que estuviera fallando. Abundaban. La respuesta fue un no, y así
siguió hasta el cierre y la convicción de que, lo
que sólo alaba no ayuda en nada.
Algo así sucedió en días recientes con un
programa en un medio de los denominados peyorativamente chayoteros: un
funcionario muy conocido, entrado en declaraciones mostró desdén por los
cansados niños con cáncer y sus agobiados padres, atreviéndose a llamarlos
golpistas y parte de una conjura internacional encaminada a derrocar al
presidente.
Impensable en un canal serio. Nunca se hubiera
prestado a semejante barbaridad, menos a que uno de sus conductores hiciera
segunda, y a veces hasta primera a un desatado “Doctor Herodes”. La caída del
rating de la televisora hubiera sido estrepitosa y el cese inmediato.
Los que tuvieron la osadía de ver dicho
programa, no podían dar crédito a la idea de que unos niños cuyas vidas se
encuentran amenazadas por una terrible enfermedad, junto con sus angustiados y
desesperados padres, tengan humor para armar conjuras de tal magnitud.
Como replicar a uno de los “mejores científicos”
del mundo, incapaz de mentir, como le agrada al presidente. Imposible dudar del
que, contradiciendo a la OMS, aseguró que el cubre bocas es innecesario y un dispositivo que, “sirve cuando sirve y no sirve cuando no
sirve”.
O bien que, en el escenario catastrófico
que calculara antes de “domar” la pandemia, ya sabía que las pruebas rápidas
eran una jalada de la OMS, que la gente podía abrazarse y besarse e ir a playas
y restaurantes como él mismo lo hacía. El que demostró que para ser una “fuerza moral y no de contagio”, basta con llamarse Andrés Manuel López
Obrador.
Sí señor, el epidemiólogo, virólogo, vacunólogo,
infectólogo y hasta entomólogo, especializado en rollos mañaneros. El hombre de ciencia
que probó que las cucarachas son ovovivíparas, que salen de los huevos y
también de las maternidades, que caminan sin problemas en dos patas y, a veces en programas oficiales hacen
declaraciones criminales que lastiman a las familias en el alma.
Los
nuevos urbanistas
La andanada empezó en casa cuando apenas se
daban los primeros escarceos en las inconformidades posteriores a las
elecciones locales. Todavía no se sabía
de las ciento ocho mil boletas “olvidadas” cuando ya arrancaba una guerra sin
cuartel que todavía sigue.
Gente que en apariencia ama entrañablemente
la Ciudad Capital -no puede imaginarse nada diferente-, reparó en que algunos
edificios afean el entorno del Centro Histórico, y en un arranque súbito de
amor por el terruño, concibieron la idea de demolerlos para continuar el trazo original
de la muralla circundante del primer cuadro citadino.
Los destacados urbanistas olvidaron que, ya
entrados en la tarea, había que aplicar la picota no solo a los edificios de
partidos políticos y sus filiales, tendría que incluirse la empresa propiedad
del gran amigo del presidente, el que generosamente se comprometió a dar “manita
de gato” sin costo al puente de la L12 colapsado.
Pero también, tendría que echarse mano del
presupuesto, quizá de los próximos tres años, para adquirir por cualquier vía
todos los edificios y construcciones desde Much Haltún hasta San Pedro,
incluidos una escuela, un parque, edificios emblemáticos y un próspero hotel.
Y eso sería solamente para cumplir con la tercera
parte del ambicioso proyecto histórico y arquitectónico de los desinteresados e
imaginativos urbanistas. Si se hiciera saldría muy caro, pero quedaría bonito.
... Y ALGO MÁS
Nadie
quiere la violencia
El presidente es un hombre de grandes
contrastes. Nadie puede negar bajo riesgo de ser desmentido, que tiene un gran
ascendiente en una buena parte de la sociedad, tal vez alrededor del sesenta
por ciento. A ojos cerrados se atreven a confiar sin replicar en sus pregones.
La otra parte no cree en sus ideas, las
rechaza y no está dispuesta a seguir sus demandas. Esa porción la componen
fundamentalmente las clases medias. Habitantes mayoritariamente de las ciudades,
que a diario se rompen el alma para hacer crecer la economía, propia y del
entorno.
Esas clases medias fueron causa de un
severo frenón al propósito personal de
López Obrador y su 4T de dar un giro total a la economía y a la política, desapareciendo
de una vez y de un plumazo, leyes e instituciones que han presidido la vida
nacional desde el Constituyente de Querétaro.
Si se observa, desde el seis de junio, el
presidente está intranquilo; sus frases ya no son necesariamente aquellas en
las que la burla y el sarcasmo manaban como fuente inagotable en cada mañanera,
no tanto para golpear, un poco más para mofa y desdén de sus adversarios.
No es para menos, aunque presuma las
victorias de sus candidatos a las gubernaturas, tiene una herida en el costado.
Irónicamente, a pesar del dominio que tendría con sus nuevos gobernadores, las
posibilidades de concretar su programa nacional parecen diluirse.
La mitad del altiplano, génesis de su mejor
tiempo político y el espacio ideal para el nacimiento de su propuesta de nación
y su propio proyecto, no es más su territorio, y está siendo némesis de su
ambiciosa aspiración. El área metropolitana no es sólo suya y de sus sueños y
aventuras, ya la comparte con sus odiados adversarios.
El presidente ha modificado el tono de sus
discursos. Sus palabras ya no tienen la cadencia del triunfalismo y de los
grandes proyectos una vez enterrado para siempre el sistema capitalista y
neoliberal, y aterrizado un régimen vertical, con un solo gobernante -él-, sin
contrapesos.
El hombre sabe que en un régimen ideal
nadie es capaz de contradecirlo. Le enfada la resistencia de sus contrarios y
le incomoda pensar que para concretar su sueño casi fallido, tendrá que
negociar con la oposición. No lo quiere aceptar. Por eso prefiere doblegar en
vez de cabildear. Vencer, antes que convencer. Avasallar a las fuerzas
opositoras y rendirlas a sus pies.
No es fácil del todo aceptar las
afirmaciones de que los ataques al Partido Revolucionario Institucional se
orquestan desde Palacio nacional. Cuesta trabajo admitirlo viniendo de un
demócrata y de un hombre de estado, y el presidente presume serlo.
La realidad, sin embargo, parece desmentirlo.
En el rabioso embate contra el PRI y contra su presidente Alejandro Moreno
Cárdenas, lo mismo hay priístas ambiciosos que activistas de otros partidos, incluidos
de Morena. Con
la violencia, el olor a pólvora y el color de la sangre, pretenden lograr lo
que ni siquiera intentan mediante el diálogo y el acuerdo.
Ojalá esa sangre no llegue al río. Ojalá el
odio y el encono se diluyan. Ya demasiada sangre se derramó durante las
campañas y se sigue derramando con tanta violencia cubriendo buena parte del
país. Terminemos la contienda en paz y, que el futuro de la Cuatro T se resuelva con la fuerza que da
la razón, antes que con la razón que da la fuerza.

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